Entre Copas I

Camilo Jiménez (músico, integrante del grupo "Amauta")


“Empezamos como unos vagabundos de la

 

música”


- ¡Qué lindo esta sonando “Amauta”! No parece que sólo fueran tres…


- ¡Es que después de tanto años, tal vez algo hayamos aprendido!

- ¿Exactamente cuántos años?


- Empezamos entre el ’75 y el ’76, así que más de treinta.

- Recién habías llegado de Chile…


- No, había llegado un par de años antes, fui parte de la gran corriente de exiliados que se produjo luego del golpe contra Allende.

- Pero por entonces eras un adolescente…


- Veinte años, pero era dirigente estudiantil en la Universidad de Concepción, un punto muy fuerte del activismo político, y la permanencia en Chile, para todos los que habíamos participado en aquella experiencia de la Unidad Popular, resultaba muy difícil.

- Las noticias que llegaban acá eran terribles..


- Sí, la represión fue sanguinaria. De todos modos, intentamos disponernos a la resistencia, pero faltaron medios, hubo toda clase de inconexiones, los dirigentes altos y medio habían caído casi todos, asesinados, exiliados o presos, y como siempre, el pueblo quedó en la mayor indefensión. Fue una etapa muy triste. Yo pude llegar a la Argentina, y encontrarme con mucha gente solidaria, amigos que nos ayudaron, sin conocernos, a seguir con la esperanza viva. Muchos no tuvieron la misma suerte…

- ¿Llegaste con la música puesta, o eso empezó aquí?

- Yo ejecutaba instrumentos de viento, pero sin ningún rigor, muy informalmente, entre amigos, en peñas. En Mendoza se me hizo más necesario. De pronto hallé en la música puntos de reflexión sobre la integración de cada hombre con el mundo, la soledad, los sueños…

- Había que seguir..

- Claro, pero teníamos que aprender todo. Nos encontrábamos con otros exiliados, tocando la quena o el charango, en una esquina del centro o en las plazas. De a poco se fue dando una agrupación, la idea de hacer algo juntos. Así nació “Amauta”. Empezamos como unos vagabundos de la música.

- Pero se dieron un proyecto.

- Sí, comenzamos a trabajar, actuábamos con frecuencia. Pero como grupo todavía no teníamos personalidad, buscábamos ser un poco Quilapayún, un poco Inti Illimani. Igual la gente nos aceptaba. Pero acá también se produjo la caída de la democracia, y las condiciones se complicaron. Se cerraron muchos lugares de trabajo, el silencio era salud, ¿te acuerdas? Aún así persistimos. Hubo pequeños reductos que se mantuvieron, como Inti-Huasi, en la calle 25 de mayo.

- De todos modos no se podía vivir de la música.

- En realidad yo nunca viví de la música. Siempre traté de que “Amauta” mantuviera una línea estética, un lenguaje en armonía con ciertas esencias, con una identidad como pueblos, y eso no siempre se lleva bien con la música como negocio. 

- En rigor casi siempre se lleva mal..

- En el fondo son opciones. Yo respeto la de cada uno. Pero estoy muy conforme con la nuestra. En vez de actuar y actuar repitiendo siempre lo mismo, hemos preferido el estudio, la búsqueda de nuevos materiales, de nuevos sonidos. En un momento, con Roberto Tristán, guitarrista que venía del rock, y Daniel Isuani, con gran experiencia como coreuta,  logramos una confluencia hermosa. Y también influyeron otros músicos muy creativos que pasaron por el grupo, como Mariano Matar. Hicimos hallazgos enormes.

- ¿Y la esencia originaria?

- No sólo se mantuvo, se enriqueció. La visión que teníamos de la música como una expresión mítica, todo lo que venía de los ancestros, del realismo mágico de la montaña, halló en los nuevos elementos un realce, una tonalidad casi sinfónica, creo yo, en armonía con el espíritu de los pueblos originarios. Los teclados, la guitarra eléctrica, los efectos de coro, estoy convencido de que ya estaban en el pensamiento de la música precolombina. Y hasta es posible que algo analógico hubiese existido. Aunque no tenemos la prueba, la conquista lo borró todo.

- También estás muy activo en lo gremial…

- Sí, los músicos debemos luchar por un reconocimiento de la dignidad de nuestro trabajo. Los espacios han crecido mucho menos que los grupos, la actividad es insuficiente y se cumple bajo relaciones muy desventajosas para los artistas. Nos hay contratos, no hay cachets mínimos, no hay aportes previsionales. Y muchísimas veces los empleadores ni siquiera cumplen con lo poco que prometen.

- Objeción “economicista”: si aumentasen las exigencias, disminuiría todavía más la demanda de trabajo…

- Matemáticamente sí, pero hay que ver toda la realidad. Por una parte, el músico es un trabajador eventual, pero además lo que hace, su producto, no se puede medir o pesar como cualquier mercancía, forma parte de los activos intangibles de una sociedad. ¿Cuánto vale un cuadro, cuanto vale una canción?

- ¿O cómo sería una sociedad donde no hubiera música?


- Exacto, entonces lo que se requiere es una política de Estado, muy fuerte, en un doble sentido, primero impulsando la actividad, estableciendo ventajas para los empresarios que actúen legalmente, y por otro lado, creando y regulando la actividad por ley. Así como hay una ley del cine, una ley del teatro. Alrededor de la música se genera muchísimo dinero, pero a los músicos les llega muy poco. La distorsión es enorme,  hasta los organismos oficiales contratan a los artistas en negro, y encima les pagan mal.

- Reciente se reglamentó una vieja ley..

-Sí, pero se puso como organismo de aplicación a un sindicato mafioso, con lo cual los beneficios para los artistas se volvían ilusorios. Así que impulsamos y conseguimos su derogación. Estuvimos en una reunión con el presidente Kirchner, quien al menos tuvo la hidalguía de reconocer que se había equivocado. Pero falta mucho, mientras no acordemos una nueva ley entre los mismos músicos, todo seguirá igual. 
 

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