Desde los Otros

Sobre CUERPO DE MUJER

 

PARAÍSOS CARNALES


(por Leopoldo de Trazegnies Granda)

 

            El hombre tiende a la belleza como las mariposas a la luz, como las aguas subterráneas hacia el centro de la tierra, porque la belleza no es algo estático, es dinámica como un torrente o un rayo. La mejor escultura es la que se agita en nuestra mente, la que nos habla o se desnuda ante nosotros.

             Las profundidades de Cuerpo de mujer nos turban con imágenes estremecedoras, son destellos instantáneos, el rayo que no cesa diría Miguel Hernández, que el autor hace brotar de la dulce geografía femenina:

 

                        Si los abismos son la cuna del viento

                        su pelo es una consecuencia feliz

                        los hilos encantados que dejan las tormentas

                        como una prueba de su piedad.

 

            El poeta es el escultor que descubre con la palabra los pliegues más misteriosos de la sensualidad. Juan Ramón Jiménez decía en un verso: No la toques más, que así es la rosa. José Luis Menéndez sin necesidad de tocarla, como experto jardinero, abre sus pétalos más íntimos, para mostrarnos que ella está rebosante de poesía:

 

                        Volcán por donde ingresa un hálito de viento

                        y sale una erupción de carne en llamas

                        una diferida tempestad.

 

            Cuerpo de mujer es un poemario pleno de paraísos carnales, los únicos tangibles, que el lector descubre deslumbrado y no sabe bien si está encontrando la esencia física del amor en el lenguaje o la esencia del lenguaje en el amor, porque la armonía de la palabra es como el silencio de la piel, nos conmueve:

 

                        La música humana

                        naciendo simplemente de un cuerpo

                        que se mueve y hace mover

                        el resto de las cosas creadas.

 

            Se agradece un libro editado de una manera tan exquisita, en un formato de revista de lujo, con bellísimas ilustraciones de Antonio Sarelli. Tener el poemario Cuerpo de mujer en las manos es un gozo para los sentidos y el espíritu.

 

(Publicado por el autor de la nota en www.trazegnies.arrakis.es)

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LA INCITACION DE LA BELLEZA

(por Hugo Acevedo)

    He aquí, traducida en páginas valientemente líricas, la visión del poeta Menéndez sobre una de las creaciones en rigor terrenas y sublimes con que la belleza se celebra a sí misma. Cuerpo de mujer. Cuerpo desnudo: Menéndez lo entiende en su gracia, en su encanto y en su inocencia. Un criterio pánico orienta a la visión, criterio de poeta que a despecho del ruido y la cólera de las ciudades no deja de ver el cielo purísimo, que nunca fue mentira, y de oír la música del viento en la copa de los árboles. Dicen que Isadora Duncan bailaba sólo por los sones de la flauta de Pan. Menéndez capta la belleza del cuerpo de la mujer en su significación sagrada. El sometimiento pasó; la  mujer no es un objeto ni un ser inferior. El tiempo ha transcurrido para redimirla y para dar razón de ser a nuestros ojos.
    No es de lectura fácil este poema. En ninguna época, es verdad, un poema que se precie de tal lo ha sido, pero hay en este caso cierto vocabulario, ciertos términos que pueden llegar a despistar y hasta espantar a los devotos del léxico gazmoño. Válganos Dios, la dignidad del arte nunca se ha prosternado ante la vulgaridad; de otro modo habría que encorpiñar los pechos de la Virgen, y mármoles como el David serían pura quimera. No caben reparos de decencia léxica si se ha respetado, como lo hace Menéndez, el equilibrio estético. Recordemos, por si acaso, el ejemplo histórico de Aretino, de Villon, del inmenso Quevedo, la prosa de Bocaccio o la de “La lozana andaluza”, o mirar hacia Chile y hallar a Pablo de Rokha, siempre fresco y tremendo.
    Menéndez particulariza, impone nuevos nombres y pondera los elementos, si se nos admite la expresión, del cuerpo de la mujer, pero no por ello lo descompone; no lo disecciona. Es digna luz para distinguir al poeta. Este adepto del “Cantar de cantares”, la “meguilá” que un millón de espíritus extraviados atribuyen a Salomón, comprende el cuerpo como un conjunto magníficamente unitario con su palpitación más íntima llamada alma. Y no se piense en un teórico divorcio entre ésta y áquel. Divorcio fue antaño, muy antaño, una imposición sin duda del dogma ganguero; hoy, si existe, existe no más que en templos de hielo de los que nadie quiere liberarlo, porque no tiene destino.
    Pero este es el momento de subrayar el carácter indeclinable del poema. Es, con deliberación informada por lecturas y experiencias, un canto de amor. Todo el libro es un solo, inmenso, lúcido, hondo, desconocido y patético poema de amor. ¿Qué alma, qué ser realmente vivo, permanecerá indiferente ante una carta de amor que consulta todas las fibras de la naturaleza antes de rematar en una declaración que ninguna Eurídice podría escuchar y mantenerse íntegra? “Te quiero porque todas las noches te sigo adonde nacen tus sueños más secretos y cada mañana descubro que florecen en mi tierra desnuda.” José Luis Menéndez reivindica para sí y para sus dichosos lectores la plenitud de esa locura lúcida contra la cual sólo el estólido se atreve, y su voz, que consulta a la sinceridad –honor del corazón- y a la cortesía de la claridad, se eleva raudamente, impetuosa, ante la verdad de la belleza. Con razón dijo Alain que el cuerpo de la mujer, desnudo, es la tumba de los dioses.
 

