Orfeo en la Ciudad

Volviendo del horror

    UNO POR TODOS
   
    Siempre que quienes ejercían el poder en una sociedad -fuesen señores esclavistas, nobleza feudal, arribistas rapaces, dueños del capital financiero o de los medios de producción-, enfrentaban cuestionamientos importantes, sus métodos defensivos desbordaban todo pacto social, toda norma. Cuanto mayor el peligro que hubiesen afrontado, tanto mayor era la venganza. La historia es ejemplar, desde los romanos, crucificando, en la Vía Appia,  luego de la derrota final de Espartaco, seis mil esclavos insurrectos; hasta los obreros de la Patagonia argentina (Santa Cruz, 1921), cuyos dirigentes, aún bajo un gobierno “popular” y “democrático”, fueron asesinados sin juicio,  y compelidos -en un macabro gesto  “didáctico”- al cavado de sus propias fosas. 
   
    Esa tradición fue mantenida, a través de toda la historia de América Latina, por infinidad de dictaduras feroces. Con la negación, como telón de fondo, del estado de derecho creado y defendido, en teoría, por el mismo sistema, se consumó el secuestro y la desaparición de personas, la tortura, el asesinato de prisioneros rendidos, el robo y sustitución de identidad de niños y otros delitos de lesa humanidad. Especialmente en Argentina, luego del golpe militar de 1975, se le dio asidero institucional al concepto “desaparecidos”. El propio presidente de facto, país, General Jorge Rafael Videla, hizo el encuadre de lo que esa realidad representaba. “Los desaparecidos no están, no existen”. La Iglesia católica vinculada con la dictadura, confortaba, por su parte, las “crisis de conciencia”. Cuando los pilotos aéreos de la Marina regresaban de los continuos “vuelos de la muerte”, luego de arrojar prisioneros atados y dormidos al mar, el capellán Naval les decía que eran acciones piadosas, porque los condenados no sufrían; que al fin y al cabo la guerra era la guerra, y que hasta en la Biblia estaba previsto la eliminación del yuyo del trigal. El obispo castrense, Victorio Bonamín, justificaba todo: “El pueblo argentino ha cometido pecados que sólo se pueden redimir con sangre”.
   
    Juan Gelman era poeta antes y después de tales hechos.  Nacido en 1925, su primer libro,  “Violín y otra cuestiones”,  fue publicado en 1952. Le puede responder a Teodor Adorno, que sí es posible continuar la poesía después de Aschwitz. Puede hacerlo con su propia pluma. El mismo escribió poesía antes y después de treinta mil compatriotas. La poesía nunca deja de suceder, aunque lo haga de otra manera. Es la prosecución eterna de Orfeo. Una vez y mil veces negada, perseguida, muerta y enterrada. Sigue viviendo, sin embargo, en raíces del canto. Y justamente ahora, frente al quiebre del espíritu de aventura que el último capitalismo ha cubierto con toneladas de mediocridad, con la disputa forzosa entre confort básico y miedo de vivir, son los poetas, los hacedores de poesía, quienes se hallan preparados, con las mejores armas potenciales, con herramientas indelebles, para una resistencia fecunda.
   
    Aún bajo las peores circunstancias, advienen o subsisten pequeños “fueguitos” esparcidos.
Siguen la huella de los poemas que quedaron escritos en las paredes de las prisiones, como quedaron en los campos de concentración de Auschwitz o de Argentina. Como los escribió el Che Guevara, en esa historia inmensa de su Diario en Bolivia, o el poeta Roque Dalton, condenado, en San Salvador, a pena capital (aunque absuelto, por caída del gobierno, cuatro días antes de que se cumpliera), o acaso García Lorca, mientras llegaba la mañana de su ejecución. O José  de Antequera, dejando un soneto sobre el tiempo, en un calabozo del convento de las Carmelitas Descalzas, poco antes de  morir fusilado (Paraguay, 1731) o mucho antes, Francois Villon, en la Francia del siglo 15, cuando se aprestaba para la horca (por una pena que, finalmente, habría de conmutarse).

     Simula ser la cenicienta de las letras, pero no se calla. No se vende; aunque tal vez eso funcione como un antídoto contra el bastardeo comercial, que ha golpeado, en otros géneros, con tanta fuerza.  No genera ningún “boom” editorial, pero se lee y se escucha. En el cancionero de Tejada Gómez, de Yupanqui, de  Paco Ibáñez o de  Serrat.  En las incisiones serenas pero profundas de Mario Benedetti,  las contra-herejías de Eduardo Galeano. 

    Pero aparece, sobre todo, en su vertiente anónima, la que no se vende ni tiene prensa ni editores. La de Pedro, la de María, la de Patricia, la de Luis, la de quien acaba de morir o de nacer,  la de cualquiera, la tuya, la de todos. Se pasea por los blogs y los portales de la red global. Se escribe en Tiahuanaco y se lee en Japón. Se copia en Cabo de Hornos y vuela, en palomas electrónicas, a la Isla de Pascua.

