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 ENVIDIA EL VIENTO A LOS DIFUNTOS, novela de Raúl Silanes

 

Otra joya de Raúl Silanes. Un largo canto sobre la infinitud, la desmesura, lo fantástico, naciendo desde la dureza y austeridad del páramo. Cuando sobre la tierra imperan los vacíos, la soledad, la pobreza, y los pueblos se achican, y el viento castiga impiadoso todo lo que busca nacer, la verdad no es dada por los ojos ni por la razón. Las palabras son bienvenidas aunque provengan de los muertos y la culpa. Y el relato cuenta lo imaginario, lo supuesto, la hojarasca, el óxido, los ecos, con tanta exuberancia como si fueran las horas extasiadas de una tierra pródiga. Esta alquimia de transformar la sequedad en fruto, el silencio en sonido, lo despoblado en multitud, sólo puede ser resuelto por la poesía.

Es lo que hace Silanes: la novela de un poeta. Y si el autor mendocino nunca se allanó a la comodidad de ofrecer lo que las mayorías aceptan, las convenciones que evitan el riesgo y el conflicto, en esta novela lo hace todavía en un grado más alto, resolviendo con maestría una concepción atrevida y difícil, con el solo recurso de la palabra poética, descartando el facilismo de la trama lineal y el suspenso de los desenlaces inciertos.

“El viento envidia..” admite distintas formas de lectura. La primera es la clásica, de corrido, desde la página 11 hasta la 291, siguiendo, con detenimiento, una historia esencial quebrada por infinidad de citas accesorias, a veces tan intensas, que parecen desplazar el eje y dejarlo librado a la gracia del viento o el trabajo, inevitable, de la memoria. Un suceso, el asesinato de Nístor Buenaventura, a quien todos reconocen como “el cantor”, y de cuya muerte los vecinos dudan, aún habiendo visto su cadáver despellejado, su guitarra quebrada, la liturgia de su entierro público, es la esencia del juego. Pero el cantor no era un hombre, era una Idea. Y entonces volverá, como visitante de las mujeres trasnochadas, como lamento de una canción inconclusa, como simple reflejo de un milagro, cada vez que se lo quiera muerto.

Las historias contiguas no expresan las tensiones frecuentes de la narrativa moderna, como los espirales de la droga, los matrimonios enfermos, la violencia de las pandillas bárbaras o el sexo por el sexo hasta las cumbres de la pura lujuria. En este caso, los sucesos menores son inéditos, sorprendentes, y a veces, tan ostensiblemente afuera de “lo real”, que imponen un estado de asociación y de alerta entre los nervios del sentido. Inverosímiles, como un viejo de noventa y ocho años, casto, que ha formulado la promesa de llegar en ese estado hasta los cien, para lograr el fin de la sequía, y que las aguas vuelvan a llenar las lagunas. Laguneros antiguos que por huelgas en el cementerio llevan los muertos a sus casas. Casas que tienen tantas biblias como mujeres. Mujeres que al volverse calvas son tatuadas en la cabeza por una familia que vive de sus delaciones y goza con la tortura de los hombres. Hombres que sobreviven comiendo raíces de carqueja, y una saga de huérfanos suicidas, nacidos con patitas de perro pero que lloran como niños. Un niño enamorado de una futura presidenta viuda, con la que sueña dormido o despierto. Despertares de radio clandestina, operada por un locutor llamado Pajarrito. Pájaros que soportan el óxido; iguanas y basiliscos que dan su belleza al chatarral, como años atrás, cuando los reptiles dominaban la tierra. Inverosímiles, sí. Y sin embargo, transmutados, por la potencia mágica de la poesía, en pesares de la injusticia, expresiones de fe o sucesos propios del desierto, de los que nadie duda.

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Otra lectura posible son las páginas sueltas, cualquier página. En cada renglón hay un suceso, alguien que realiza una acción,  en armonía con el gran duelo de las murallas y sus grietas, del secadal y el agua, de la inocencia y los castigos, de la fábrica de papel y las máquinas de tortura, de la esperanza y las derrotas. En ese caso el libro no se lee, se come de a pedazos. Se saborea cada metáfora, cada hallazgo de una pulpa mínima que contiene todo, y por eso permite suponerlo todo; entender un árbol por sus hojas o perderse en su verdor unánime. Y ser, al fin de cuentas, cada uno que lee, quien indaga en el viento su envidia natural, su ley de flores muertas y de polvo.

