Cuerpo de Mujer

Los poemas I

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LA FRENTE

 

 Es un refugio de la inmensidad

lo único que puede distinguirse

cuando las manos enceguecen

y sólo poseen tacto las palpitaciones de la fe.

 

Es una estrella recién aterrizada

que ha formado un surco de silencios

un sitio donde el agua se detiene a pensar

donde la luna se arrodilla

y bebe la transpiración de los pájaros.

 

Es lo contrario de la pequeñez

el esplendor que imponen las efigies

sobre un cerro de arbustos temerosos

la coronación del tallo que humedece

la fiebre de los párpados.

 

Es la carne donde las auroras

inyectan su rocío

y reconocen el poder de una forma.

 

Es lo visible de un acantilado

donde mueren los poetas melancólicos

y los barcos que habían ocupado

con la euforia de los timoneles

en sus viajes sin órbita.

 

Es una piel de roca que se ha molido

hasta volverse un filamento de luz

y cubrirse con ternura humana.

Sólo se inclina ante un dolor errante.

 

No hay otro emblema

otro fulgor más alto

que pueda enfrentar la oscuridad.

 

 

EL PELO

 
 Si los abismos son la cuna del viento

su pelo es una consecuencia feliz

los hilos encantados que dejan las tormentas

como una prueba de su piedad.

 

Se agita entre la línea ecuatorial

de la lluvia y los días

y amanece con los pasos del agua

- los hilos del amor goteando

hacia el despliegue de una catarata.

 

Suele revestirse con flores de naufragio

las observa bailando en círculos concéntricos

que las atraen o las rechazan

como hace la noche con los maullidos

o la comida con la sal.

 

Recuerda los colores de la niñez

la primera letra de la barbarie

el arrullo del viento

la dureza de un capullo de seda.

 

Al atardecer recibe la despedida del sol

que vanamente busca detenerse

y solo atina a transmitirle sus reflejos azules.

 

No deja de crecer pero luego

de ser acariciado se diluye en el aire.

 

Es como una ciénaga donde las manos

de varón descienden para perderse.

 

Hacia la noche toda la humedad le ha sido

bebida. Se vuelven una arena pesada

que cae sobre los ojos y los deja sin brillo.

 

Termina flameando como una bandera

ante la cual solo es posible

la rendición o la muerte.

 

 

LA BOCA

 

Puede dibujar con un lápiz azul

su ondulación sin freno su vasta sugerencia.

 

Si mide sus bocados

puede tragar mares de agua convertidos en pez

o pastizales que se hicieron búfalo.

Puede lograr que el pez se sienta gozoso

de su cautiverio. Puede decir palabras

en todos los idiomas o algo peor, callarse

y dejar que cada uno entienda

lo que quiera entender

y después lo anide, errático y eterno,

en el árbol de las constelaciones.

 

Puede ser que diga cosas inesperadas

por ejemplo que los habitantes del desierto

no están hechos de arena

ni los domadores de viento

ni los labriegos de cereal

sino que cada hombre está construido

con aquello que le ha sido negado

los solitarios con la herrumbre

de gargantas irreconocibles

los delincuentes extasiados

con el brebaje de las indulgencias

los prisioneros con la piedra

que sus propios incendios despedazan.

 

Rumor de pronto enmudecido.

Preludio abierto al eco de las vacilaciones.

Se puede poner frente a otra boca

como si estuviera delante de un espejo

y lograr que toda visión se despedace

o se vaya nublando hasta extinguirse

o se quede rendida pero llena de gracia

entre los nombres olvidados.

 

Puede ser que grite cuando el bosque duerme

que grite tanto que los animales huyan

hacia nuevos tormentos

y luego se detenga para pensar

que está libre de culpa pero no de llanto

y durante meses sólo beba una lágrima.

 

Puede ser que cabalgue sobre el filo de las copas

así fueran de ron o de veneno

o del vino que canta en medio de las fiestas

o que dos hombres beben poco antes de matarse.

 

 

Puede ser que muerda una manzana

o el gusano que había nacido para perpetuarse

o que hierva dos huevos de perdiz mojados por su aliento.

Es lo mismo,  todo proveerá la misma consecuencia.

Siempre será el hueco de los besos mortales.

 

Línea vivaz que guarda la promesa

de mayores placeres.

Puede devorar a los hombres abiertos a su tentación

o ser ella misma devorada por dragones terribles,

esos que nacieron solamente para vengar

o para ser vengados.

 

   

EL CUELLO

 

Aunque luzca morena

su cuello será pálido.

Justo en la línea de los visitadores,

el exacto pudor.

 

El cuello anuncia el nacimiento

de la desnudez y al mismo tiempo

la ceremonia de la nieve.

 

Bajo el collar de las insinuaciones

se despierta su hálito carnal

mientras los dientes incendiarios

bajan desde alturas inhóspitas

al encuentro de los veredictos.

 

Horca nevada.

En su altar agonizan

los viajeros del miedo.

 

 

EL MISTERIO

 

Mujer invicta. Aunque un día sus manos

se detengan cansadas

y sus piernas presientan la caída

y al final todo el cuerpo

como una simple bruma de verano

se diluya en el aire

lo mismo ha de guardar -tal vez

sin advertirlo- un atributo milenario.