    Requiere, sin embargo, un nombre que la sintetice, un poeta-símbolo de tanta suma inabarcable. Emerge, entonces, aquel ilustre desterrado, un nombre, cuatro letras, y mucho más que una figura personal. Juan, un argentino de dos eras, de dos mundos. La dictadura de Videla lo buscaba para matarlo y el Príncipe de Asturias lo encuentra para darle el mayor premio de las letras hispanas. Juan Gelman: Tal vez un centro de fragmentos que se cambian de siglo, se reconstituyen, y vuelven a lo que siempre fueron: la misma vieja, inagotable, estirpe creativa.

 


JUAN GELMAN, EL DUELO y EL EXILIO

El duelo, considerado desde cada trance de padecimiento individual, es la forma particular de vida desarrollada luego de la pérdida de algo muy especialmente querido: una persona, un trabajo, un proyecto. Es decir la nueva forma de actuación y de relación que alguien adquiere, consigo mismo y con su entorno familiar y social, tras la extinción, el quebrantamiento, de un vínculo afectivo trascendente.
     La misma situación puede reproducirse a escala de grandes grupos. El duelo de un pueblo, de un país. Por ejemplo del pueblo armenio luego de la deportación o la muerte, durante la primera guerra mundial, en los últimos años del Imperio otomano, de más de un millón de hombres. O el duelo de los japoneses luego de recibir dos bombas atómicas, en Hiroshima y Nagasaki, en 1945. O los de Argentina y Chile, luego de las terribles dictaduras que se apropiaron del poder en los años setenta. Duelos profundos, de una extensión que se prolonga por generaciones.
     Pero aún dentro del contexto de los duelos sociales, emerge el duelo de cada grupo, de cada cofradía, y por supuesto, la experiencia individual de cada víctima concreta. El duelo de los vencedores y el de los vencidos. El duelo de los poetas. El duelo de uno solo de ellos, que contiene, sin embargo, pérdidas infinitas. El hijo, la hija, la nieta, el barrio, la casa, los amigos, la mirada que deja de recorrer anaqueles de libros, la mano que deja de acariciar un perro.

    -  No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza –dice Gelman-.  La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida. Nacemos y nos cortan el  cordón umbilical. Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, los calores. Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire-. Y enseguida se dirige a sí mismo:
-Soy una planta monstruosa. Mis raíces están a miles de kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan dos mares y un océano. El sol me mira cuando ellas respiran en la noche, duelen de noche bajo el sol-.
- Cierro los ojos bajo el solcito romano. Pasás por Roma, sol, y dentro de unas horas pasarás por lo que fue mi casa, no llevándome sino iluminando sitios donde falto, que reclamo, que reclaman por mí-.
       
Pero el exilio no es una abstracción. Cada uno es un duelo que tiene un cuerpo propio. Y un reflejo en dos caras. En el bando de los vencedores, el duelo por los camaradas muertos se resuelve mediante la venganza. –Ante el atrevimiento de golpearnos –dicen- corresponde la pena de exterminio. Al contrario de políticos y empresarios, que mientras gocen de estabilidad y puedan hacer buenos negocios, no les importa demasiado los colores partidistas ni la esgrima ideológica, el gremio militar nunca resignó aquella postura. Piensan, todavía,  que hicieron lo justo, y viven su duelo personal/familiar, derivado de la pérdida de “status” social, con gestos confundidos entre la omnipotencia residual y la flagelación. Saquearon, violaron, robaron niños, hicieron desaparecer personas, negaron la ley que decían defender, pero siguen viviendo sin ninguna clase de arrepentimiento, con la certeza de que tenían razón y convencidos de una futura absolución histórica.
    Entre quienes enfrentaron al sistema, entre las víctimas sobrevivientes, tanto que su participación haya sido directa o secundaria, el duelo se vive de maneras diversas; como auto-crítica, culpa, expiación del error, caídas que parecen eternas, o como un rito de nuevas búsquedas y nuevas, necesarias, experiencias.
 En el caso de Gelman, la palabra que contiene todo lo infinito perdido, se llama derrota. Su gran duelo personal es la ruptura, la muerte de un sueño superior, esto es: la construcción de otra sociedad, más humana y más justa, que se consideraba posible. Ese duelo es íntimo, visceral, pero las circunstancias externas le suman un factor agravante, la imposición de que tal duelo debía duplicarse, vivirse en otro espacio, desconocido y lejano, sentir la pérdida de todo y además, del lugar que era al mismo tiempo, tierra, infancia, descubrimiento y lenguaje. El duelo de las más antiguas e infamantes condenas. El duelo del exilio.
    Dicho duelo, a través de la historia, se ha observado diferentemente. En muchos casos, como aceptación de lo irreversible de la pérdida, que se convierte, de tal modo, en aceptación de la fortaleza del poder y la debilidad de quienes lo enfrentaron; admitiendo, en última instancia, el error de haber pensado que la realidad podía modificarse, lo cual dio lugar a la respuesta punitiva, fundante del duelo, que ahora debe sobrellevarse con estoicismo. La consecuencia es el desapego entre memoria y realidad, y un distanciamiento gradual pero irreversible con los hechos pasados. Otros, en cambio, experimentan el duelo como un proceso transformador, que hace interactuar distintas representaciones del objeto perdido, y produce alguna clase de reparación del antiguo equilibrio. Pero no volviendo, ilesos, a mundos anteriores, sino fijando puntos de inflexión, con otras dudas y otros cuestionamientos.
El exilio en Gelman no es un castigo incomprendido, un suceso sin causa. Un militante político revolucionario, en la Argentina de los años 70, tenía asumido, por completo, los riesgos del camino elegido. La cárcel, la tortura, la muerte, y acaso, aunque menos pensado, el exilio. Por eso lo pudo enfrentar con una entereza que posiblemente otros no hayan tenido. Y además, por su talento literario, describirlo con una riqueza original. Y una reiteración, que la gran poesía disimula, del mismo hecho básico:

