Entre Copas II

Gastón Alfaro (grabador, pintor)


“Si le tocas la cola al león

seguro que te pega un zarpazo”

 

Nací en Viña del Mar, en 1945, pero soy argentino por opción. En 1971 egresé de la Escuela Superior de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo.  En 1975 integré las listas negras, por pensar en un mundo más justo. Artista plástico por elección y militante por convicción. Nunca aprendí a manejar un auto, ni la economía ni el matrimonio, aunque tengo dos hijos (Julieta y Emiliano) que me acompañan incondicionalmente. Me crié en  barrios humildes. En ellos aprendí los códigos de la resistencia. Los rastros que voy dejando con mi expresión son por amor a la vida.

- ¿Cuándo viniste de Chile?
 

- En el ’52. Mi padre creyó que acá había mejores oportunidades para progresar. El era un artesano muy ingenioso y con muchos oficios, se daba maña para todo, especialmente un excelente carpintero. Crecí entre sierras, formones, martillos…Además era el mayor de cinco hermanos, y mientras papá trabajaba tenía que ayudar en la finquita de Las Heras. Iba a la escuela, pero ayudaba.

- Así fuiste adquiriendo destreza con herramientas que después usarías con otro objeto..
 

- Sí, si. Tal vez mi vocación posterior por el grabado haya venido de ahí..

-¿Y en la escuela como eras?
 

- Era bueno, no era el mejor, pero era bueno, sobre todo para el dibujo, yo me expresaba con el lápiz. Sin embargo, cuando tuve que ingresar a la secundaria lo intenté en el Martín Zapata. Quería ser Contador…Quedé un poquito debajo del promedio, no me había podido preparar bien.

- Y entonces…
 

- Mi padre volvió a elegir por mí, y creo que acertó. Me mandó a la Escuela Superior de Bellas Artes de la Universidad de Cuyo. Yo no sabía con qué me iba a encontrar. Y me encontré con Suárez Marzal, Azzoni, Capristo, Sergio Sergi, Ducmelic, Rosa Stilerman, Ángel Oliveros, el escultor

-…
 

- De todos ellos mi primer maestro directo fue Suárez Marzal; él se dedicó a mí de una manera especial, con mucho afecto... Me enseño que acceder a ese otro mundo que ellos inventaban dependía de mí…
 


 

- Seguro, desde el comienzo de la década del sesenta, en eso fui muy precoz.. O sería que los hechos forzaban a participar. Revolución Cubana, derrocamientos sucesivos de los gobiernos democráticos por los militares y algunos civiles cómplices… Y las fuerzas populares siempre traicionadas, siempre reprimidas.

- ¿Tu compromiso político tocaba tu pintura? Porque ya pintabas…
 

- Por supuesto. Militaba y pintaba. No tenía definida una estética, pero pulsaba todas las cuerdas. Abstracto, expresionismo, cubismo. Picasso, Juan Gris…

- ¿Y en casa como andaban las cosas?

- Siempre con dificultades, pero mi padre era muy versátil en sus trabajos. Aún en las malas él hallaba la vuelta.. Yo por mi parte me había recibido. Y conmigo lo hicieron Eduardo Tejón, Drago Brajak, Scafati, Beatriz Santaella… ¡Una camada hermosa!

- ¿Y después?
 

- ¡Después pasó de todo! Empecé a trabajar en la docencia, era ayudante de cátedra de Luis Quesada. Pero también pasó el “mendozazo”. Yo estuve en esa ola, ¡cuando bajó fui preso!

- Aterrizaje forzoso…
 

- Sí, pero peor fue cuando se produjo el golpe del ’76. Allí ocurrió que fui a trabajar y me dijeron, usted no tiene nada que hacer acá, mejor se vuelve calladito la boca…

- ¿Qué hiciste entonces?
 

- Mi padre había tenido un taller de calzado. Le pedí que me lo dejara reabrir. Me contestó: “no estudiaste para eso, pero creo que hoy no te queda otro camino.” Habló con mi mamá, le explicó lo que estaba pasando, y al final le dijo -me acuerdo como si fuera hoy porque eso resumía todo su dolor y su ternura-: “vas a tener que hacer un delantal”. ¡Gastón volvía al oficio de zapatero remendón!

- Pero no dejaste de pintar…

- Seguí pintando por supuesto, con Julieta y Emiliano mis hijos pequeñitos acompañándome, pero no podía evitar los rostros de la tragedia. Mis cuadros siempre tienen algo de la historia reciente. Las madres, los desaparecidos, las derrotas del pueblo, pero también la resistencia, la esperanza.

-¿Eso qué significa en términos de mercado?
 

-Nada. No pensaba ni pienso en eso, ningún artista auténtico piensa en eso. Una vez escuché que alguien preguntaba sobre lo que valía un cuadro. Y alguien dijo, “lo que un japonés con plata quiera pagarlo.” Lo artístico, obviamente, pasa por otro lado. En mi caso, sólo puedo decir, están ahí. Mis cuadros reflejan mi visión del mundo.

- La misma visión te impulsó que a uno lo quemaras…

 

- Sí, la misma, que pasa por mi posición frente a la injusticia. Aquello sucedió el 30 de agosto del 2001. El gobernador Iglesias había dispuesto un recorte en los sueldos de los empleados públicos. Un disparate. En medio de la efervescencia que había, de la indignación, tomé la decisión de retirar un cuadro mío del ECA y quemarlo en Gutiérrez y 9 de julio, en las puertas del ex Banco de Mendoza, éramos también desalojados para entregarle parte del edificio a los Senadores… y nosotros al Hipotecario.

-  Las fotos de aquel hecho recorrieron el mundo…

 

- Sí, lo sublime es efímero, una metáfora no conmueve al sistema. Pero la utiliza. Esa batalla, naturalmente, no quedó sin castigo. Desde entonces se me cerraron muchas puertas. No me quejo, soy consciente de mi lucha. Son las respuestas del poder. Si le tocas la cola al león, seguro que te pega un zarpazo…

-¿Y ahora como estás? ¿Mantenés un ritmo de trabajo constante o tomás tus pausas?
 

-Mi amigo Julio Castillo dice que arrastro el karma de lucha eterna. Nunca se me dieron las cosas con facilidad… Y hoy todavía tengo que pensar como cuando era adolescente. Por ejemplo, cuánta plata tengo. Con doce pesos compro un kilo de carne y en mi casa comemos. Un pomo de pintura me cuesta veinticinco. ¿Qué hago?

-…

-Debe ser parte de la esperanza o de mi destino: ¡No he conocido a grandes artistas con estómago lleno!

 

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