Entrevistas y presentaciones

Andrés Rivera en Mendoza

(PRESENTACIÓN ANDRES RIVERA)

Siempre he sido bastante reticente y escéptico en materia de presentaciones.
Tal vez haya casos en las que puedan ser útiles y necesarias.  Pero, con toda honestidad, no me parece que éste sea uno de ellos. Hubiera sido suficiente, me parece, que uno cualquiera dijese, señores, aquí está Andrés Rivera, sin otro comentario. Pero.. existen, también, ciertas normas con las que muchas veces debemos convivir. Y según se me ha dicho, es parte del estilo de estos encuentros ofrecer al público una brevísima reseña sobre los escritores invitados. De manera que, en homenaje a ese estilo, y como una humilde manera de acompañar el esfuerzo y la seriedad con que la SdeCdeM y EdA vienen organizando estas visitas, vamos a intentar, con muy dudoso resultado, por supuesto, que esta presentación –de alguna manera hay que llamarla- tenga por lo menos un mínimo sentido.

No se tratará, por supuesto, de una exposición demasiado ambiciosa, para lo cual no nos daría el tiempo ni las circunstancias.  Haremos, tan sólo,  unas pocas referencias mínimas sobre algunas de las cosas más destacables que hallamos en Rivera. Con lo cual, dada nuestra muy modesta aptitud, lo más probable es que hayan quedado afuera las que tienen, realmente, mayor importancia.  Pero, convengamos, son los riesgos de toda elección...

En primer lugar, y aún con la sospecha de producir alguna sorpresa o algún escozor, lo  que vamos a marcar antes que nada -porque en verdad fue lo primero que nos atrajo de Rivera- es su origen de clase. Infinidad de veces se nos ha presentado a la clase obrera como la única (o casi) en la que anidaban las fuerzas físicas y morales para sostener un cambio estructural en la vida económica, social y cultural de los pueblos. Pero  muchas veces hemos enfrentado también los puntos débiles de esa afirmación,  tanto por causas objetivas, como su actual pérdida de participación en el conjunto de las fuerzas sociales, como por otras causas, en especial la dudosa legitimidad de los representantes que produce. Entonces Rivera, nacido y criado en una familia de trabajadores, nos viene muy bien, porque él mismo antes que escritor ha sido obrero, y constituye de tal modo un caso que juega a favor del rescate de ciertos valores que la teoría política consagra, y la experiencia repetidamente niega.  Podemos decir, en consecuencia, que la clase obrera no solamente produce sindicalistas que la traicionan, sino que también produce  gente como Andrés Rivera,  Y eso, no solamente es bueno para la política sino también para una literatura que no se espante del compromiso social que suelen asumir muchos de sus creadores, sin desmedro alguno de su creación. Y antes bien, todo lo contrario, es decir, produciendo obras enormes, que no hubieran sido posibles sino desde una determinada visión de las cosas, una visión ni complaciente ni burguesa. 

2.Otro aspecto que se nos ocurre destacar en Rivera -no ajeno, sin dudas, a lo que acabamos de referir- es su esforzada preparación, su larga paciencia. Quien se atreve, al fin, a la publicación de lo escrito es el hombre maduro, el que ha vivido intensamente los sucesos de país y de su entorno, los ha desmenuzado con fervor, los ha vivido como un damnificado más, y recién entonces se considera con el derecho y la necesidad de decirlos con su propia interpretación, su propio lenguaje.  En un país tan lleno de vanidosos y precipitados.. ese no es un mérito escaso.

3. Sobre todo por que le agrega otra cualidad que no es frecuente en una lengua tan exuberante como la nuestra, a la que antecesores muy ilustres la marcaron con narraciones diluviales. Le agrega la cualidad de la economía. No decirlo todo sino sólo decir lo elemental, lo inevitable. Y que el resto lo piensen quienes leen. La narrativa de Rivera está llena de silencios, de blancos que nosotros mismos tenemos que llenar y que nos obligan a ciertos ejercicio saludables, como los de pensar y recordar. Y eso no es el resultado de un ocurrir fortuito. Es una la coronación de una búsqueda expresiva consciente, que pretende convertir a cada lector en un acusador o en un cómplice. O en otro escritor que pueda darle a los textos sus propias variaciones. 

4. Otro elemento para nosotros esencial en la narrativa de Rivera es su modo de vivir la historia, y en especial lo que recuerda,  aunque no lo haga de una manera explícita, del mejor Sarmiento.  Sus lecturas sobre las extensiones del país, su relato bello pero no resignado de los desiertos y la soledad, sus descripciones corrosivas sobre los apacentadores de almas y de vacas, sobre los dignatarios uniformados o vestidos con el simple burocratismo civil, su esperanza en lo tendría que suceder, primero pródiga, pero luego cada vez menos sostenida. También cierta compasión con la que se mira  sí mismo y a las derrotas que contempla. Y hasta acaso (por qué no)  su indisimulada complacencia por las manos que los hombres  insisten en poner debajo de las faldas. Todo con la impronta de un idealismo terrenal, un cambio que sea posible ver. Y que no se pierda en las trampas del realismo sin vuelo, ese que inmoviliza la realidad decretando que es lo único verdadero.

5. En esto Rivera ha sido categórico. Desde mucho antes de trazar estas líneas, hemos guardado esta respuesta que ahora nos satisface rescatar. Fue dada por Rivera en un reportaje publicado en “La Maga”, hace ya algunos años.  “Quien dijo ‘la única verdad es la realidad’ mentía. Si la realidad es esto que estamos viendo, eso no es la verdad. Ahora, ¿cuál es la realidad? ¿La que dicen los partes oficiales, el optimismo del Poder Ejecutivo, la desesperanza que hoy recorre a la mayoría de la sociedad argentina? La verdad puede ser otra. ¿Estamos tan seguros de que la sociedad argentina ha  bajado los brazos? ¿Estamos tan seguros de que no tiene reservas para, en algún momento, manifestarse y no aceptar este mundo que le imponen?”

6. Como vemos, algo clarísimo y plenamente actual. Que también nos sirve para
encauzar los puntos anteriores. Hallarles un desemboque natural, que es, en nuestro modestísimo concepto, una literatura donde siempre se respira la revolución.  Alguna vez le oímos decir a Ricardo Piglia que la revolución parecía erradicada de las letras actuales. Él se lamentaba de ello y tal vez en una buena medida su lamentación sea correcta. Pero, por suerte,  también están los textos de Rivera.  Y en ellos  podemos ver, perfectamente, los trazos de una teoría que la re-exprese. No la revolución como un ideal irrenunciable, aunque también eso. Pero en rigor, mucho más que eso. La revolución en todas sus cambiantes formas. La del triunfo, siempre tan fugaz, la vieja y larga de las derrotas, la traicionada, la olvidada,  la callada o la conjetural, que justifique, según sus palabras, “las penas de los hombres”, y la otra, la de cada amanecer del mundo, esa que siempre, irremediablemente,  volvemos a soñar. Y que posiblemente, aunque de una manera casi paradójica,  tristemente simbolizada por un mero arrebato individual, encontramos en su último libro, “Hay que Matar” -justamente el que ahora nos congrega-, donde Rivera nos hace vivir un par de muertes como hermosos hechos de justicia...  Pero de esto, y de todo, mejor que lo dejemos hablar, ya mismo,  al que más sabe. Don Andrés...  
 

(Presentación de Andrés Rivera en la Biblioteca San Martín, de Mendoza)
 

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