“nuestro cementerio es la memoria
allí enterramos a los compañeros queridos
tenían mar en la frente y les crecían flores con distracción y tibieza
no tenían el alma enferma de prudencias humanas”

    “yo no sé si quedarme sin recuerdos de vos es quedarme sin vos
    la memoria se levanta a las 6 de la mañana y se pone a trabajar
    viene del sueño y labra el sueño
    donde soñé que me soñabas
    húmeda”

                    o-O-o-O-o-O-o

Puede haber duelo sin exilio pero nunca exilio sin duelo.
Hay duelo por la exclusión, la expulsión, las ausencias, que lo produjeron. Ello origina textos que temáticamente se refieren a la junta militar argentina, la represión, los compañeros victimados, la ruptura de la esperanza popular. Tales textos no requieren la existencia de una expatriación, y ciertamente existieron, por obra de escritores que vivieron su duelo adentro del país, escondidos o encarcelados, sobreviviendo como les fue posible. Poemas escritos a veces con un clavo sobre la puerta de una celda. O en algún papel casi invisible, que un día, milagrosamente, reconoce la luz.

    “El martes a la noche, pensando en María, escribí esto: - Es imposible moverse mucho. Aquí uno invariablemente choca con cosas, con paredes, con rejas o con puertas cerradas. Pero siempre hay algún resquicio por donde llegan señales de latidos cercanos que se vuelven frases o caricias. Los recuerdos se filtran como duendes y los duendes no respetan puertas ni oscuras prohibiciones. Se ríen de continuo y enseguida se muestran amistosos. Yo tengo un duende que camina cada noche por la orilla de mi cama. Y me habla tanto de tu boca, que lo debo pensar enamorado…” (Guillermo Oscar Segali, a su novia, María Socorro Alonso, cuando se hallaban detenidos).
El mismo hijo de Gelman,  Marcelo, antes de ser secuestrado y asesinado, vivía su duelo sin exilio como parte de una sociedad que lo golpeaba profundamente, y que por eso quería cambiar, sub-vertir. Sobre la cubierta de papel de la mesa de un bar, escribió:

la oveja negra
pace en el campo negro
sobre la nieve negra
bajo la noche negra
junto a la ciudad negra
donde lloro vestido de rojo.

Eso era, en seis breves versos, un manifiesto del duelo, no sólo sin salir de un país, posiblemente sin salir de su barrio. Pero también hay duelo por el exilio en sí. Y entonces los temas de un relato, de una poesía, se ocupan de la patria lejana, del conflicto con las nuevas culturas, de maravillas que no se pueden comprender, que resultan ajenas.  Sobre esta incomprensión, Gelman sintetiza, sin perder elocuencia: - La necesidad de autodestruirse y la necesidad de sobrevivir pelean entre sí como dos hermanos que se han vuelto locos. Guardamos la ropita en el ropero, pero no hemos deshecho las valijas del alma. Pasa el tiempo  y la manera de negar el destierro es negar el país donde se está, negar a su gente, su idioma, rechazarlos como testigos concretos de una mutilación: la tierra nuestra está lejana, que saben estos gringos de sus voces, sus pájaros, sus duelos, sus tormentas-. Y un poco más abajo, prosigue: -..el cielo no es el mismo. ¿Dónde estará la Cruz del Sur sino en el sur? ¿No es el mismo sol? No. ¿Acaso ilumina Buenos Aires? Lo hace horas después, cuando yo ya no estoy. Color de cielo otro, lluvia ajena, lluvia que mi infancia no conoce.

Cada exilio, sin embargo, tiene su propia historia. Y Argentina, la tierra de Gelman, los tiene con largueza. José de San Martín, el “padre de la patria”, el héroe máximo de la nacionalidad, muere en Boulogne Sur Mer, Francia, luego de más de cinco lustros de un exilio forzado por la incomprensión, obligado a poner distancia entre su vida y las pasiones circunstanciales, su estatura y la mezquindad. Domingo Faustino Sarmiento, el mayor propulsor de la educación popular igualitaria, presidente de la república, y escritor de fuste, iniciador de la narrativa argentina moderna, también debió vivir afuera del país, en tiempos de la tiranía de Juan Manuel de Rozas; aunque su exilio no fue desencantado sino conspirativo, en lucha abierta y obstinada por el derrocamiento del causante, cesando al cumplirse con dicho propósito. El gaucho Martín Fierro, personaje del más famoso poemario nacional, vivió por su parte un duro exilio interior, perseguido por las autoridades oficiales y guarecido entre los indios. La lista, ciertamente incontable, contiene, en sus últimas expresiones, a Juan Gelman, quien, por un conjunto de circunstancias no buscadas, como la de haber sido parte de una generación completa de víctimas del quizá más descontrolado y feroz “terrorismo de Estado” del siglo XX, la de haber padecido el secuestro, la muerte y desaparición de familiares directos (hijos, nieta), y la proyección alcanzada, internacionalmente, por  su obra poética, concluye adquiriendo una notable dimensión simbólica, aportando, por otra parte,  para la historia literaria, un conjunto de textos de extraordinario valor para el análisis crítico con temas como el duelo, el exilio, y las posibilidades de expresión estética de otros valores humanos y políticos.
    Antes de todo, sin embargo; conformando su poesía exquisita -increíblemente exquisita aunque hable del horror, de la tortura, de la muerte- existe una columna vertebral política, que establece un orden explicativo, una lectura racional de los hechos que de otro modo solamente serían mala fortuna personal o  puro salvajismo.
Existía un proyecto, un plan, para cuyo cumplimiento era preciso una dictadura determinada y feroz. Todo lo feroz que fuese necesario. Quienes se opusieran, por el contrario, tenían su destino marcado. Tanto más duro cuanto más se opusieran, cuánto más cerca estuviesen de la negación. Durísimo. Debajo de tierra, ocultos en la tierra, o lejos de la tierra, como finalmente había sido su lugar. ¿Condenado a hablar o condenado a callarse?
    -Todo mi dolor –diría después- ha pasado a mi literatura-. Y su dolor son compañeros. No son los queridos, son los que quisieron. Los que dejaron de estar a cambio de nada.
   
