Entre Copas I

Rolando Concatti (ex-sacerdote, escritor)


“Esperar, contra toda desesperanza”


Nací en Mendoza. 72 años. Tres hijos. Contador, empresario, escritor. Soy creyente, pero todo creyente es un ateo de los falsos dioses y mi lista es larga. Practico el deporte de esperar contra toda desesperanza. Me perderé el futuro, donde creo se viene una formidable mutación, no sé si buena o pésima.


- Eres tan polifacético..¿por dónde empezaríamos contigo?

- No me asustes. La vida está tan llena de urgencias, que algunos, con omnipotencia juvenil, hemos salido a varios frentes. Se paga con hacer todo un poco a medias.

- Te veo sobre todo como un humanista, alguien preocupado por los pueblos, por su futuro..

- Siempre me ha apasionado la especie humana, sus cumbres y sus miserias. Muchos de mi generación teníamos la convicción de que no había realización personal sin realización colectiva, que era innoble la dicha individual en medio de la miseria. Ese parece, hoy por hoy, un combate totalmente perdido. Pero no importa: nos ha dado nuestra identidad y nuestras mayores alegrías.

- En un momento de tu vida buscaste intermediar entre los hombres y Dios…

- Creo que me fascinó la llegada fuerte de la religión a las masas, la posibilidad de cambiar el alma y cambiar la vida. Por eso en los grupos en los que participé mezclábamos fe cristiana y cambio revolucionario, que yo creo son connaturales. Muchos pensarán que es una increíble ingenuidad y razones les sobran. Pero en aquel espíritu se generaron el Concilio Vaticano II, buena parte de mayo del 68, mucho de nuestros años 70, los Curas para el Tercer Mundo. Todos han fracasado, pero todos han dejado brasas bajo las cenizas.

- Seguiste buscando un camino de cambios en el periodismo, la historia, la literatura..¿No te alcanzaron las respuestas de Dios?

- Dios, en mi caso, nunca me habló al oído. Siempre me mandó al frente, a la vida. Y la vida está llena de senderos.

- ¿Cuáles son tus mayores recuerdos de cuando fuiste sacerdote..algo por lo que te regocijes de haberlo sido?

- El conocimiento serio de las Sagradas Escrituras. La vinculación con la gente, mucho más honda que lo común. El privilegio de predicar. La experiencia calcinante de celebrar la Eucaristía.

- ¿Algo por lo que dejaste de serlo?

- Varias. La burocracia eclesiástica, boa constrictora,  ruin y mediocre como toda burocracia. El sistema de poder. El eterno estado de minoridad en que vive un cura (minoridad que incluye el celibato). Pero ojo: también mi cobardía, mi pobre orgullo; me faltó piolín en el carretel. Jorge Contreras, compañero nuestro, siguió, y cumple una vida ejemplar de la que yo nunca hubiera sido capaz.
 
- Siempre optaste por organizaciones donde tu voz no se avenía con el dogma oficial, la lglesia Católica, el Peronismo…¿Incluirte allí no era una forma de auto-inmolación?

- ¡Qué se yo! Un pedazo de mi personalidad es anarquista. Y los anarquistas son rompepelotas...

- ¿Cómo viviste la historia dramática de los ’70?


- Como la mayoría. Euforia al principio, discusión siempre, impotencia al final cuando se venía el desenlace inexorable. Escribí mucho, en esos días, contra la cooptación por un grupo delirante de un gran proceso popular. Inútilmente, desde luego.

- Tanta impiedad, tanta sangre, qué nos dejaron que hoy nos sirva?


- Es preciso una gran discusión de los años 70, que hasta ahora rehuimos. Me parece que se está armando. Espero no morir antes de verla.

- ¿Algo ha cambiado en las vocaciones políticas no?

- Casi todo. Pero es parte de un cambio muy groso en la cultura. Si todo es plata, pragmatismo, cínica sobrevivencia: ¿por qué no ha de serlo también la política?

- Aquellos hombres tremendos como Alberdi o Sarmiento, que podía ser a la vez literatos y políticos, ya son irrepetibles?

- Hoy por hoy, si. Dejemos al futuro sus sorpresas. Cultura y política se convocan siempre.

- ¿Y el idealismo de los jóvenes también?

- Los jóvenes nacen idealistas siempre.  Una gran máquina castradora, de la que somos parte, los va esterilizando. Pero en cualquier momento rompen las alambradas. De un modo u otro siempre ha pasado así en la historia. Y va a pasar de nuevo.

 

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