Reunión con Poe

Los poemas

        

LA CARTA ROBADA

         

            (a Virginia Cleem)

Nos pasamos la vida
 perdiendo nuestras cartas.
Pero nadie las tiene
nadie las encuentra.
Y todos vivimos tropezando
lo mismo que el prefecto cojo de París
dando vueltas en vano
habitando una cuesta de apariencias
una zona de ritos animales
un engaño perpetuo.

Creemos que toda cosa
es igual a sí misma
que todos nos medimos
con la misma vara
que el otoño es opaco
que alguna ley decide
la igualdad de los hombres.

 

Lo creemos, lo repetimos.   
 Nos alegra engañarnos.
 Ponemos las cartas en los techos
debajo de los musgos
en los pliegues de la ropa vieja
para que nadie las encuentre

como si eso fuera necesario
como si hubiese alguien   
que pudiera mirarlas
sin volver al pasado

como yo como todos
cada vez que resuena medio verso distinto

Cada vez que seguimos.

 Ya lo sabes, Virginia.
 Tantas cartas robadas,
 tantos mensajes esparcidos,
 y ni siquiera un poeta
 -tu poeta-
 el develador de enigmas
 el nochero furtivo
 el cultor eterno de tus horas
pudo hallar la carta abierta
su bella prosa perfumada
aquella que guardaba
solamente
 tu nombre.

 

EL CUERVO

El cuervo todavía proyecta su figura
detrás de las ventanas enmohecidas.
Sigue diciendo “Nunca más”
- viejo chasquido de papel,
remolino de sangre
goteando en el olvido.

El busto de Minerva
-donde el cuervo posaba
su fina gallardía -
ha perdido su leche
    - y yace
    desolado
bajo una cruz sin nombre.

Ahora el cuervo se mueve
con torpeza
sobre la piel humana
los mudos campanarios
los hijos que solloza
la penúltima víctima.

Sigue diciendo “Nunca más”
detrás de una ventana solitaria.
Las hojas amurallan
sus vértebras añosas
y se baten al viento.


LIGEIA

¡Oh, Ligeia: Dulce y grácil Ligeia
que sujetas mis manos con los humos del opio!
¿Adónde está la musa de los hombres,
en qué danza olvidada
en qué adiós de tus ojos
en qué huella de calmas y mareas?

Dime Ligeia, con esa belleza
que germina más allá de la tierra,
con ese gesto airoso
de los cantos de Egipto
y tu mirar más grande
que un valle de gacelas
y ese paso con alas
de las hijas de Delos:
¿Quién guarda, proceloso,
los fulgores eternos que sembraste?
¿Quién vive desde un eco
de ahogos y crepúsculos
    perdido de tu mundo?
¿Quien quita de tu vista
los haces de tinieblas?

Desparecen, dijiste,
velando por tus muertos.
Cardúmenes viscosos
acechan infalibles
debajo de la tierra.
Revuelven y se esparcen
por las cuencas umbrías.

Ese fue tu camino,
devanadora de miesterios.
Era tuyo que habrías de volver
al cabo de los años
a la misma ciudad adormecida
para hundir (bajo la lluvia
de tus pájaros) lo vano del granito
para dejar de nuevo sobre el río
la gracia de tus ojos
tu voluntad de celebrar la vida
el secreto del tiempo develado.


MANUSCRITO HALLADO EN UNA BOTELLA

Mientras surque una voz de tibia escama
y de ruegos al sol
y de latires (como de
vientres constelados)
por los mares del mundo
Su azul será la prueba
de que los sabios
los místicos los poetas
los que se niegan a morir
siguen burlando la ley de los naufragios.

Y se leerá qué falsa
la inmovilidad de las montañas
porque las montañas se mueven
piedra a piedra
qué embuste la fragilidad del amor
porque el amor navega
beso a beso
sobre remos eternos.

Mientras haya mensajes en los mares
cada oleaje llevará hacia las playas
su música estrellada
un mapa de otro mundo   
una razón en ciernes.

Y los ojos flotantes
serán dulces y abiertos
caracoles de sueños.


WILLIAM WILSON

Es inútil la fuga
el denso pensamiento
la búsqueda paciente
de un ángel un capullo
una mirada fresca que despierte
el viejo campanarios       
que filtre su perfume
por el calado gótico dormido.

Es inútil que fuerce
las ventanas macizas
los salones dispersos
los relojes inquietos.
Ya no puedo librarme
de sus preces calientes
de mis huellas de vino.