(Diario Los Andes)
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PRESENTACION

 

(Por Marta Castellino)

 

 

Casi resulta obvio decir algo de José Luis Menéndez, porque si ustedes están hoy aquí, seguramente lo conocen -son sus amigos- o conocen los méritos relevantes de su poesía, que es casi lo mismo que ser sus amigos, porque las obras literarias tienen eso: hermanan en el sentir a quienes no se conocen. De todos modos, vayan unas breves palabras sobre su autor, a partir de datos aportados por mis alumnas de la Maestrían en Literatura Argentina Contemporánea: Graciela Varia, Marta Marín y Lorena Ivars, el año pasado.

José Luis Menéndez nació (la prueba irrefutable la tenemos ante nuestros ojos) pero vamos a preguntarle dónde (“cuándo” no, porque a pesar de ser mujeres no somos curiosas). Estudio y se graduó en Ciencias Económicas en la Universidad Nacional del Litoral. Ha publicado artículos y poemas en diarios de país y del exterior. En Mendoza, fue colaborador de la revista Aleph, y en Buenos Aires, de Amaru.

Ha publicado los siguientes libros, además de su participación en volúmenes colectivos: Juegos sin límites (1989); Uno más uno (1991), con María Inés Cichitti; Reunión con Poe (1994); Cuerpo de mujer (2006), que es la obra que hoy nos reúne. Además, entre 1986 y 1996 participó de ese recordado emprendimiento cultural, animado por Ana de Villalba, que fue el Grupo Aleph y que consistió –además de la publicación de 12 números de la revista del mismo nombre- en reuniones de comentario de lecturas, en compartir, en fin el común amor por la palabra hablada, sin sujeciones a una estética prefijada u homogénea. Mantiene asimismo el sitio web Alphalibros, para la difusión de la literatura y el arte de la región.

Llegamos así a Cuerpo de mujer,  este libro exquisito que hoy nos congrega y del que voy a decir apenas lo necesario para motivar su lectura, que es el mejor consejo que hoy puedo darles. Se rata de un libro exquisito desde el contenido y desde el soporte material, desde la palabra poética y desde las ilustraciones de ese gran plástico mendocino que es el maestro Antonio Sarelli. Con este volumen se inicia el espacio editorial gráfico de Alphalibros. Por lo tanto, los poemas se pueden ver e imprimir también desde la página digital. De todos modos, para los que amamos el libro como objeto, es una cosa distinta tener en nuestras manos esta pequeña maravilla de impresión. También se puede acceder a una lectura de poemas escogidos en la voz del autor, privilegio del que igualmente disfrutaremos nosotros esta noche.