El Ronco:
   
    “al Ronco lo torturaron los militares de mi país                                                                           al Ronco lo mataron los militares de huevos de fuego donde llevan el infierno
podrido de su vez
    allí arden helados matando todo lo que se mueve por amor”

    La Negra:

    “aquí mataron a la negra diana mojada de abril
    aquí pasó rengueando su corazón azul
    aquí cayeron los milagros de su alma como pedazos de cristal”

    Claudia:

    “vos claudia te parabas como un pajarito
    abrías los ojos y empezaba la hermosura del día
    entrabas dulce a combatir
            con tus tiros de eternidad”

    Y uno tras otro, aquellos que “cambiaron los límites del cielo”:

    “ninguno había leído la Revolución en un libro
    la Revolución fue para ellos un ojo de fuego
    el viento que barre los astros
    un árbol subido al pajarito más audaz
    (…)
    saltaban la noche para ir al combate
    contra las injusticias insoportables
    las vergüenzas / las humillaciones insoportables
    el capitalismo no los dejaba dormir
    (…)
    siempre soñaron que gente podía ser más alta que el sol
    están haciendo una cuna para mecer el mundo
    para abrigar calores que vendrán
    para estrenar un beso sin fondo”
   

    Para los atenienses el antónimo de “olvido” no era memoria, era “verdad”. Y el exilio justamente es el escenario donde esa interpretación vuelve a cumplirse.El exilio quita la tierra pero preserva la palabra. Y le acuerda, a cambio del sol, el cielo, el ejercicio de la niñez como una resonancia de los pies o del canto, de todo aquello que le ha quitado a quien la dice, una condición superior. En el exilio no hay otra posibilidad, como quien habla en estado de agonía, que decir la verdad.
   
