Cuerpo de Mujer

Los Poemas II

LOS OJOS

 

Se los ve como nunca se han visto

no miran las grietas de la luz

ni se dejan caer como aroma que busca

la quietud de los páramos

no se abren a la plenitud del fuego

ni se advierte que fluyan como un agua encantada

sólo sucede que se dejan atravesar

son transparentes

al ser vistos sorprende lo que no han ocultado

una máscara inquieta

un camino de flores congeladas

una botella de vino sin vino

un revólver humeante un piano de cola

una cama vacía un guerrillero asesinado

una carrera de caballos

un cazador que duerme fracasado y descalzo.

 

 

Otros dicen que detrás no hay nada

que todo lo visible está en ellos

y que son la manera que su dueña tiene

para defenderse

de quienes la miran demasiado tiempo.

Así ellos  -los insistentes crónicos-

terminan engañados

suben al cielo y descienden

como una procesión de moscas

se creen en la quietud del paraíso

y terminan presos de extrañas convulsiones.

 

 

Lo mismo que dos ferocidades

una vez son las dagas que deciden la muerte

y otra vez el refugio de amores inmortales.

 

 

LAS PIERNAS

 

Cuando el camino se levanta

los caminos son dos

uno donde los pasos juegan a conocerlo

como si en vez de tropezar con piedras

o malezas debieran elegir

entre dientes o músculos dormidos.

 

El otro es un camino vertical

dos columnas unidas en su cumbre

por un delta estrellado

y una fuente que deriva del cielo.

 

El resto sabe que no puede confiar.

Cuando las piernas se mueven

la torre entera resplandece y cruje

movida por la sangre y el vértigo. 

 

El camino se ha erguido

sobre siglos de flagrante condena

y ahora su figura recorta el horizonte.

Se para frente a él como un árbol inquieto

que le ofrece al amor

su pulpa humedecida sus raíces nocturnas.

 

El mar avergonzado recubre sus sirenas

y el espacio naufraga,

se vuelve pura sombra luminosa.

 

Altivez de las ruedas de polvo.

Creadas para servir,

se hacen tan grandes como lo servido.

 

Cuando se tienden

entre los témpanos en extinción

y celebran el roce de alguna piel deseada

se consuma un pacto misterioso

un hechizo que no saben nombrar

hasta que llega

del más hondo silencio

la debida palabra.

 

 

LA CADENCIA

 

Aquel espacio que ocupaba el mundo

se ha tendido para verla pasar 

le cuesta salir de su quietud

solamente se apoya en la penumbra

y espera como un condenado

su despertar inevitable.

 

Conserva todavía la mitad de la tierra

pero lo inhibe su propia soledad.

Es una sombra contenida

que recién si contempla

la respiración de los juncos

recién si amanece bajo la lluvia

si se moja cuando ella lo bendice

descubre que nada le había sido negado.

 

La música humana

naciendo simplemente de un cuerpo

que se mueve y hace mover

el resto de las cosas creadas.

 

Dos o tres pasos bastan.

El cuello crece, se dirige hacia el norte

que parece más bien un cielo rojo

- o una cúpula bárbara

que inútilmente busca explicaciones.

 

Las caderas se inclinan hacia el este

y después al oeste

y las maderas crujen hasta ser lo que fueron

cenizas de una vieja cruz

o aserrín de los astros.

 

En vano habrían de buscarle

una provocación deliberada o turbia.

Sólo verían que se mueve.

Ella camina y los esclavos viven

su jubilosa penitencia.

Les place ser pisados sin compasión

sentir en la espalda el filo de sus tacos

y que eso sea de veras el infierno temido.

 

Parece una marea del aire

dijo el aire que nunca supo reconocerse.

Y de fuego, dijo una leona

con el rostro quemado por la hiel de sus víctimas.

Y de arena, puede suponerse,

porque nunca se altera

y puede ser la forma de cualquier destino

 

En las pampas del sur ya se imaginan

su reposo tibio,  su contagiosa desnudez.

 

 

LA VAGINA

 

Volcán por donde ingresa un hálito de viento

y sale una erupción de carne en llamas

una diferida tempestad.

 

Agazapada

cubierta por la tenue vestidura del aire

instala su perfume frutal.

 

Pequeña, recta, consagrada

inspira la más alta ceremonia del tacto

el reflejo de todos los milagros.

 

Abierta hacia un dolor

que se ha clavado entre la a y zeta

de un abecedario de júbilo

hay un día que no le pertenece,

ella lo acepta con la bondad de una cosecha

y el anhelo de los tiempos heroicos

hasta ver que florece como un puño cerrado.

 

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