No digo nada y sin embargo, digo mucho si afirmo que Cuerpo de mujer es un verdadero “poemario”. Y digo mucho si le doy a esa palabra su auténtico sentido, vale decir, si hago referencia a la profunda unidad de tono y de logro estético que rige la totalidad de la obra. No unidad formal en cuanto a la métrica, que es predominantemente libre, ni en la extensión de los poemas (los hay breves, pocos, y algo más extensos, la mayoría) pero sí unidad en el tema y en el lenguaje poético, en las dos secciones que componen el libro. Porque si la primera parte: “Cuerpo de mujer”, que es también el título general de la obra, es una verdadera “geografía lírica” del cuerpo femenino, con la que José Luis se inscribe con pleno derecho y sobrados méritos  en una tradición de poesía que podríamos denominar erótica; si esta primera parte, digo, es un recorrido lírico por el cuerpo femenino: ojos, , frente, pelo, cuello; la segunda parte, titulada “Réplicas” es una verdadera cartografía de los sentimientos del yo lírico. Y creo que los dos términos que he empleado: “geografía”, “cartografía” y lo que ellos conllevan de sugerencia de un itinerario o recorrido son congruentes con una isotopía o campo semántico reiterado en varios poemas y que es la idea de viaje.

Viaje que nos conecta también con lo dicho anteriormente acerca de la inscripción de Menéndez en una tradición de poesía erótica, porque como bien señala Ángela Ruiz, en un trabajo inédito que ha tenido a bien facilitarme para esta ocasión (de paso, si quieren escuchar más sobre el tema, ella les hará luego una invitación); como señala Ángela, digo, desde su origen etimológico eros significa el deseo de algo que no se tiene, o al menos, no de un modo completo y por lo tanto implica una tensión hacia el objeto amado, que bien podría expresarse a través de la sugerencia del viaje. Esta pulsión es eminentemente espiritual, como nos recuerda Ángela: : “En la filosofía griega, y especialmente en Platón, Eros es ante todo un deseo de lo que no se tiene y se echa de menos, pero es sobre todo un afán de belleza; a la filosofía no se entra sino por el Eros. El sentido cognoscitivo del Eros platónico es el del amor que parte de la contemplación de las cosas bellas, (...)”.  En este sentido, podemos decir que la poesía de José Luis Menéndez aspira por sobre todo a la belleza, que es tanto la del objeto amado, la mujer, como la del lenguaje por medio del cual se expresa; lenguaje de una intensidad lírica inusual, pleno de resonancias afectivas y de sugerentes imágenes.

El vocabulario concita la totalidad del mundo creado en una especie de éxtasis amoroso que tiene algo de místico, en tanto el erotismo de estos poemas conlleva tanto una mirada material como espiritual. De esa transfirguración dan cuenta imágenes como la que sigue, escogida casi al azar del poema “La frente”, a la que se equipara con “una piel de roca que se ha molido / hasta volverse un filamento de luz”; o bien la referencia al vientre, “copa carnal” que es “un camino que aprendieron los hombres / para guardar el infinito”.

Si bien en el reparto de roles que realizamos con Jesé Luis, a mí me correspondía decir algunas palabra sobre la obra, y a él la lectura de los poemas, no resisto  la tentación de leer, a modo de ejemplo de lo que acabo de decir, una pequeña joya, uno de los poemas de este libro, quizás mi preferido: “Era verde tu sombra” (22).

Después de semejante maravilla sólo cabría hacer silencio, para gustar una y otra vez de la magia de la auténtica poesía. Pero no puedo resistir la tentación de enunciar otros núcleos temáticos que, subordinados a la idea central, va desplegando el libro.

Uno de ellos es -¡cuándo no!- el tema del tiempo: la inevitable caducidad que sólo la intensidad del sentimiento, la belleza eternizada por el amor, consigue soslayar: “Tú sigues siendo la misma flor en ciernes / la misma flor amada que se burla del tiempo” (22): también el dolor, la naturaleza dual del sentimiento amoroso; o bien la intensidad de la pasión que aparece textualizada a través de un ícono característico de nuestra poesía  mendocina contemporánea: Drácula. Igualmente, hay una serie de referencias sutiles a lo bíblico, en particular al Génesis, libro que –como sabemos- contiene la primera historia de amor vivida sobre la tierra. de allí una serie de referencias que alcanzan nivel simbólico, como la serpiente, como el jardín: jardín que es el del encuentro que puede ser hasta biográfico pero también aquel otro cantado por Borges en referencia al Paraíso original: “¿Hubo una vez un jardín o fue el jardín un sueño?”.

En esa referencia a lo arquetípico radica la esencia de este poema que es – y las mujeres le agradecemos a José Luis la parte que nos toca- un canto al ser mujer, la esencia de lo femenino, “atributo milenario”, en torno al cual, los hombres giran “como planetas extraviados”.

 

(Leído en el Museo Municipal de Arte Moderno de Mendoza, el 17 de abril de 2007)

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