                    o-O-o-O-o-O-o
   
La doble condición que inviste Gelman, de poeta y de militante político, prefiguran la naturaleza del exilio ulterior. En cada poesía combatiente existe algún reflejo delictivo. Y en cada político dispuesto a transgredir los límites de la democracia formal, contenida en la alternancia de partidos que aceptan el orden dado como último y definitivo, existe un posible asaltante del poder.
    Ninguna poética –y menos si detrás existe el revolucionario consciente- se desarrolla fuera del mundo real, sino a partir de ese mundo, que se encuentra modelado, en todas sus manifestaciones, de acuerdo con el discurso del razonamiento lógico. En política, ello se expresa bajo la forma de democracia representativa, según la cual, todos los hombres tienen derecho a elegir y la posibilidad de ser elegidos; a quienes son electos les cabe la responsabilidad de preocuparse por el bien común, y al resto la obligación de obedecer, pacientemente, mientras duren los plazos convenidos. En teoría moral, la regimentación, escrita o tácita, de la virtud pública, o sea el marco de las cosas que se pueden hacer, así como de todas las que resultan condenables, lo que luego, al ser juzgado por las instituciones civiles de control se convierte en la instauración, definitiva, de lo que está mal y de lo que está bien, extendida a la más variada cantidad de hechos y situaciones: el modo de vestir, las reglas de urbanidad, la significación de un color, la presentación de una mesa, y hasta la hora o los lugares donde lo prohibido resulta permisible.
    ¿Qué hace la poesía frente a todo eso? ¿Qué hace el poeta frente al hecho prohibido, la domesticación del gusto, el lugar común, la limitación de todo horizonte creativo? Sencillamente los rechaza. Es decir, primaria y absolutamente, desconoce los códigos, delinque. En otros términos, ningún poeta escribiría si, cualquiera fuese el tema de que se trate, tuviera que hacerlo desde los mandamientos de un orden dado. Para repetir que el cielo es azul, que bienaventurados los que sufren o que todo los hombres son mortales, no hace falta poesía. Sobra, en todo caso, con la mala memoria.
Pero el poeta –en un sentido cabal, es decir no el que simplemente escribe versos, sino el poeta en tanto creador- transgrede. O quizá, mejor, actúa movido por intereses, deseos y objetivos completamente extraños a los de la ley social, es decir, a los uso y códigos que una sociedad tiene por únicos y verdaderos para su tiempo (y cuyos principales beneficiarios pretenden, sin concesiones, que sea  “para todos los tiempos”). No resulta  exagerado sostener, entonces, que los poetas, como todos quienes actúan “al margen de la ley”, ejercitan su culto, el de escribir poesías, con la misma impronta delictiva que la de quienes asaltan bancos o violan mujeres. Se trata, claro, de hechos distintos, que admiten distintas penas, que mereces distinta reprobación social, que tienen dentro de cada tipo de suceso diversa graduación de penas, pero que responden a una misma causa, el rechazo de un orden, y un mismo efecto, la consumación de un hecho subversivo de ese orden.
No todo orden es negativo, por supuesto. Y hay innumerables aspectos de la vida que se desmerecería o que no podrían cumplirse sin una ordenación básica. Simétricamente, no toda oposición deviene poesía. Lo que se pretende destacar es que no hay posibilidad de poesía sin esfuerzo y vibración creativos, y que no hay creación que no sea, en alguna medida, negación del orden y de lo que mayoritariamente –sea por convicción o coacción o por mediatización engañosa- es aceptado, hasta un determinado momento, como válido y definitivo.
La situación se hace más grave cuando los poetas actúan, además, en política, de una manera activa. Y se enfrentan, lúcida y deliberadamente, contra los sistemas vigentes, contra las administraciones del poder. Ya se trata, en esos casos, de delincuentes sin mengua, condenados a la cárcel, el aislamiento o el exilio, ese modo por el que se desnuda y castiga, en los poetas más obstinadamente indóciles, su estado de traición.
Esa es, precisamente, la designación tácita del delito del poeta: Traición. Traición al uso convenido para la palabra, al reposo de la conciencia cómoda, a la definitiva y sabia nominación de los objetos y a los arreglos instituidos para su distribución y reglas dictadas por el poder y a la lógica impuesta en el sentido común, que nunca habrá de creer en hombres voladores, o en condenados capaces de inocencia. Traición a cada Patria, fuera de la cual existen hombres con otra sangre y otras devociones y sentimientos. Cada poeta encierra, pues, una larga suma de traiciones. El resultado de su delito se llama poesía. Y su castigo son murallas, desempleos, exilios.
El cabalista judío del siglo XVI, Isaac Luria, citado por Gelman, imaginó que Dios se contrajo para dar espacio a su creación. Es decir, habría sido el primer exiliado, y poeta, de la historia.
    El mismo Gelman llega a preguntarse: -¿Hasta donde este exilio coincide con otro más profundo, interior, anterior? ¿Hasta dónde los idiomas extraños, la amenidad de rostros, voces, modos, maneras, encarnan los fantasmas que asediaron mi propia juventud? Rostros confusos semiborrados por la madrugada que no podía dormir, idiomas extrañísimos oídos al pie del mundo que faltaba, en sábanas de sueño tendidas por la noche.


                    o-O-o-O-o-O-o   

    El golpe militar de 1976 sorprende a Gelman en Europa, desde donde no regresa.  Además de Madrid, pasa por lugares donde no puede hablar su lengua: Roma, París, Bruselas, ciudades de Suiza. Durante años, ganado por una profunda sensación de desamparo –o, como él mismo diría, “de vivir a la intemperie”- permanece sin escribir. "Hechos"- publicado en 1980 junto con la reedición de "Relaciones"-, "Notas", "Carta abierta", y "Si dulcemente" -que aparecen en diversas ediciones entre 1979 y 1982-, marcan la ruptura del silencio del poeta. En ellos se revela la profundidad de sus heridas, todavía frescas, que en cada verso parecen sangrar.
    Alguien, “mientras el dictador o burócrata de turno hablaba en defensa del desorden constituido…tomó un endecasílabo nacido del encuentro entre una piedra y un fulgor de otoño, mientras afuera seguía la represión, la lucha de clases, las sirenas policiales cortando la noche”.

    “va a haber que trabajar
    limpiar huesitos / que no hagan
    con la sombra
    desapareciendo / dejándose ir
    a la tierra ponida sobre
    los huesitos del corazón /
    compañeros denme valor 