Es inútil la pugna.
Me he parado sin miedo
frente a todas las fieras
y todos los fantasmas.
He hincado mis dientes
en la credulidad de los hombres
he llevado en mi sangre
las más negras miserias
y los vanos hechizos
del poder y la gloria.
Pero no puedo sacudir mi sombra
-ese lobo que llevo
mordiendo los caminos -
porque entonces una y cien piedras
caerían sobre mí,
con su atavismo de Medusa.

Y eso sería el último silencio.


EL DEMONIO DE LA PERVERSIDAD


Desde que llegamos al mundo       
acrecemos los mismos movimientos.
El mismo extraño origen de la culpa.
La misma mojazón.
La misma travesía
que ve flamear sus huellas
a un paso del abismo.

Ni tú ni yo cedemos
pues no hay vida sin riesgo.
No paramos, no seguimos.
Todas las formas de lo prohibido
nos seducen
y la razón se nubla
torna hacia atrás y calla
corre hacia atrás y vuelve
desentierra los vértigos y los horrores
les pone nombre y número
les trabaja la pulpa
se los come de a uno y los vomita
y después de la fiesta va con ellos.

Lo comprendemos todo
mientras vamos cayendo.


EL RETRATO OVAL

Veo tu cuadro, pintor alucinado,
y tu rostro de niña, esposa grave,
cubierto todavía de azahares y silencios
junto al polvo de los siglos caídos.

Y te miro, pintor,
robando la belleza
-vano sueño de la flor inmóvil-
y a tu mujer robada:
los colores cayendo sobre el lienzo
desde el alba de su propia mejilla.

Pobre pintor, y pobre niña.
Los dos lograron lo que nadie pudo.
La inspiración profunda,
tan profunda como lecho de mar
como tajo de luna en la tiniebla.

Juntos dijeron lo que nadie dijo,
ni los magos de las noches antiguas
ni las viejas domadoras del viento.
Lo que no será dicho.

Los dos dieron su fuego a la belleza,
pero no fue bastante.
Lo que aún se muestra
-la cara inacabada
los trazos indelebles
de las manos creadoras-
ya no les pertenece
y es apenas tan grande
como lo que perdieron.

La eternidad sepulta
la luz de los milagros.


LA CONVERSACION DE EIROS Y CHARMION

Era un punto lejano.
Apenas un dibujo de larvada tristeza
que ignoraban
las prietas muchedumbres.
Pero crecía.

No era espejo de siglos
ni alud de profecías
ni revuelo de muertos aguerridos...
Tampoco un vómito de Dios. Pero crecía.

Y se puso más cerca:
en el temor de los sabios
y cada vez más cerca:
en la paz de los reyes
y cada vez más cerca:
en el corazón de la gente
y al fin
como una sombra
cada vez más cerca
más cerca
como una sombra gigantesca
sobre los cuerpos
como un trépano inmenso
perforando los cráneos
hasta la más honda de las raíces:
la raíz del fuego y el delirio
la sofocación el llanto
la desesperanza
el último alarido de la tierra
su última huella calcinada.

Sólo sobrevivieron Eiros y Charmión.
Sólo el amor del mundo
y los amantes.


EL GATO NEGRO

¿Desde dónde vienen los enviados del diablo,
los gatos fantasmales?
¿Desde qué grietas insondables,
desde qué pechos consternados?
¿Desde dónde se acercan,
recelosos,
    para fingir la calma
con sus uñas lamidas?

Como gusanos de la noche vienen.
Como brujas oscuras
disfrazadas de gato.
Y sus pasos nos miran
nos turban nos seducen
nos excavan el hígado
nos devoran el gusto y la palabra.
Y nos venden relojes sin arena
desenfreno sin culpa
libertades sin lucha.

Y aunque los amurallen
o los cuelguen de una rama
o les saquen los ojos y los quemen
ellos vuelven en medio de las horas
como rayos en las tormentas
como violadores del mundo
como traficantes del vicio
como vaciadores de cerebros
para maullarnos y burlarse
mientras hacen el amor
y se multiplican
con el pan lechoso que le damos.


ELEONORA

Bastaba con mirarla
para saberlo todo
Campanilla del aire
Regocijo de la verde sombra.

Un río de sus manos soltaba cada noche
la musa de las piedras.
Y a su paso nacían los panes almendrados
la siesta de los grillos
lo preludial del agua en la cascada.

Los peces detenían
su espuma de silencio
Las prietas alamedas trazaban en el cielo
la ruta de los pájaros
Y los altos flamencos
ondeaban para Ella su plumaje escarlata.