La envidia del viento tal vez consista en su imposible, no dejar raíz. El viento pasa; puede destruir todo, como una banda de represores armados, como los mercenarios que se recrean desde la delación y la miseria, pero pasa. La canción, aún inconclusa, guardada en el preludio de una voz más clara y armoniosa, más plural, es perpetua. No en vano los hechos se suceden en el pueblo de Resurrección. Allí todos regresan de la muerte porque las manos son de agua, los pasos son de arena, y no hay otro tiempo que la eternidad. Se yergue inalterable, en estado de vigilia perpetua, la bella esposa del cantor. Luchan, son abatidos y renacen, sus hijos, la prole inmensa de quienes pecan sin saber qué cosa es el pecado, la niña que incomoda por su olor a membrillo, la nube de moscas que asfixia y mata a los mercenarios del mal.

Ahondar en lo simbólico, esa variación lúdica que convierte a cada lector en un fabulador, un adivino o un cómplice, es otra forma posible de lectura. ¿Justina Fernández, la viuda del cantor, es Cristina Fernández? ¿Nístor, el esposo muerto, ese que cantaba canciones prohibidas, es Néstor? ¿Aníbal Cuadros es Aníbal Cuadros? O al revés: ¿Quién sería el jefe de los represores armados? ¿Quiénes prohibieron, por decreto, la palabra “despierta”?

En ningún caso, cualquiera sea la forma de lectura, se revela un final. Se trata de un libro de diversos principios, donde la forma es una parte de su contenido. La forma, a veces dura, elíptica, impiadosa, es la montaña que debe atravesarse para observar, como regalo, la inmensidad de los días y las cosas. Una vez aceptada, ya no quedan distancias inabarcables ni canciones que tiemblen hasta su extinción. Todo lo narrado puede verse y se puede sentir, revestido con la majestad de la palabra nueva, esa que se muele a sí misma para darle a cada pensamiento un rostro cotidiano, una sombra de belleza infinita.

 

(Diario UNO)

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 ASOCIACION ILICITA, libros de cuentos de Oscar D'Angelo, Emilio Fernández Cordón y Carlos Levy

 

Hace tiempo, el escritor Pedro Orgambide, en un trabajo sobre la poesía argentina, narraba la hermandad de tres poetas cuyanos: Hugo Acevedo, Víctor Hugo Cúneo y Fernando Lorenzo. Los llamaba los tres mosqueteros, que compartían -ligados pero diferentes-el mismo intento de marcar, con sus espadas brillantes y atrevidas, los aires de su tierra.

Ante este libro, se nos viene a la mente aquella imagen. Tres visiones actuales del mismo viejo oficio de agrandar, con el poder de las palabras, el espacio habitable.

Para ello, Carlos Levy abandona al poeta de la melancolía, y sacude su mesa de billar; le salen carambolas con la muerte.

Fernández Cordón deja en libertad las alas del narrador nato, ese que ha renunciado al derecho injusto, y no hace otra cosa que inventar historias;proyecta lo imposible, confiado en que las manos puedan amasarlo como a un nuevo pan.

Oscar D’Angelo lo hace desde un plano concreto, enclavado en la historia, una materia que conoce como si hubiera sido el primer hombre, y resguarda, como si fuera el último.

Juntos concretan esta forma de sentir la vida que es contarla. Pero en ellos nada se produce sin causa, ycada hecho encuentra explicación, si de verdadse busca.Y supone un futuro, si es que realmente se lo quiere ver.

 

(Contratapa del libro)

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OPUS CERO, poemas de Hugo Acevedo

 

