Entre Copas II

Antonio Sarelli (artista plástico)


“Cada día amo más a Rafael”

 

Nací en el 36, cuando Maipú era casi todo campo. Estoy casado, tengo tres hijos y dos nietos que ya juegan con los pinceles y  tienen su delantal y su pequeño caballete. Creo en la Duda, aunque me siento atravesado por el espíritu clásico. Mi política es el Arte. La obra es lo esencial, sin ella no habría crítica.

 

 

- ¿Al filo de los setenta, verdad? Esto te lleva a mirar más hacia delante o hacia atrás?

 

- Por suerte mantengo todas mis dudas intactas, eso me lleva a mirar hacia adelante.

 

- Pero si miras hacia atrás, y muy lejos, que ves?

 

- Veo un niño que hacia dibujos en los papeles que venían del almacén, con el fiambre o el azúcar. O que sino los hacía sobre la tierra húmeda, con una punta de hojalata.

 

- Serías un ejemplo de que para el arte se nace..

 

- Creo que hay cosas que vienen con uno, pero también están las circunstancias de cada persona, y hasta el azar. Tal vez si mi maestro de la primaria no hubiese advertido alguna capacidad mía para el dibujo, me hubiese quedado en el campo, y mi historia sería otra. Pero aquel señor me trajo a la Escuela de Bellas Artes, y convenció a mis padres de que eso era bueno. Así empecé..

 

- ¿Pero te gustó el cambio?

 

- Al principio no entendía nada,  después me gustó. Me di cuenta de que había  entrado a otro mundo. ¡Quien me recibió en la Escuela fue Jorge Enrique Ramponi! Y por allí merodeaban Azzoni,  Abal, Tudela.. Aniceto Puig,  y tantos otros. ¡Te condenaban al arte!

 

- ¡Qué clima!

 

- Sí, pero no era un lecho de rosas. Azzoni, por ejemplo, era genial pero durísimo. Si un dibujo no le gustaba lo rompía. Hubo a quienes les decía, mire, me parece que usted se tendría que dedicar a otras cosa..

 

- Nada de vueltas, ¡lejos de la psicología moderna!

 

- Pero era efectivo, creo que a veces las dificultades vienen bien.

 

- Acaso ayuden a definir un estilo..

 

- No sólo un estilo, sino una posición ante la vida. Siempre se valora más lo que a uno le cuesta conseguir, y también se entiende mejor el trabajo de los otros, el respaldo que tienen.

 

- La obra se situaría entonces en medio de relaciones concretas, de conflictos reales.

 

- Sí, pero en armonía con el hombre. Por ejemplo en situaciones de gran tensión, de agresividad, puede ser bueno mostrar lo contrario. Hoy yo quisiera que mis cuadros sirviesen para la reflexión, para salir un poco del vértigo y volver a los momentos de serenidad, de paz. La gente termina de ver un noticiero, y debe pensar, ¡por favor, algo que nos salve!

 

- Pero toda tu obra se sitúa en eso..

 

- Debe ser que nunca dejé de ser un campesino, me gusta caminar sobre senderos de tierra, observar la naturaleza, escuchar su música. Hace muchos años, a los pintores que eludíamos las discusiones de academia, nos decían que éramos “los brutos intuitivos”.

Me causaba gracia. Reconocernos el don de la intuición era para mí un elogio.

 

- Alguna vez “intuiste” la trascendencia que alcanzaría tu trabajo. Hay obras tuyas en el Museo de Arte Moderno de Viena, en el mismo Vaticano..

 

- Para el destino de las obras no hay intuición, en realidad no hay nada. Cada obra, una vez concluida, sigue su propio viaje. Y eso es imprevisible.  Me ha sucedido, por ejemplo, que quise recuperar trabajos de mi primer etapa, y no tuve suerte. Una vez, una señora hizo una refacción muy importante de su casa, en la que había un cuadro mío. Su arquitecto le recomendó cambiarlo, porque “no armonizaba”. Entonces ella, sabiendo que la obra me podía interesar, vino a mi taller, y me propuso un cambio, a lo cual naturalmente, accedí. Le dije, puede llevarse lo que quiera.

 

- ¡Afortunada..!

 

- Pero no eligió sola, vino con su arquitecto. En términos de precio, ella ganaba. Aunque en términos afectivos yo ganaba también. ¿Pero qué ocurrió? A los pocos días esta señora regresó,  y deshizo el cambio. Me dijo que sin aquel cuadro la casa no era la misma, que no podía reconocerla..

 

- ¡Fantástico! Toda una lección sobre la utilidad del arte. Tanto que se discute..   Pero, ¿qué cualidad tiene que tener una obra para que produzca eso?

 

- La obra tiene que producir cierta conmoción. En realidad, una conmoción muy grande, porque debe durar muchos años. Un artista trabajo para eso.

 

- El llamado “arte moderno” parece menos trabajoso. Por ahí basta embalsamar una gallina.

 

- El arte se basa en la libertad, en los cambios. Es bueno que haya espacio para todas

las proposiciones, todas las tendencias. Prefiero hasta la proliferación de lo banal, antes que la imposición de un solo estilo, un solo discurso. El arte crece con las oposiciones y la diversidad. A la larga lo bueno prevalece. Y quien te dice, al que paso que vamos,  ¡podría ser que dentro de doscientos años no quede una gallina viva!

 

- ¡Cualquier coleccionista pagaría entonces una fortuna! Ese es otro tema, los precios en el arte…

 

- Es un tema engañoso,  puede llevar a darle prioridad a las urgencias. A buscar lo estridente, lo revulsivo. Eso se ve mucho en las exposiciones. Ahora se habla muy poco de finalidades o de estética. Lo más frecuente es hablar de premios, de adonde te invitaron, a cuanto vendiste. Sin embargo eso no es lo que un artista piensa cuando hace su obra.

 

- ¿No es lo que piensa o no es lo que debiera pensar?

 

- Bueno, yo hablo por mí.. Tal vez sea que vivo seducido por lo clásico. Descubrí la novena sinfonía de Beethoven hace cincuentas años. Y nunca me abandona.

 

- ¿Y en arte?

 

- Cada día amo más a Rafael.

 

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