Entre Copas II

Roberto Tristán (músico, docente)



“La montaña tiene su música”


    Nací y vivo en Mendoza. Tengo 58 años. Soy fotógrafo,
    músico y docente en la Facultad de Arte y Diseño (UNC).
    No soy creyente en religiones, pero creo en la naturaleza
    y me duele como la destruimos. Me gustan los materiales
    naturales, en todo sentido. Admiro la honestidad.


- Hace cuatrocientos mil años ya existían ciertas piedras usadas para percutir…

 

- Sin duda que cada etapa de la cultura del hombre ha mostrado alguna forma de música. Se sabe de un instrumento que usaban tribus de Sudamérica, que era como una bolsita con piedras. Los nativos le sacaban sonidos maravillosos.

- Tal vez, emocionalmente, el oído sea nuestro sentido más poderoso…
 

- Y además es el primero que desarrollamos, ya en el vientre materno…pero claro, de la música que pudo oírse allí, uno no se acuerda…

- ¿Cuál es la primer música que recuerdas?
 

- No lo tengo bien fijado, tal vez algo de mi abuelo, que tocaba el laúd español, ah, y los discos que solía traer mi tío desde Suiza..

- …

 

- Sí, mi tío. Era Mauricio López, ¿lo conoces?

- ¿El rector de la Universidad de San Luis, que fue víctima del “proceso”? ¡Por supuesto!
 

- A principio de los ’60, él vivía en Suiza, integraba el Consejo Mundial de Iglesias, cada vez que regresaba, nos traía cosas, discos…había algunos que me interesaban mucho, de los “Beatles” obviamente, pero también de ritmos orientales, cítaras, Ravi
Shankar…

- Y qué pasó, trataste de copiarlos?
 

- No, para nada. Recién mucho después, cuando estaba en la secundaria,  fue que se me dio por tocar la guitarra, entre amigos, sólo para no ser el tonto que no hacía nada.

- ¿Que tocabas?

 

- La música de entonces, Crosby, Stills & Nash, los Rollings, algo clásico, y algunas otras cosas que iba inventando.

- Nada profesional…
 

- Exactamente. En el colegio, en casas de familia, por ahí en el Quintanilla. En aquellos tiempos no existían tantos lugares como hoy, donde se puede ir haciendo experiencias, tomando contacto con un público…

- ¿Cómo es que, de pronto, te integras en un conjunto de música andina?
 

- Yo todavía no lo sé, fue algo muy complejo. A mi ni siquiera me gustaba la música andina. Pero siendo estudiante de diseño en la Facultad de Artes, conocí a Camilo Jiménez, que estudiaba plástica, pero también era músico, y buscaba un guitarrista para formar un conjunto…Así iniciamos “Amauta”.


- Pero algo tuvo que pasar para que te insertaras en algo así, no sólo por sumarte a una exigencia más profesional, sino porque esa no era, en verdad, “tu” música…

 

- Si, pasaron muchas cosas. Yo trabajaba en un comité para refugiados políticos creado por la ONU, en Mendoza. Allí conocí músicos trasandinos que traían ideas
novedosas de una especie de nueva trova chilena, que se sumaba a la nuestra, del nuevo cancionero, y además empecé a sentir la influencia de “lo andino”, no sólo en la música, sino en lo filosófico, lo social.

- Alcanzaste una visión más integrada, más global…
 

- Sí, una vez adentro de aquella música, me pareció riquísima, llena de posibilidades, y la sentí un poco como el alma de la montaña que yo sí amaba.

- ¿No se chocaba con lo que habías hecho?
 

- No, al contrario. Me di cuenta que cada música, cuando es auténtica, se relaciona con las demás. De modo que yo también pude hacer mi propio aporte, de pronto una fuga de quenas con algo de George Harrison…

-  También conociste a Tito Francia. ¿Cómo te fue con él?
 

- Muy bien, en cierta ocasión creyó que yo podía acompañarlo en una obra que había compuesto para dos guitarras. Era tan exigente, sin embargo, que costaba mucho poderlo seguir. En un momento decidimos que me daría unas clases. Yo ya ejecutaba de manera aceptable. Tenía mi destreza. Pero Tito me puso una guitarra enfrente, y empezó: “mire, esto es una guitarra, esto es el diapasón…” Y siguió así. Entonces le dije: “pero don Tito, eso ya lo sé..” ¡Así empezaron y acabaron las clases! Él fue inflexible: “Ah, yo si no empiezo por el principio, no lo hago”.

- ¡De todos modos con “Amauta” comenzaron los éxitos!
 

- En cierto modo sí. Hemos ido aprendiendo siempre, estudiamos e integramos nuevas formas, nuevos sonidos, hasta nuevos instrumentos, y siempre sin perder la coherencia, sin  hacer concesiones para el halago fácil, eso que por ahí representa un éxito popular, pero no es la experiencia que te sustenta.

- A quien gusta de la buena música, siempre lo confunde el modo en que se vende. Tanta pachanga, tanta “baladismo” cursi,  y sin embargo eso es lo que más se escucha. Perdimos el pensar acústico, parece.
 

- No. Sucede que se dan vertientes. La música está muy conectada con las emociones. Y hay ciertos reflejos condicionados. Muchas veces se escuchan canciones sencillas, pegadizas, en momentos festivos. Y hay quienes tienden a repetir esa especie de asociación.

- Pero aquellas músicas litúrgicas, que no nacieron para entretener, sino para cumplir una  función, cuando el hombre las vinculaba con las plegarias, con invocaciones rituales..
 

- En parte se han extinguido, pero en parte se han integrado en formas nuevas. Si hablas con Camilo Jiménez te puede volver loco con la explicación de donde venimos y porqué tocamos lo que tocamos. La trayectoria de los pueblos, las leyendas, los mitos, el sentido de cada instrumento… Las historias comparadas son alucinantes.
También el rock tiene la suya, por supuesto.

- ¿Pasaría por algún ritual catártico?
 

-Posiblemente sí. Los primeros ingleses que tomaron contacto con los indios de Norteamérica, venían de Richmond.  Ellos los escucharon, los vieron en sus trances ceremoniales,  y pensaron que su música tan rítimica, tan “percutiva”, los llevaba a un climax donde coincidían los golpes del ritmo y los golpes del corazón.  Algo de eso se refleja en el rock. Y fijate, los Rolling Stones son justamente de Richmond…

- ¡Y yo que quería preguntarte sobre la fiesta de la Vendimia! Sólo decime si quedaste conforme…
 

- Totalmente, creo que la cuña que pusimos, de la música en vivo, por la que tanto luchó el MMIM (Movimiento de Músicos Independientes de Cuyo), ha quedado instalada con fuerza. Fue muy difícil, porque al principio, un espectro muy grande gente, no creyó que fuera posible. Y ahora pareciera que se ha instalado el concepto inverso. Eso es para un músico la mayor gratificación, la mayor alegría.


 

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