Hace algún tiempo, en un libro sobre litaratura argentina, Pedro Orgambide se refería al vigor de la poesía cuyana, citando como prueba los trabajos de un trío ejemplar: Víctor Hugo Cúneo, Fernando Lorenzo y Hugo Acevedo. Del primero existe una firme recurrencia a sus textos básicos, junto al impacto adicional de la terrible muerte que eligiera, y que sigue encendida como un mito entre los árboles y las flores de la vieja plaza Independencia. Fernando Lorenzo, por su parte, es reconocido sin excepciones como uno de los grandes nombres de nuestras letras, y mantiene, a cinco años de su muerte, una presencia siempre vigorosa. ¿Pero de Hugo Acevedo qué? Tal vez un largo y forzoso “exilio interior”, que lo mantiene lejos de la soñada y amada Mendoza de su canto, y lejos también de los pequeños mundillos que aplauden y derriban tanta poesía circunstancial, hayan afectado el reconocimiento que su obra debiera producirle, y una mención más amplia e instantánea a la hora del recuento de los grandes creadores de Cuyo.
    Despreocupado, por supuesto, de esas cuestiones “prácticas”, Hugo Acevedo ha escrito y difundido poesía desde hace más de medio siglo. Su libro inaugural, “Rumor de Vida”, fue publicado en 1948. El último, “Opus Cero”, acaba de llegar a nuestras manos, y ha generado, por lo menos, dos reflexiones distintas. La primera,  con los textos aún sin leer, entre admirativa por tamaña (casi religiosa)  persistencia, pero a la vez ligeramente escéptica sobre la posibilidad de que al poeta, luego de haber ligado, en una decena de libros, los más diversos temas con los poemas más bellos, le siguieran quedando, todavía, relaciones no dichas, para cuya validez ( o rechazo) los lectores debiéramos pasar antes por oblícuas instancias de vacilación y temor. 
   

    La otra reflexión fue posterior a la lectura. Y básicamente consistió en un arrepentimiento por haber dudado, porque “Opus Cero” ofrece, de inmediato, un par de contundencias. El aliento de la novedad, que lo hace seguramente un libro necesario, pero también el vuelo, la cada vez más depurada y hermosa manera de volver a expresar lejanas referencias, y con ello, la feliz concreción de una posibilidad muy poco frecuente; porque con Hugo aflora la sospecha de que ello sólo es posible cuando los ojos que han recorrido tantos años y mundo, preservan la inocencia de sus miradas más antiguas: la de la rosas caídas bajo un sol de enero, las de Adán y Eva y todos los besos y las lunas y el agua, brotando de una abeja muerta.

    “Opus Cero” es, inconfundiblemente, Hugo Acevedo: Con la misma hondura reflexiva; con un lirismo decantado y fluvial, que arrastra piedras y sonidos pero conoce su destino exacto; con las olas de un coraje nuevo, que se yerguen frente al desencanto de medio siglo. Y por supuesto, sus juegos obsesivos: El espacio donde los hombres, pese a todas las instancias ya determinadas, buscan su íntima posibilidad; la nostalgia, no como lamentación o como fin, sino como dadora de una nueva vida; la historia que desnuda, inexorablemente, la fatuidad del poder; y el amor como otra forma de la épica, es decir, como parte de una batalla que nunca se resuelve  en muerte ni en victoria, y adquiere entonces la grandeza (o la eternidad) de una insinuación infinta.

Hugo Acevedo, como Bufano o Ramponi, como Abelardo Vázquez o Fernando Lorenzo, es un poeta del más fino cepaje de Cuyo. Y en cada uno de sus poemas hay, al menos, una palabra que de otro modo se hubiese perdido para siempre.
 

(En Diario Los Andes)

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EN ESTA TIERRA HERIDA, poemas de Julio González