Pero lo bello pasa demasiado pronto.
Y la soñada Luz
la dulce Flor del Valle
se fue apagando sola
como una mariposa en el invierno
como un amor jurado
al pie de las cenizas.

De su nombre quedaron los ecos malheridos
de su cuerpo la música de un ángel
del viejo amor una promesa rota.
Por eso regresó
- con su velamen gris
sus aprestos de luna y horizonte -
a deshojar las horas del olvido.

Y así fue que una tarde
- cuando el hombre soñaba en otros brazos –
sus labios afloraron el beso del perdón.
El mejor beso.


EL POZO Y EL PENDULO

En el viento que siembra
pezones de madera
en la gesta del agua y de la arcilla
se dilatan los viejos laberintos
la cuenca donde moran la pasión y la duda.
Y los hombres en trance (esparcidos
en la más pura soledad)
a la sombra de un péndulo batiente.

Algunos pasos antes de la muerte
en el rigor filoso de la prueba
temblando -agonizando
buscando apoyo hasta en los últimos residuos
de lo que vive:
en la voracidad de las ratas
en el vapor del hierro enrojecido
en el eco sin pausa de sonidos lejanos
los hombres dilucidan su triunfo
o su derrota
su libertad
    o su
    sometimiento.


EL CORAZON REVELADOR

Todo se desdice pero a la vez confluye.
La luz de los teoremas
no deshace los miedos.
Y los heraldos de la claridad
-esos que abren al día su capullo sonoro-
se aquietan contemplando
los golpes del azar
la luz caída
el espolón cebado de las almas.

Pero el hombre contiene momentos infinitos
y se carga en los puños
varias muertes dos alas nueve lunas
un reposo de tiempo cien batallas
y el prodigio de ver hacia lo lejos
entre hogueras de sal entre arenales
una nueva simiente la locura
de vivir otro ayer otro comienzo

de caminar por arriba del mundo
y las miserias de sanar la quejumbre
de poner a los ángeles y los demonios
sobre las mismas aguas:
allí donde la espada se desangre
los ojos vuelvan por la luz perdida
y el corazón emerja cada noche
como un trueno floral
de su naufragio.


LA CAJA OBLONGA

Yo conocí otro amigo, otro Cornelius.
Nunca supuse que dolerías así,
que guardarías de pie, solo y nocturno,
tu vasto sufrimiento tu consuelo
y menos aún que morirías
como un loco de amor entre las olas.

Caja oblonga, seis pies de longitud,
y una sombra que pliega su belleza.
Caja de pino, dos pies y medio de ancho
y un teorema de sal para tu sueño.

Oh, custodia sufrido del enigma:
Ignoraste, paciente y melancólico,
la observación de los curiosos
y los embates de la tempestad,
la copa del trinquete hecha pedazos,
la Galerna estallando,
los cordajes en lucha contra el viento,
las bombas atascadas
y el palo de mesana saltando por la borda.

Todos cedieron a la tentación
de la sobrevivencia,
menos el más amante,
el más trágico y desesperado.
Porque no quiso viajar solo
ni ser abandonado
se quedó con la caja para siempre
para todas las noches y los astros.
   
Un día volverán a flotar, mujer y esposo,
cuando toda la sal se desvanezca.


LA CAIDA DE LA CASA USHER

Cada tanto el temblor
sobre la tierra quieta.

Arboles rendidos
al embate del agua.
Aluviones de sangre
sobre la ley del hombre
y de la piedra.
Aciago serpenteo
de todos los ocasos.

Por eso el viejo calvo
solamente comía
las comidas insípidas
solamente vestía
los ropajes livianos
el reflejo más débil
le quemaba los ojos
y hasta la fragancia de las flores
le sofocaba el alma.
   
Y por eso la muerte
no pudo morir sola:
Tuvo que volver desde el silencio
para que todo se callara
para quitar del puente
y de la noche
sus frágiles sustentos
para mirar las torres
(con su heráldica fósil)
resumiendo su luz
en los pantanos.


LA MASCARA DE LA MUERTE ROJA

Afuera del castillo,
uncidos por el yugo de los grandes pendones,
la raza de labriegos
va moliendo su tallo de trigo desolado.

Pero el dolor abona más dolores.
¿Qué será entonces de tu pradera seca,
huevo de náusea de la tierra,
cabalgadura de lombriz,
dios opaco de los hombres sin honra?