    “todavía abrigando palabritas / Haroldo
    mira su desestar / Rodolfo calla por primera vez
    en su muerte ante la asamblea de compañeros
    desolados / detierrados / les desfuegan
    la aire / la vez de combatir / compañeritos
    que riñonearon mucho  apagándose ya /
    paco que pasa a mineral / o aguas
    superiores del alma…
    El mismo tono se prolonga en “Bajo la lluvia ajena” (1980) o en “Hacia el sur” (1981-1982). Son poemas intensos, marcados por la propia experiencia del autor, donde coexisten diversos duelos: por la derrota del sueño, por la lejanía, por lo macabro y destructivo del poder triunfante en su país, y de un modo especial, el dolor por los compañeros caídos, la necesidad de probar que su sacrificio no fue inútil, la propia responsabilidad y la vigilia por una ceremonia luctuosa integrada, para siempre, a su vida. De algún modo, una deuda sentida en soledad con quienes cayeron ocupando un lugar que pudo ser el suyo. Los nombre de ficción utilizados como autores de dos segmentos de “Hacia el Sur”, José Galván y Julio Greco –cuyas iniciales, J. G.,  coinciden con las propias- representan, posiblemente, una identidad plural, trágicamente interrumpida, y que solamente su voz, al fin humana, es decir, débil e imperfecta, podría reestablecer.                      Ese  agudo conflicto produce, en varios momentos, verdaderas explosiones catárticas. Uno es la “carta abierta” dedicada a su hijo, donde el poeta parece alzarse desde el más hondo abismo del dolor.
“¿almita que volás fuera de mí?/                                                                                                ¿tan me desfuiste que ya no veré                             crepuscularte suave como hijo                                                                            acomañandome a pulso? /  ¿delantales                                                                                       que la mañana mañanó de sol? /                                 ¿bacas que te pacieron la dulzura? /                                               ¿cuaderno de la vez que despertabas                                                                                   como calor que nunca iba a morir?
O en igual sentido la carta a su madre, escrita al enterarse que había muerto, justo cuando recibía una carta de ella. Y el memorial dramático de “La junta luz”, escrita en 1985, cuyo formato guarda más semejanza con una obra de teatro –por la suma de elementos puesto en juego: música, coreutas, efectos escenográficos y lumínicos- que con un libro de poemas. Utilizando varias voces –madre, niño, niña, hijo, “milicos”-, el relato transita las cuerdas más terribles de la historia reciente de su país, los elementos esenciales del duelo: la represión ilegal, la desaparición de personas, la tortura y la matanza indiscriminada, muchas veces por la mera sospecha o la proximidad de la sospecha, la justificación cínica, la negación sistemática del horror. El conjunto se halla cruzado por símbolos elocuentes. La oscuridad, es la Junta militar. Lo contrario son las madres que desbaratan, con su valentía y persistencia, la telaraña de mentiras. Y ellas mismas, luego de dar vida, la reciben. Hacen nacer, y “son nacidas” por los propios hijos, que anidan en ellas, semillas ideológicas. Buscadoras de cuerpos queridos, torturados, “tibios” –es decir, entre vivos y muertos-, los encuentran en la pura luz.                                                                                Hay quienes pretenden atribuir a la obra de Gelman una connotación especial producto del exilio. Acaso sea cierto, ¿pero que demérito tendría? Todo escritor produce sus trabajos, en mayor o menor medida, de acuerdo con los hechos que jalonan su vida. Y también, inversamente, se podría decir que el exilio, los exilios, en rigor, y sus habitantes obligados, serían tributarios, a su modo, de los matices, la intensidad, la hondura, de los poemas de Gelman.                                    Por otra parte, ni la expatriación, ni la resistencia en dignidad del vencido, han sido causales de una “totalidad creativa”. Son una parte, una vertiente dura, destacada, de la obra de Gelman, pero de ninguna manera la limitan, la frenan o la vuelven excluyentes de otras variaciones.                                                                                                                                         Aún en el momento inicial y más incierto del exilio, ya se fueron insinuando otros interrogantes, otras búsquedas, integradas al hacer más completo, más indagador, más rico, del poeta. Es el caso de “Comentarios” y “Citas”, escritos en 1979, próximos a una poética de contemplación, amatoria pero espiritual, ambos dedicados “a mí país”, aludiendo, posiblemente, en sus versos, a la patria lejana y amada. Ese tono más sereno, que rastrea además en frases e imágenes de viejos textos, se prolonga más tarde en “Com-posiciones”, que debe, precisamente, su nombre, al hecho de incluir pasajes propios en textos de grandes poetas anteriores. –En todo caso –dice Gelman- dialogué con ellos, como ellos hicieron conmigo desde el polvo de sus huesos y el esplendor de sus palabra. (..) Tal es el misterio de la palabra humana, procede, cualquiera sea la lengua, del mismo vuelo entre la oscuridad y la luz y así las con-sustancia: es oscura su luz, clara su oscuridad. Con cada lengua, cada grupo humano abrió una boca para que el vuelo sea posible y compruebe a cada instante su lentitud, y cómo se desangra, y lo que hay que trabajar”.     En 1985, todavía en un exilio que era menos forzoso –ya que Argentina, dos años antes,  había retornado a la democracia-, publica “Anunciaciones”, un libro de lectura más difícil, cargado de expresiones enigmáticas, donde el duelo ya parece esfumarse, dejando lugar a una voz más densa, más alta, que refleja un cambio en su percepción del país, un no-lugar cambiado, la recuperación de los derechos y de la memoria. 
“¿han desterrado al hombre de este mundo                              o al mundo de este hombre? /                                                                                          (...)                                                                    inventen una lengua donde quepa                                                   todo el dolor que falta ! ” 
    La poesía reafirma, en definitiva, su equilibrio. No solamente tiene que ser política, ni tampoco tiene que no serlo. Ni proponerse nueva ni replegarse vieja, porque la novedad puede hallarse en un soneto de Guido Cavalcanti o en poetas españoles casi anónimos, del siglo XI o XII, que escribían es hebreo, intercalando citas bíblicas, es decir, anticipando, de algún modo, la “intertextualidad” moderna. Poesía consciente, por otra parte, de su debilidad inmediata, y de las imposiciones de la propia voluntad del poeta.  –Escribir no es cuestión de voluntad –dice Gelman-. Más bien es  necesidad de expresarse, que nace una obsesión-. Y recuerda, con relación a las cuestiones electivas, una anécdota: -En los años 70, a Olga Orozco (poeta argentina, 1920-1999) le reprocharon que manifestara aprecio por mi poesía. Le dijeron: “esa es una poesía social, política”. Ella contestó: “pero yo la leo de otro modo”. Ella leía poesía, no temas.                                                                                                                                                                     
                    o-O-o-O-o-O-o