Se puede leer un libro de cualquier poeta que no hemos conocido. Nos gustará o no. Hallaremos materia para un estudio más profundo, emociones intensas, necesidad de compartirlo, estímulos para otra lectura. O no. Pero invariablemente buscamos conocer al poeta. Su entorno, sus opiniones, su actuación social, su vida. Pareciera que el poema no debiera cambiar. Pero cambia. Podemos leer una combinación de palabras que nos deslumbra. Por ejemplo, un texto de Francois Villon. Decir, que delirio. Pero ¿qué diríamos si sabemos que fue escrito en una prisión, mientras el poeta estaba condenado a muerte? Podemos leer “Canción del esposo soldado”, de Miguel Hernández. Y lo mismo, temblar. ¿Pero qué pasa si lo escuchamos de su propia boca, como una proclama fragorosa, al pie de una trinchera? ¿Podríamos leer a César Vallejo, sin imaginarlo solitario y triste, muerto de frío, mirando hacia Lima desde una plaza de París?
    Oímos de boca de una gran amiga, que los poemas no deben explicarse. Son lo que son, decía. Se entienden o no. Nada más simple. Si alguien te los debe explicar, para ti no han servido. Y si al fin te llegan, ya será con la mitad de su encanto.
    Su razonamiento  conducía, además, a que los poemas describen a su autor.  Es decir que cada poeta no es ni más ni menos la suma de lo que ha escrito. Tal vez sea cierto, en un último análisis. Las acciones de cualquier hombre, en rigor, son el reflejo de quien las hizo. Pero eso no siempre puede leerse con sencillez. Acaso sí en poetas de profunda inflexión en torno a su propia experiencia, como Whitman o Antonio Machado o nuestro Luis Franco. Lo cual no se repite en otros poetas, más herméticos, más indagadores del objeto o de mayor apoyo en las abstracciones o en las referencias históricas.
    Por eso viene bien hablar del poeta. Sobre todo cuando eso es posible. Tan maravillosamente posible como que vive entre nosotros, podemos hablar con él sobre lugares y ficciones, compartir un café, y hacer que nos hable sobre Pesoa o la historia del ajedrez, sobre la estatura de ciertos hombres o los secretos del vino. Hace tiempo, Fernando Lorenzo lo describió de una manera que los años fueron confirmando. Julio González es hijo  “de no dormir la siesta, de Sancho Panza y de una poetisa inglesa, del jazz negro y de los siete locos. Y vive preocupado por la mala suerte de quienes nunca entenderán a Chaplin.”

En una breve ejercitación de la memoria, lo primero que se nos ocurre citar es un ejemplo del que somos deudores. Conocimos a Julio  en un viaje que un grupo de escritores hicimos a San Rafael, para participar en alguno de esos azarosos encuentros literarios, donde nunca se sabe con quien vamos a estar ni las cosas que tendremos que oír, aunque no nos interesen en absoluto, y en represalia de las cuales nosotros también diremos, con igual abuso, aquello que a los demás no les importa.
 En ese ambiente nos conocimos. Recuerdo haberle preguntado quien era.
Y que me contestó, “mirá, nadie, por ahí hago unas cositas en el diario, correcciones; me invitó Fernando (por Lorenzo), yo nomás vengo para acompañarlos.”
    Por el contrario, siguiendo el vicio infantil de los escribientes primerizos,  nosotros nos dimos el lujo de contarle “todo” lo que habíamos escrito, y los insignificantes premios que habíamos ganado,  recibiendo la única lógica y avenida respuesta posible: “ah, mirá vos, que bien”. Más tarde tuvimos ocasión de leer sus trabajos.  Así advertimos de qué modo elegante y didáctico nos había tomado el pelo…
    Luego traté a Julio en su trabajo en la Municipalidad de la Capital, cuando íbamos a hacer trámites contables, y él nos secuestraba para hablar de poesía. Nos gustaba oírlo, sobre todo cuando le vino la “locura” de escribir poemas sobre los caballos.  ¿Te das cuenta todo lo que pueden decirnos? Y entonces  le seguíamos el trote.. Hablábamos de Incitatus, el caballo de Nerón que llegó a ser cónsul de Roma. Y de uno de Julio César, que tenía una rareza en sus patas causada por una enfermedad, por lo cual lo augures profetizaron que quien lo montase dominaría el mundo. De Lazlos, el de Mahoma, y Babieca, el del Cid. Y por supuesto de Rocinante, tantas veces víctima como su dueño. Aunque, claro, luego de hablar con él,  nos olvidábamos del tema. Su persistencia, en cambio, dio lugar a un libro lleno de caballos alados.
El amor también va de su mano, con frecuencia. No el amor de antes sino el amor de después. No el deseado, el que va a ser, el imposible. Sino el otro, el real, el que va siendo, el comprobado por los años y que se puede ver a la distancia y ofrecer a quienes lo contemplen como  prueba natural de un milagro. El amor que fue capaz de asumir su propia construcción y que cada día se repite como se repiten los astros y la lluvia.
Otros de los temas de Julio es el otoño. O mejor, su consecuencia de fuego. Y entonces, cuando todo parecía ya dicho, el poeta descubre un “mas allá” de los conceptos, y regresa al llamado de fogatas antiguas. Aquellas donde cada hombre le buscaba a las cosas su sentido preciso, y lo decía para todos con su aliento embrujado.
Los poemas de este libro están organizados de acuerdo con una línea que une fin y comienzo, en base a una hipótesis de riesgo. ¿Las primeras semillas del Imperio americano fueron sembradas por la justificación religiosa del lucro económico, una especie de pacto entre el cielo y la prosperidad, entre Dios y Benjamín Franklin?
Arriba o debajo de esa línea, es decir, de la que marca la paciente, alabada conversión del tiempo en oro, de los rezos en acumulación industrial, están los otros poemas. Aquellos con los que el poeta juega libremente. Distrae, exige, tira sus redes melancólicas, se esconde y reaparece. Y deja, en cada movimiento, una suma de ideas y metáforas para su lenta gustación. No se puede sobrevivir a Auschwitz. ¿O sí? Nadie cuida la llama que se apaga. ¿O sí? ¿Hay un registro del hambre o sólo hubo, alguna vez, una ingesta de “mariposas negras”. Y si una mujer, o si la muerte viene por Modigliani, que al menos se agarre de su frío, y entonces “debajo del abrigo que la abriga”, tiemble. Pero en todo caso, si se trate de morir, nada mejor que hacerlo al conjuro del mar. Esa es la resolución de su cuerpo, tan herido como la tierra que abandona:
        “La espada de rocío ardiente
        ha dejada su huella
        en su carne encendida;
        su húmeda proa se abre
        a los peces de la noche
        y sus pálidos huesos
        retornan a su sitio terrestre”
    
