Entre Copas I

Graciela Maturo (poeta, ensayista, docente)


“Los estudios de letras no siempre estimulan la creación”


- Nos conocimos por circunstancias tristes, la muerte de Hugo Acevedo…
- Sí, porque yo que estaba más cerca de su familia, en Buenos Aires, te informaba. En verdad daba vueltas a la desesperanza. Y sin embargo eso nos llevó a lo contrario, la poesía..

- Una poesía que para vos empezó en Mendoza, creo.
- Seguro, yo vine a Mendoza en el 47, recién casada (con Alfonso Sola González). ¡Era una niña de 18 años!

-¿Y por qué llegaron a Mendoza, siendo los dos del litoral?

-Alfonso ya había venido a comienzos del 46, cuando Irineo Fernando Cruz, su maestro de griego, decidió formar un equipo con sus discípulos de Paraná y Buenos Aires, y  otros de Mendoza como Vicente Cicchitti.

- ¿No estaba Cortázar?
- No, Julio Cortázar, que fue amigo de Cruz, había renunciado  por discrepancias políticas.  Pero yo pude conocerlo más tarde, en el 63,  cuando decidí estudiar su obra, y llegamos a ser grandes amigos.

- Si tuviera que apuntar, con los dedos de una mano, a los mejores poetas que mendocinos (o que habitaron en Mendoza) no dejaría de señalar a Alfonso Sola González.. Fuiste su esposa, es inevitable pedirte alguna referencia sobre él…
 

-Siempre he admirado la poesía de Alfonso, tocada por una  vocación metafísica que la vuelve  elegíaca.  Para Marechal, su amigo y maestro, Alfonso era el mayor lírico de su generación.

- ¿Cómo era el clima literario de aquella Mendoza, en la que de algún modo empezabas a vivir..?
-A poco de  instalarnos en Mendoza conocimos a Jorge Enrique Ramponi, gran poeta y amigo a quien por entonces rodeaban otros coetáneos y más jóvenes. Entre éstos se hallaba Hugo Acevedo, a quien traté luego en Buenos Aires. También  Alberto Rodriguez (hijo) y el maestro Juan Draghi Lucero, a quien  el rector Cruz adjudicó con justicia  un lugar en la Universidad.

- ¿Y cuando aflora lo tuyo?
- Aunque escribía desde la adolescencia, en el 58 obtuve mi primer premio de poesía, dado en Córdoba por el grupo Laurel.   Había formado , con Elena Jancarik y Fanny Polimeni, el grupo “Amigos de la poesía”, que se proponía  dar a conocer a los más jóvenes a poetas de generaciones anteriores  como Ramponi, Sola González, Abelardo Vázquez, Vicente Naccarato, Alberto  Cirigliano, César Mermet. Con el apoyo de Gildo D’ Accurzzio publicamos la revista Azor y varios libros de poesía. Escribían Guillermo Kaul, profesor de lenguas clásicas que años después produjo una importante obra poética,  Luis Ricardo Casnati, poeta y narrador.  Ana Selva Martí, recordada amiga de inclinación mística, Nélida Salvador, Beatriz  Menges Francois,   Pedro Justo Franco, María Angélica Pouget.  No eran del grupo pero se reunían también con nosotros Fernando Lorenzo, Armando Tejada Gómez, Víctor Hugo Cúneo, que tuvo una muerte trágica años después. Los salteños Jaime y Baica Dávalos vivieron también en Mendoza. Todos venían a nuestra casa y  compartíamos veladas de canto y poesía.  He conocido en Mendoza a mucha gente de talento,  muchos han muerto, tengo amigos como Jorge Enrique Oviedo, Hans Schobinger, Espinoza,  Rolando Concatti, o Juan Adolfo Vázquez, uno de los maestros a quienes debo mi aproximación a la filosofía.  Un  gran amigo mendocino, escritor eminente,  fue Antonio di Benedetto, a quien invitó Alfonso a su cátedra  cuando era un joven periodista que había publicado su primer libro de cuentos. Cuando volvió al país, ya gravemente afectado en su salud, lo invité a mi cátedra en la UBA y les dijo a mis alumnos: “Sola González me invitó por primera vez a la Universidad, y ahora vuelvo a ella de la mano de Graciela.”   Fuimos amigos hasta su muerte