En la Introducción de "Alegoría y Postdictdura", Idelber Avelar, anuncia su preocupación por el estudio del lapso que media, según Hölderlin, entre el principio de una disolución y el momento en que una nueva vida puede darse una reminiscencia de lo disuelto. Ese tiempo admite dos visiones. Una es la del mercado, que le acuerda a cada nuevo hecho u objeto un carácter metafórico, algo que se instala momentáneamente sobre lo real, establece durante cierto tiempo una correspondencia con lo real, se convierte en un símbolo de lo real, pero luego experimenta un quiebre, va dejando de utilizarse, y acaba siendo reemplazado por otra metáfora. Una fotografía, por ejemplo, tomada a una persona en su niñez, constituye una imagen que lo representa. Es un símbolo de esa persona-niño. Años más tarde, la realidad de esa persona se encuentra simbolizada por una nueva fotografía, que lo muestra en una etapa de su adolescencia. Y luego por otras, en su temprana madurez, su mediana madurez, y así siguiendo, hasta llegar a un punto de su ancianidad. Salvo la última, todas las fotos anteriores han devenido una alegoría de lo que el hombre fue. Una alegoría por partida doble, además, porque cada imagen fue producida mediante técnicas constantemente deshechadas. Sin embargo, si eso se observara fuera de las reglas del mercado, es decir, si cada imágen se viera en su contigüedad, cada una como parte de un proceso, la lectura sería diferente. Cada una de ellas se integraría a un simbolismo-totalizante; el simbolismo del mismo deseo de verse representado y, de alguna manera, perpetuarse, que acompañó, sucesivamente, cada imagen.
¿En qué términos, bajo que características, se manifiesta, en la poética de Gelman, la disolución provocadora del duelo? Sin equívocos, aquella poética exterioriza, desde mediados de los años '70, el doble duelo por la expatriación y la derrota del proyecto revolucionario que lo había tenido como protagonista. Pero dicho duelo se produce completamente afuera de la lógica reflexiva del mercado. No se sustancia sobre una historia de pasos inconexos, sino ligados cada uno con el otro. Hasta resultados tan opuestos, como fue perder, como pudo ser una victoria, tenían el mismo valor simbólico, eran alternativas de una misma lucha.
El gran sueño de cambiar una sociedad, de sustituir sus relaciones de producción y de cambio, es golpeado, castigado, aplazado, pero no desaparece como sustancia. Es decir, no sucede que el sistema negado prevalece por ser mejor, sino que lo hace, en última instancia, por su capacidad de desenfreno moral, empeorando, luego de su victoria, las condiciones sociales pre-existentes.
De tal modo, el duelo, en la creación gelmaniana, toma un carácter relativo. No proviene con exactitud de una derrota militar, con todas las consecuencias dramáticas que ello implica, sino, posiblemente, en mayor medida, de la propia incapacidad o la propia impotencia para lograr que las grandes mayorías populares adquiriesen conciencia de su poder. Existiría, pues, un duelo por el drama visible, y otro duelo causado por razones íntimas y ocultas. Esto es, lo que puede admitirse y decirse, y lo que se debe mantener en silencio. El trabajo de duelo se cumple, entonces, en dos tiempos. Uno breve, por cuanto el bien deseado no ha desaparecido como idea, como proyecto. Y otro infinito, porque posiblemente nunca pueda cumplirse. Esa contradicción le impone al trabajo de duelo, en cuanto literatura, un doble movimiento, arduo, difícil y contradictorio. Debe "sufrir" el presente, y al mismo tiempo, seguir cantando el porvenir.
Lo concreto y verificable, es que Gelman consigue materializar, con rapidez, una "reminiscencia de lo disuelto". Inciden para ello factores externos e internos. Externamente la realidad era extremadamente dura y abarcadora. Un "desaparecido", por ejemplo, es un desaparecido. Varios desaparecidos pueden interpretarse como alegorías de una forma de represión. Pero treinta mil desaparecidos conforman una realidad que sobrepasa la ficción, un genocidio que la historia humana registra para siempre como un símbolo del horror. En el poeta-sujeto las incidencias son múltiples. Gelman es político; tiene un ojo puesto en Europa y otro en su país. Hace una re-visión lateral de la historia, y lee que el capitalismo para sostenerse debió apelar a todo su arsenal de crueldad. Pero Gelman además es poeta, y ambos ojos también miran en profundidad, recorriendo lecturas esenciales, tomando ejemplos que le ratifican el poder exacto de la palabra, y le abren la posibilidad de aplicarlo sobre su propio trabajo.
En lo inmediato Gelman se instala en el espacio de un nuevo conflicto ideológico-literario. Alrededor de los años '60, la literatura del "boom latinoamericano", aplicando la técnica narrativa moderna obre mitos antiguos, reconstruyendo el diseño de textos que adquirían un tono de "realismo mágico", y minando, por ironía, por impregnación del ridículo, el absolutismo de las dictaduras regionales, había irrumpido con vigor, acompañando los cuestionamientos políticos. Pero después de tibias primaveras democráticas y esperanzas reformistas disueltas, gran cantidad de países -entre ellos Argentina, la patria de Gelman-, caen bajo la acción de nuevas dictaduras sin freno, fundamentalistas, que aplican políticas de "tierra arrasada" y cortan, con extrema dureza, toda posibilidad de cambio. El reemplazo del concepto de Estado "nivelador" por el culto del mercado infalible, de los políticos de raza por las burocracias rentadas, de los intelectuales por los tecnócratas, y de la literatura en movimiento por la literatura petrificada, alegórica, en el decir de Idelbar Avelar, "de los mecanismos ficcionales de representación". Sin relaciones de clase, sin historia, concebida como instrumento del olvido.

