Juego sin Límites

Final

      

      El florecimiento más vivaz, la chatura más absoluta, son igualmente posibles, dentro del “cosmos” imaginativo. Un velo muy delgado, pero a la vez, inquebrantable, nos impide llegar hacia ese “desborde de los sentidos” del que hablaba Rimbaud, y participar, en el gran festín del mundo, con los atributos de un protagonista.

 

      No obstante, ese hombre que sale a sus labores con el alba, que padece frío, hambre, hacinamiento, stress, que nunca termina de regresar porque cada vez que llega tiene que volver a partir, que casi nunca accede a una retribución justa, elabora, al cabo de su vida, una odisea mucho mayor que la de Ulises. Y la mujer trabajadora, esa que también madruga, y lava y plancha y cocina y cuida de su casa y de sus hijos, y estira un sueldo escaso hasta las orillas de la dignidad o de la penitencia, es en sí misma, un milagro de reproducción y de bonanza no menos excelso que los guardados por Ceres o por Pachamama. Los hombres, en suma, que sufre de hecho el mismo castigo de Sísifo, el castigo terrible del trabajo inútil, y que sin embargo, a pesar de eso –o quizá por eso- se trepan a la altura de un rival de los dioses, como si todos los castigos soportados, la circunstancia fatal de consumir su vida en el absurdo, cargados de obligaciones, privados de derechos, fuesen, al mismo tiempo, la mayor prueba de su condición humana, de su temple de hombres, de su perseverancia de hombres, de su necesidad de futuro, en un lugar donde los mitos destilen su utopía. (No cualquier utopía, por supuesto, no que las gallinas admiren a los zorros ni que los pueblos clausuren su memoria, sino las utopías de lo que puede suceder: descubrir América, llegar a la luna, hacer otro mundo.)

 

      Pero esto no resulta todavía claro, como su la “humanización” de los mitos, la falta de distancia entre el hombre creador y todo lo creado, redujese el espacio de la imaginación, e impidiera la reconstrucción de este mundo, de todos los mundos posibles, a partir –nada menos- que de nosotros mismos, o sea, a partir de toda la grandeza que nos negamos, aquella, por ejemplo, que podría hacernos dueños del cielo, con el solo hecho elemental, simple, emocionante, de mirarlo.

 

Copyright  Power by PageCreative