- Eres una escritora muy reconocida, y tienes una vasta experiencia, como poeta, ensayista y estudiosa del arte literario. ¿Qué le dirías a un joven que te pregunta para qué sirve la literatura?
-La palabra “literatura”, derivada de letra, siempre la he tenido un tanto a distancia, como lo hizo Verlaine  cuando hablaba del poema y la música:  Et tout le reste cést littérature. Se trata al fin de una designación moderna, no muy aplicable a la tragedia ni a la épica homérica, tampoco a los cantos quechuas o mayas. A los jóvenes que se proponen escribir les digo a veces que estudien filosofía o intenten otros oficios, porque los estudios de letras no siempre estimulan la creación. He llegado a constatar en algunas cátedras el “borramiento” del autor e incluso de la obra misma, convertida en campo de aplicación de técnicas de análisis.  Por supuesto no todas las cátedras son así, y ahora es mayor el contacto con la creación.  Le decía al chileno  Pedro Lastra, poeta y profesor, que podríamos hacer un libro titulado “El poeta en la cátedra” Sin  desestimar otro tipo de  estudios literarios, se trataría  de  valorizar cuánto puede ofrecer el creador desde su propia experiencia.  En este sentido aliento la creación de cátedras de Poética.

- ¿Qué crees que tus trabajos le suman a la literatura?
- Si mis trabajos han agregado algún aporte, hecho que no me toca a mí evaluar,  creo que podría ser mi constante llamado hacia la vida interior, a la que considero el verdadero campo de la creación.

- ¿Qué estás haciendo ahora, o cuales son tus proyectos?
- En este momento tengo mucho trabajo. Las conferencias que doy en mis viajes por América  las están publicando en Colombia y Venezuela. Preparo, como todos los escritores de mi edad, una antología poética. También proyecto publicar el año próximo un libro sobre Ramponi, una reedición actualizada de mi libro sobre El surrealismo argentino (que era mi tesis doctoral en la UNC)  y otra de un libro al que quiero mucho, y al que sigo agregando nuevos artículos: La mirada del poeta. Saldría en Madrid y en Mendoza, si se cumplen mis expectativas.

- ¿Qué prefieres, leer o escribir?
Prefiero la lectura,  es un gran placer, y a la vez una actividad menos riesgosa.

- Cada lector suele crearse una deuda con los autores que lee, pero con algunos más que con que otros. ¿Quiénes serían esos en tu caso?
Mi deuda con otros autores es infinita, y habría que hacer una larga lista, desde Homero, cuyo amor comparto con Leopoldo Marechal, hasta Garcilaso de la Vega  y mi siempre amado Luis de León, que leíamos con Alfonso en nuestros paseos por el parque de Paraná, juntamente con Apollinaire, los simbolistas, Rilke, el surrealismo,   Confieso que en poesía leí primero a los europeos. Después he leído mucho a poetas y novelistas hispanoamericanos, y a algunos de ellos dediqué mi labor en la cátedra y en distintas publicaciones.: Cortázar, Marechal, Carpentier, García Márquez, Asturias, Roa Bastos, Ernesto Sábato, Di Benedetto, Liscano, Molinari, César Vallejo, Huidobro, Neruda, Ramponi, Octavio Paz.  Una vez habían armado un debate en Rosario  sobre el enfrentamiento de Neruda y Nicanor Parra.  Yo me definí totalmente a favor de Neruda, contrariando al director  del seminario que daba por terminado su “lenguaje grave y litúrgico”.

- Volviendo a Hugo, te voy a confesar algo que me dijo sobre ti, en una de nuestras últimas charlas. Lo hizo con toda su inocencia, por eso puedo repetirlo. Habló muy bien “la Graciela”, pero acabó diciendo “a pesar de su incorregible peronismo”…
- Sí, también Borges ha dicho que los peronistas somos incorregibles.  Hugo, con quien hemos tenido amistad y mutuo respeto,  me dijo en una de nuestras últimas conversaciones que era de los pocos escritores que todavía se reconocían comunistas, y ya sabemos que el comunismo, como otras izquierdas argentinas, aunque algunas de ellas han hecho su autocrítica,  o los liberales,  no comprendieron al peronismo. Sin embargo ahora todos quieren ser un tanto peronistas. Es una especie de triunfo. De todos modos prefiero planear por encima de los partidismos. Adhiero al proyecto de la integración latinoamericana.
 
 

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