“…El sueño
era otros y es otro hoy que otros
lo niegan o creen que no existió”

En ese marco, vale decir, fijando la necesidad de oponer una nueva utopía
-tal como dice Avelar sobre "La ciudad ausente", de Ricardo Piglia, "una utopía de naturaleza mnemónica-restitutiva"-, se manifiesta, de inmediato, la literatura exiliar de Juan Gelman. Ella opera -del mismo modo que Avelar advierte en Tununa Mercado ("En estado de memoria", 1990)-, con las ruinas de la derrota histórica. Recupera del pasado las alegorías más capaces de vida, aún desde sus criptas reales, y las convierte en símbolos de futura memoria. De algún modo, des-encripta los verbos, y vuelve futuro lo que no fue, para que sea.

    “La memoria es una casa nueva donde
    otros rostros vivirán,
    otros amaneceres, otros llantos”

“Agarrar todas las palabras, pisarlas
Y que salgan a otra luz, a otra boca.
Que vuelen en la desposesión.
Que empiecen otra vez” 

Lejos de Gelman aquel estado de melancolía que Freud separaba del duelo “en sí”, para designar el caso extremo donde “el mismo yo es envuelto y convertido en parte de la pérdida”. Ese fue nítidamente el caso de Antonio Di Benedetto, otro importante escritor argentino, que luego del exilio regresó a su país convertido en una sombra llena de tristeza, un hombre envejecido más allá de su edad, que no esperaba ya otra cosa que la muerte. Nunca entendió su cárcel y su exilio, no había sabido conocer, pese a su larga experiencia como periodista, la obviedad de la ley y las arbitrariedades del poder omnímodo, y lo que es peor, la debilidad de atribuirse inocencia bajo regímenes que instalan la culpa colectiva.
    El poeta de “Junta luz”, por el contrario, trasluce una experiencia opuesta, situada en un proceso de “introyección”. Es decir -en una explicación que reproduce el mismo Avelar-,  “la completud exitosa del trabajo de duelo, absorbiendo y expulsando, dialécticamente, el objeto perdido”. Ese proceso de lugar a nuevos productos, que compensan, en alguna medida, aquella pérdida.
Por eso, definitivamente, Gelman no vuelve del exilio como un derrotado. Vuelve diciendo -sin necesidad de decir-, que lo actuado fue fruto de una creencia fundada, y mantenida, y que a pesar de los golpes inmensos, la resistencia se ha reconstituido.

                    o-O-o-O-o-O-o                   

    Con “Valer la pena” (2001), Gelman accede a un punto de quiebre en su literatura del exilio. No porque desconozca la anterior, en el sentido de una “ruptura”, sino porque alcanza nuevas vibraciones, un tono que toma otra distancia de las cosas, hacia lo alto. No mirando las cosas como un dios henchido de sabiduría sino volando como un pájaro. Como un pájaro libre. Ya no hay barras / dividiendo / los versos / aprisionando / las palabras /. El poeta se explaya, transcurre, sin olvidar nada. Sobre piedras queridas que el tiempo ha ido acumulando junto a los gorriones, las almitas,  los huesitos de los compañeros, la infinita tristeza guardada entre los pliegues de una patria, el poeta ha seguido puliendo la palabra, hasta volverla luz.

    “Con las caras de una palabra quisiera hacer piedras y mirarlas todas hasta el fin de mis días. Esas caras siempre tienen otras fugitivas de la boca. Morder la piedra, entonces, es la tarea del poeta, hasta que sangren las encías de la noche. En esa noche navegará sin rumbo fijo, desconfiado de todo, en especial de sí, mirando espejos que cantan como sirenas que no existen. El poeta se atará al palo mayor de su ignorancia para no caer en sí mismo, sino en otro país de aventura mayor, muerto de miedo y vivo de esperanza. Sólo el dolor lo unirá muertovivo al vacío lleno de rostros y verá que ninguno es el suyo. Y todos serán libres.”

La  biografía de Gelman es su literatura. Puede decir, no me rendí, no me vendí, acepto los errores pero no inconsistencia del símbolo que una vez alzara. Y que ahora tal vez haya alcanzado, en los poemas de "Valer la pena", su mayor altura. Vivir, actuar, decir, para que la pena "valga", es decir, se justifique. Y a la vez, para que cada uno, mínimo y fugaz, con lo que pueda aportar su pensamiento, su acción, su palabra, valga también la pena de haber pasado por el mundo.

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