    Con el tema que sea, Julio González no deja de construir su esfera luminosa. Sus poemas están llenos de luz, aún cuando nos hablen de una derrota, de un olvido, de los perfiles del ocaso. En ellos descubrimos otra forma de hablar. Una expresión de gestos y rumores intensos, que crece desde la más honda intimidad. Una zona donde las palabras
se escuchan como si fueran la continuidad de un silencio viviente. La narración de lo que habíamos visto sin ver. Lo que hubiésemos querido decir y no dijimos. Lo que vive y crece y piensa en medio de nuestra resignación o nuestra ceguera. Los versos que, como dijese Raúl Silanes al prologar “La Sombra del Amor”,  parece que llevaran “nuestra saliva ardiendo en otra boca”.
    Verlo a Julio es entender de un modo palpable la trama de los poemas. Ser poeta no es ocupar un lugar sino cumplir una función. Un poeta no lo es para ser servido sino para servir.  No es un elegido sino que él es quien elige. No es el efecto de una conveniencia ni la mano de un poderoso inteligente. Es una voz única, la suya, que puede o no según las circunstancias ser también la de otros, pero que nace y crece al cobijo de una sola idea, la de creación en libertad.
    Y en tanto no es un elegido, y en tanto siempre labra la tierra con sus propias manos, no puede trascender sino desde el reconocimiento de su vocación absoluta y la aceptación de haberse metido, para siempre, en un juego que no tiene límites.

(en Prólogo del libro)
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JIRAFAS SOSTIENEN EL CIELO, poemas de Rubén Valle

Cualquier cosa puede ser el cielo, depende de cada lectura. El objeto mirado es una función del ojo que mira, es decir, de su derecho creativo. En este caso, como en una carrera de postas, Valle recibe el testimonio de una obra mayor, “El Cielo”,  de Raúl Silanes. Y tras su demostración de nobleza por reconocerlo, y de inteligencia por haberla elegido, despliega sus argumentos personales, adoptando, frente a las cosas, una posición distinta. Silanes escribe en tiempo presente,  narrando su sorpresa por los hechos, las figuras que él mismo crea, y apareciendo en el texto como un constante descubridor de sus propias invenciones. Valle se presenta, por el contrario, como un lector de realidades en las que pudo ser protagonista o testigo o tan sólo un vidente fugaz, pero que se han resuelto con independencia de su acción. Un traductor al ojo poético de todos los cielos que busca o que ha ido descubriendo, a través de “su” tiempo, casi siempre con escepticismo y dolor. Encuentros fallidos, inmolación, cenizas, sombras de mujer. Cielo donde cabe la ausencia de quien se ama, cielo de las lenguas muertas o cielo, “impotente”,  de los platos vacíos, donde las jirafas tal vez sean la sensación constante de no estar o haber llegado tarde a un encuentro que resultaba imprescindible. Casi como pasa en la vida.
En lo formal, Valle sigue reduciendo palabras. Así expone sus ideas en tramos muy breves, donde si una frase no es certera ya no hay otra que pueda reemplazarla. Se vuelve entonces un poeta de estocadas. Algunas fallan, a veces,  ante un blanco huidizo. Es el riesgo que asume. Pero cuando aciertan, su marca es indeleble. Y en poesía, eso es lo que, desde antes o después de Silesius o Kafka (por citar dos referidos de Valle), autor y lector buscan con paciente avidez. 