Yo lo presiento:
Aunque guardes tu miedo
entre murallas
y vibres como un látigo
sobre espaldas serviles
y despliegue (al paso
de la muerte) tus heces de locura,
el pueblo que silencias
te encontrará para decirte

Soy tu misma materia
bebo y respiro como tú
me reproduzco como tú
camino como tú
y mi peste también te pertenece.


EL CARRO DEL SEÑOR VALDEMAR

Se te hacen llagas.
En la boca la lengua la palabra.
En la crecida frente.

Se te hacen llagas.
Así fugas del lecho
del hombre que agoniza
y delinques sin culpa
y tu cuerpo se afea sin dolor.

Llaga sobre llaga.
Te olvidas que adelante
varios panes de tierra
esperan por tu rostro.


HISTORIA DE UN HOMBRE DE MODA


Desde cierta figura recostada
(con
jeringa
hipodérmica
vacía)
me sacuden perfiles azarosos
teoremas en cuclillas
dentaduras de sal
    crucifixiones
espaldas entre-humanas
    de soledad y espanto.
Y siento la golpiza
    como una sola y mía.

Y de pronto la sangre
    deambula tajo a tajo
y aroma los adioses
le da sus claridades.
   
Entonces me parece
que riega un grito dulce
    un ambular añejo
    una tierra de cauces derrumbados
y su boca que duele a borbotones
y su brillo que mece las mareas
no se va de los cuadros sin mirarme.


MORELLA


¿Cómo es posible, dime,
que tu saber inmenso parpadee
para dejar en sombras mis afectos?
¿Cómo es posible, niña,
que no olvide tu nombre, todavía,
que se llene mi pulso de nostalgias,
que mi pobre razón ya no distinga
ni las hebras de luz de los cipreses?

Es así, Morella.
Con tu lógica pura me pervierto
y en la cúspide (inútil) de la tarde
me hago lengua de panes demenciales
    y desmigo tu cuerpo y mis olvidos.

¿En qué desierta tierra
me desvanezco entonces, en qué dolido golpe
se aposentan las horas?

Lo supe cierta noche
cuando el viento flameaba tus caricias
y mis penas
¡mis penas obstinadas!
buscaban vanamente los colores del alba.

Esa noche, Morella,
fuiste una bruma herida un Pensamiento.
Un aire de jazmines
goteando hacia los sueños.

Lo dicho, lo anunciado,
se cumplió puntualmente.
Y mis propios dolores se cumplieron.
¿Por qué volviste nuevamente niña
nuevamente nube y transparencia?
¿De quién te burlarás
-”aquí estoy, aquí estoy”-
cuando no queden
ni unos ojos de buey para escucharte
cuando al fin de canses
de jugar con el tiempo?


METZENGERSTEIN

Oh, tiempo lapidario
gotoso
turbulento
devorador de soles
y piedras y aguaceros...
    Caballo desbocado
que amortajas las olas
y la sangre
con tus vapores de óxido
que pierdes en el fuego
toda lanza de luz
todo galope.

Tiempo largo y ceñido:
sobrevuelo de flechas incendiarias
con su flema de siglos y peleas.

Pobre tiempo que vives
de tu propio castigo.
Tiempo vano que mueres
al revés de la muerte
y te miras de pronto
con los ojos de un ciego.
Oh, tiempo maloliente
    glotón
    analfabeto
que has deshecho la risa de los tigres
y las piezas dentarias
de los libros sagrados:
¡Olvídate de mí!

Alguna vez mis manos
se molerán los huesos
y serán amarillas crispaciones al viento.
Pero nunca nunca
verterán una lágrima.


EL MISTERIO DE MARIE ROGET

Puedes elegir el sitio:
un claro entre las piedras
de los cauces vacíos
o la huella de un faro
que atraviese en tu nombre
vendavales de arena
o el lecho de una fuente
que libre cada noche
su diluvio de olvidos.

Pero nunca puedes conocer
el último fulgor del tiempo
la luz que llevan los párpados caídos
al vano de la sombra.

Nunca puedes esperar
que el cielo se derrumbe
de una sola manera
que los filos se vuelvan de pan o de ceniza
en la llaga que opongas -ciega
por tu propia razón- al ruego
y el embate de las mismas manos.

Siempre un breve destello
-un tremolar un gesto una palabra -
se anunciarán cuando sea tarde
      y una nueva verdad
se burlará de tu pesado juicio.

Hasta que todos los puñales
-que una y otra vez cayeran
sobre tu rostro vacilante -
regresen al silencio de su vaina de hielo.

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