Entre Copas II

Raúl Silanes (escritor)

 

“Ahora el futuro es miedo”


-Escribes novelas, cuentos, poesía… ¿Dónde te sientes mejor?

 

-Me siento más vivo en la poesía. Es como mi dimensión más profunda, ahí donde algo que no era, de pronto aparece. Por eso no me preocupa tanto qué está pasando, sino abrir espacios donde pasen otras cosas. El contacto con la poesía es un contacto tan existencial que queda fuera del mercado. Pero ahora parece que a la poesía se le exige ocupar el lugar de otras ausencias.

-Además en poesía te sientes libre de método..
 

-Escribo sin intención previa y, en ese escribir, espero que se abra algo. En mi poesía no hay intencionalidad, porque yo a través de ella no intento nada. Estoy compartiendo, sin intencionalidad. Si al otro le sirve, me alegro por él. Lo que yo escucho, del mundo en el que vivimos, lo digo en mis poemas.

-Solemos pensar que el del poeta es un decir profundo. ¿Qué ocurriría si el poeta percibe que lo original no es la palabra sino el silencio anterior a las palabras?
 

-Antes que nada, jamás el poeta debe callar. Más allá de las palabras, los símbolos o los signos, la dimensión última de la realidad es expresión. Por lo tanto, es ruptura del silencio. La dimensión última de la realidad, Dios, lo otro o como quieran llamarle, es expresión; y nosotros somos lo expresado por eso.

-¿Cómo consideras tus libros entre sí?
 

-Ningún libro mío es aislado del resto de mi obra. Siempre intento ir desnudando los mismos temas hasta lo esencial, para tratar de atraparlos en su desnudez, no en sus revestimientos, y en esa conmoción me toca ser el que dice.

-En muchas de tus poesías aparecen referencias sobre la niñez...

 

 -La niñez es la época en la que somos verdaderamente creadores, porque todavía no copiamos, no repetimos. Después de la niñez aparece la imitación y la simulación. Es una época donde las cosas no tienen nombre y por lo tanto están naciendo.

-También hay muchas preguntas en tu poesía.
 

-Las preguntas que intercalo, me sirven para producir sentido. En ese contexto, las respuestas pasan a ser claudicaciones que uno va haciendo.

-¿Como los valores?
 

-Los valores fueron vaciados. El futuro es uno de los valores vaciados. Las únicas dos posibilidades ante el futuro son la esperanza y el miedo. Ahora el futuro es miedo.

-¿Qué deberíamos hacer para recuperar la idea de futuro?
 

-Deberíamos probar algo lógico. Por ejemplo, qué pasa si pensamos para adelante. Cuando hay una crisis, es porque la gente necesita una nueva forma de contactarse con la realidad, porque aquello que mediaba su contacto ya no le permite seguir. Lo anterior ya no nos refleja más, nos ha ido diluyendo, hasta dejarnos sin identidad. Entonces lo nuevo tiene que abrirse espacio entre lo viejo. Ese espacio se llama vacío. El poeta permanece en ese vacío, allí donde no hay nada, apostando que algo va a acontecer. Por ese motivo, para llenar ese vacío, nace la poesía.

-Entre frases tuyas, recuerdo una donde decías que “escribías para saber”.

 

-Desde lo más antiguo que se llamaba inspiración o las musas, a lo moderno que se llama inconsciente, siempre hay una constante que dice que el acto inicial creativo no lo pone tu voluntad. Uno se siente involucrado en algo que quiere decir, pero que no sabe qué es, y lo va sabiendo a medida que lo escriben, como en un “ir buscando”.

-Se advierte en tus poesías cierto “estilo paradojal”, una suerte de contradicción u oposición, en frases como “el agua que da sed”…
 

-Creo que la lógica sin paradoja, es una comodidad del pensamiento. Estamos habitados de contradicciones que ponen en movimiento la existencia. Eso de alguna manera hace que el lector se detenga en la frase, porque en definitiva lo importante para mí es que se quede con esa tensión que se produce. En el diálogo de la tradición cabalística, dos rabinos hablan. Uno pregunta y el otro le responde, pero con otra pregunta. De lo que se trata es de dejar abierto un espacio, no de cerrarlo.

-En un poema dices que “cada uno debe nombrar su propia ausencia”.
 

-Es una ausencia en el sentido de que somos seres incompletos. La ausencia resulta ser el relacionarse con lo que uno no es. Y al mismo tiempo, es la posibilidad de crear lo que uno siente que debe ser. Vista así, la ausencia no es pérdida, sino ganancia. La ausencia siempre es huella de algo.

-Hay algunos actos que se repiten en tus libros con resonancias religiosas, como partir el pan…
 

-El pan es fundamental, tanto para poder comer como para la religión. Por eso la insistencia en la intemperie y el despojamiento, que son claras imágenes del exponerse. Me gusta más el “¡heme aquí!”, en vez del “yo”.

-¿Y cuál sería el espacio de la libertad?
 

-La libertad es la posibilidad de inaugurar. Uno siempre espera la libertad que ya hay, porque uno espera la libertad de opción, en vez de la libertad de creación. Nosotros venimos de un trauma utópico. Nuestra utopía dejó treinta mil desaparecidos. Por eso no podemos desligarnos de pensar que utopía es igual a política. La utopía es la posibilidad de otra cosa más allá de lo dado. Necesitamos una utopía nueva.

-¿Por ejemplo?
 

-La idea de pertenencia, por ejemplo. La idea de que todos padecemos más o menos lo mismo y al menos por eso nos parecemos. Una utopía es algo que nace de muchos, no de uno. Los individuos soñamos sueños, pero la sociedad sueña utopías.

-Tu poesía resuena universal, pero en tu narrativa no pasa igual, especialmente cuando muestra el desierto… ¿Dónde está “lo mendocino” de Silanes?
 

-A cierto nivel de profundización, deja de existir lo local. El desierto, en mis obras, en poesía y en prosa, es un reflejo de lo interno. Por otra parte, no hay nada más mendocino que el desierto. Mendoza no es urbana ni vitivinícola, ya que el 97% de su territorio está deshabitado y sin cultivar. Lo “mendocino” como tal no existe, ni en mí ni en nadie, por más que la gente duerma la siesta, se encierre en sus pequeñeces cordilleranas o se la pase tomando vino. Esas cosas las hace cualquiera en cualquier lugar del mundo. Si hasta la fiesta de la vendimia es copiada de otros lugares del mundo… Tal vez la falta de originalidad sea nuestro secreto…

 

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