(En Diario UNO)
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DIAPASON, poemas de Fernando Toledo

Poesía concentrada y filosa, que no admite distracciones ni prisa. Lo mismo que si fueran alfileres ocultos en el almohadón de una silla, los poemas de este libro, se juntan,  con todo disimulo, metidos entre hojas pequeñísimas, austeros de extensión, leves de carga, para turbar la paz de los lectores desprevenidos.  Este “diapasón” resulta, pues,  inaccesible, sin una predisposición al esfuerzo recreativo y al propio compromiso de quienes hayan de leerlo, porque sus cuerdas producen muy pocos acordes consabidos o neutros, muy pocos versos obedientes al mandato de los sonidos que ya se conocen de memoria. Cada  poema contiene, por el contrario, una nueva sorpresa, una revelación lúdicamente escondida.
Se trata, además, de un libro bien demostrativo de los nuevos conceptos que hoy inciden con intensidad dentro del género. Poetas anteriores lo han sido con la idea de que escribían por algo y para algo. Hoy tal cosa parece innecesaria. No para que la poesía se calle (aunque se nutra de silencios) sino para que puje y se disperse (aún como en Toledo, con giros de aparente inocencia) hacia otras búsquedas y otras insinuaciones. Súbitamente, un poeta joven y cercano protesta contra quienes, desde grandes sitiales, han escrito para otros “las cosas que él necesitaba”; y lo han puesto en un tiempo que “no le pertenece”. Siente, por lo tanto, el hecho de escribir, como una vía para su inserción en un espacio que todavía no existe. Ello no produce, sin embargo, una ruptura dramática, sino simplemente nuevos estímulos. Y entonces, con la naturalidad de quien mira cada soledad desde la suya, de quien contempla simplemente la hierba, pero hasta “enverdecerse los ojos”, Fernando escribe desde la Nada, sabiendo, además, que lo hace casi seguramente  para Ninguno. Su poesía adquiere, de tal modo, una transparencia exquisita. Y se instalada en el plano que sugiere uno de sus referentes visibles: Issa, el gran maestro del haiku: “En este mundo, encima del infierno, viendo las flores”. Dicho de otro modo: Una poética indiferente a la “vaciedad de las salas”, incrédula de las propias palabras como constructoras de virtud, pero consciente de que basta que un cuerpo se desnude para que recobre su forma verdadera. Acosada, en suma,  por grandes dudas ontológicas, pero serena y digna.         
El poeta se apoya, en su camino, sobre una palabra tutelar, una especie de piedra que se llama silencio, y que paradojalmente, libera en su caída otras palabras -efímeras y dudosamente necesarias,  pero inevitables- en el agua del poema. Deducir entonces: La poesía que nunca habrá de ser oída, es silencio. La poesía que alguien hace sólo para sí mismo, es también silencio. Un silencio barroco, pesado. Pero nunca vacío sino interrogador. No el silencio desde el cual “se parte”, como un gran desconocimiento originario, sino el silencio del futuro, es decir, aquel adonde “se llega” luego de probarlo todo. El llanto de un bebé -“ese gesto aún sin domar de la especie”, como dice el mismo Toledo- que algún día habrá de transformarse en el eco de todas las palabras que han trazado su olvido. Una fervorosa desazón, o el hombre que un día se vuelve incapaz de reconocerse. Obra, en fin, provocativa y coherente, estructurada desde una vigilia racional, y resuelta sin artificios ni vacilaciones.  Escrita con el mismo encanto de quienes van dejando de nombrar las cosas, por primera vez.

 

(en Diario UNO)
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MEMORIA DEL PEDERNAL, poemas de Nora Bruccoleri

La recuerdo a Nora rehusando explicaciones sobre su poesía: -Es inútil- le oigo decir-, si un mensaje requiere explicación hay algo que falla, alguien, por lo menos, para quien no ha servido-. Y la observo, más tarde, seguir con sus dragones, que rimaban incendios sin dejar de ser buenos. Tempestuosos y buenos. Lo que no era, por supuesto, una incongruencia mítica, sino un hecho vital, una necesidad respiratoria: la tráquea gigantesca de los versos en llamas.
Comparto y creo que en buena medida se lo debo a ella, esa postura. Me despreocupé, por eso, de todo lo que los poemas pueden ofrecer en su transcurso melódico y verbal, en su avidez de siembre compartida, en el rojo desvelo de sus pedernales. Y apenas dejaré salir, con el placer de la infidencia provechosa, uno que otro secreto, de esos que yacen, expectantes, viendo nacer el canto de los gallos o la mansa verdad de las raíces.
Tengo el privilegio de conocer a Nora, algo que no tendrá todo lector. Quiero, pues, ayudarlos. Decirles, por ejemplo, que apresten su nariz, porque la mayoría de los poemas se han hecho en la cocina, probando los versos como se prueba lo tibio de los biberones, hirviendo y sazonando los mismos materiales que Tejada Gómez o Pablo de Rokha ponían con el vino y los ajos en las mesas del pueblo. Y que después no se guardaron en hornos devoradores o en prietas alacenas sino en las manos donde beben los pájaros o una cesta convida sus panes almendrados.
Otro secreto es que en Nora coinciden la palabra y el gesto. No dice lo que no se siente capaz de hacer, ni hace lo que no pueda decir. El poema y la mujer comparten, de tal modo, usanzas ancestrales y las envuelven, al mismo tiempo, con destellos de una nueva modernidad. La lluvia puede correr así, límpida y fresca, por la vereda de un sombrero y los días cargar sus herramientas de arena. O aparecer el viento, con su paso acerado, igual que un caminante temerario. O pueden bailar, entre dos bocas, unos besos de menta. No hay lectura, pues, sin vocación de regocijo.
El último secreto –uno que quizás resulte imperdonable –es que Nora no ha perdido la capacidad de soñar otro mundo y que vive y trabaja y hace sus poemas para convencernos de que ese mundo, en la medida que cada artista lo prefigura, ya existe. La complicidad, entonces, se vuelve inevitable.
Si sólo se tratase de un libro, quizá estas palabras, este breve saludo, no fuesen necesarios. Pero se trata de algo más. Se trata, sobre todo, de la aproximación a una trayectoria personal, en la que los poemas no constituyen un producto independiente, un bien de cambio literario, sino que, como en el caso de la trova antigua, siguen siendo parte de la palpitación de quien los dice. Sospecho, incluso, que no pueden entenderse cabalmente sino como expresión de un magma religioso, en donde la palabra es lo que es y al mismo tiempo, junto a un cuerpo y un alma en trance de confesión y ofrenda, el vértice de una trilogía inesciscindible.
Muchas veces he pensado que la verdadera poesía no es la que simplemente se escribe, con mayor o menor acierto, de acuerdo con los usos y los mandamientos de un idioma, sino aquella que –sin renunciar a esos cuidados formales- se gesta y se prolonga como un propuesta de vida. Y este es un caso.                       

(Contratapa del libro)
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DE CANTARO Y MAÑANA, poemas de Lucy Agrelo

 

Si sólo se tratase de un libro, quizá estas palabras, este breve saludo, no fuesen necesarios. Pero se trata de algo más. Se trata, sobre todo, de la aproximación a una trayectoria personal, en la que los poemas no constituyen un producto independiente, un bien de cambio literario, sino que, como en el caso de la trova antigua, siguen siendo parte de la palpitación de quien los dice. Sospecho, incluso, que no pueden entenderse cabalmente sino como expresión de un magma religioso, en donde la palabra es lo que es y al mismo tiempo, junto a un cuerpo y un alma en trance de confesión y ofrenda, el vértice de una trilogía inesciscindible.

Muchas veces he pensado que la verdadera poesía no es la que simplemente se escribe, con mayor o menor acierto, de acuerdo con los usos y los mandamientos de un idioma, sino aquella que –sin renunciar a esos cuidados formales- se gesta y se prolonga como un propuesta de vida. Y este es un caso.

Conozco a L.A. desde hace muchos años, y he sido testigo cercano de sus trabajos, de su auto-indagación honesta y permanente, de sus luchas, a veces, catárticas, por hallar una forma de comunicación que la expresara, y que volviese después sobre ella misma, que volviese desde los otros, no sólo para definir los tonos de una poética personal, sino para contribuir a su modelación como persona, inmersa en una totalidad de la que se sabe y le regocija ser parte, y fuera de la cual siente que nada de lo que se piense, se diga o se “poetice”, tiene sentido.

Estamos, pues, frente a un libro pensado, sin espacio para la vacuidad o la improvisación. Todo se dice por algo, y cada poema, cada verso, son el fruto, dulce o desencantado, según los casos, de una paciente fecundación, una suave armonía, un gesto siempre abierto a la belleza de las cosas.

No me parece prudente avanzar más, diciendo de los textos lo que cada lector debe encontrar por sí mismo. Pero sí recordaré, por ser parte de mis propios y gratos y añejos ejercicios, que no hay consumación del acto creador sin una lectura atenta, sensible, y desprejuiciada. Y que las lecturas no suelen ser sencillas. Bolívar, para descubrir, “apenas”, que la desesperación es la salud de los perdidos, o por todas las constelaciones de Luis Franco para saber que el soldado helado en la garita no murió de frío sino de soledad, o por los ojos insomnes de Alejandra para entender que una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo. Libros enteros, en suma, que no nacieron de otras ganas ni de otra vocación que las de este, para darnos el júbilo de hallar, en su textura enmarañada, en su atmósfera de provocaciones, los tonos esperados, las palabras que llenen lo que antes era una vaciedad desconocida. La dicha, en suma, de encontrar otro mundo, y el poema inmenso, irrefrenable, de elegir con quienes se lo vive.

Para quien este libro sea parte de sus elecciones, los hallazgos contendrán también a un grande de la plástica, Antonio Sarelli, con sus mujeres como pura forma del misterio, y las alas – preludio eterno del vuelo y los amores- que nos abren sus pájaros.

(Contratapa del libro)

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LA MUJER DE LAS LUNAS, poemas de Carmen Gutiérrez


Conozco este libro desde hace mucho tiempo, quizá, desde que tuve conciencia de las luchas esenciales del hombre, y de lo difícil y hermoso que resulta transitar la vida sin eludir la realidad, enhebrando, a la vez, la perspectiva de los sueños. Y es que desde ese momento de revelación, por el que cada uno deviene una totalidad, y cada espacio viene a ser el mundo, las palabras juegan y se expanden, sufren y ríen, se burlan del deslumbramiento fugaz, y se nos pierden en el corazón, antes de ser escritas. Siento, por eso, que la voz de estos poemas –a pesar de que cuente con su propia riqueza, su acento nuevo y personal –siempre ha formado parte de mí, como el nombre de los hermanos idos, el pan que nunca se abre si no es con gratitud, la liturgia de la buena siembra. Y reencuentro y celebro en sus tonos, la vitalidad de quien vuelve a cantar después de las derrotas, la comprensión de que el silencio y el rugido forma parte de la misma materia, el raro atrevimiento de caminar, si es preciso, sin piel, y la sospecha de que una línea –una delgada línea de tinta, de verso, de horizonte –puede morirse de simpleza pero también no ser menos que la eternidad.

Un higo no es un higo –dice Carmen -, sino un pirata negro. Eso implica, no sólo la afirmación de que existe, hasta en la más nítida realidad, algo que no se deja ver, sino también la propuesta de otros abordajes. Nadie escribe por el solo hecho de hacerlo, así como la literatura no puede interpretarse como un hecho artístico puro. Cada obra resulta, en último análisis, una expresión de vida, a la vez que refleja la postura de su autor ante el mundo. Y aquí es, precisamente, donde este libro completa su valor, su justeza, su sentido de la oportunidad. Conmueve, incluso, que cuando todo parece desvastado por la retórica del poder, haya quien insista en la proposición  de que otro reino, una nueva humanidad, siguen  siendo posibles. Y que esperan nacer, como el entramado de las macetas, los senos lechosos, la libertad del ajo, de la mujer que baile con la luna, y acaricie, el perpetuo milagro de menguar y crecer, con su dulzura blanca.
 

(Contratapa del libro)

 

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