 

Ya lo tenía

cuando los cuerpos y las almas

eran la misma cosa

y el ser hallaba en ellos

su belleza perenne.

 

Después lo ha sostenido

como un arma mortal

enarbolada frente al cautiverio

los entramados de la servidumbre

las degradaciones del amor.

Ahora esparce su luz abarcadora

bajo el agua estancada los remolinos del poder

la grieta oculta de los meridianos.

Y se instala en el centro de todas las batallas

entre la espada y la misericordia

entre la ostentación y la simpleza

entre las paredes y el musgo.

 

Ha transitado el vuelo de las cintas

y de un ala blindada.

Ha concebido y ha gestado

ha dado de mamar, ha criado,

ha cargado montañas en su vientre

y ha inventado debajo del pudor

los orgasmos solares.

Los hombres giran en su torno

como planetas extraviados.

 

Ella lo sabe. Sin embargo prosigue

con su vieja costumbre

la de amar cuando lo hace

con su voz vertical

su pelo florecido sus alas de giganta

su afluencia de secretos

que alguna ley o el viento le ocultaron.

 

Siempre se parece más a otra mujer

que un hombre a otro hombre.

Y ella sola despierta

los murmullos de la humanidad.

 

 

LOS SENOS

 
Nada más que de blanco.

Y de pequeñas bocas que descubren

la redondez del mundo.

 

Después serán hallados

- como una piedad de la memoria -

en lugares de ternura y de sueño.

 

Habitarán por fin dentro del humo

que los hombres exhalan

cuando se quedan ciegos

y lo que fueron ojos

son el fin de una fábula

otra manera de flamear el tiempo

el cenit de un movimiento salvaje.

 

¡Ah los hombres, jugando a detenerse

entre la pura inmolación

y un fundamento que los eternice!

 

En una fruta elemental

van a romper con lenta ceremonia

su atadura en los cabos

van a morder y a dibujar un beso

con su arisca semilla.

van a medir en la penumbra

su entibiado pezón

y a devorar (tal vez obscenamente)

su materia de azúcares y fuego.

 

Colinas de la vida.

Cuando un alma reclame su alimento

volverán a su llameante forma.

Cada soldado anida para siempre

un sueño irreprimible

el mismo de los dioses caníbales

morir del estallido de dos rosas carnales.

 

 

LAS MANOS

 

Las primeras se fueron construyendo

como un denso vapor

como un metal amartillado

en la fragua del pan y las revoluciones.

Ahora sus manos son la conclusión del error

la intimidad que cuenta las estrellas

el devenir y el instrumento

la paradoja incompresible.

¿Qué orfebres, qué pasiones las pudieron hacer?

Y sin embargo existen se las ve lanzadas

a su diaria fajina

como un viento en sí mismas

como si amamantaran un pezón

o en medio de una nube remojaran el agua.

 

Ellas lo saben todo

escribir un poema

poner una manzana en la boca de Adán

perfumar los centauros que se van de la tierra

ayudar a parir

acariciar uno de los miles de tigres que parecen gatos

proteger una herida

(o infringirla)

manejar un auto mientras se peina

(y las uñas devuelven un mensaje de texto)

fijar el cierre de una falda

(o bajarlo)

mover la puerta de las prisiones

hasta que pueda pasar la libertad

(o en su defecto una bandada de mariposas)

aplaudir a los magos

pintar un cuadro

rehacer las caras de una foto amarilla

salvar a los ahogados de un diluvio

hacer la señal de la cruz

cerrar los ojos de los muertos

tejer escarpines incendiarios

o volverse un tazón para beber

cuando los cántaros han sido clausuradas

y sólo se abren a la invocación de una diosa.

 

Y saben matar, apretando un gatillo

o dejando caer sus dedos ebrios

sus dedos como pétalos torturadores

sobre una espalda adormecida.

 

 

EL CULO


Tan escondido como América

hasta los viajes de Colón.

 

Negado por la estética del vestir

los credos oficiales la enseñanza callada

el idioma culto el sentir devoto

los acuerdos morales.

 

De las abuelas para atrás

no pasaba de un error anatómico

algo que con los años se cuadraba

se ponía fláccido

era difícil de sobrellevar

y no dejaba de imponer molestias.

 

Sólo nombrarlo ya era una molestia

pequeño tic de la maledicencia o el escarnio.

Convenía tratarlo como un objeto impropio

un avance de la vergüenza

un conocido sin identidad.

 

Recién se supo que existía

cuando los hombres cambiaron sus modales

y las muñecas de triple falda

pudieron aliviar el peso de las guerras

y el peso de la paz.

Cuando los guerreros inconstantes

comenzaron a batirse a duelo

en los palcos y los prostíbulos.

 

Y entonces la mujer de los sueños

ella misma

con sus galas de novia fantasmal

con su aliento de maga de la noche

se pintó los labios con la sangre

de una pantera degollada

se quitó los velos del servilismo

- la palabra silencio

las tristes ataduras

el llamado de los confesionarios - 

y estuvo días enteros en el mismo sitio.

Hizo danzar la luz hacia su cauce oscuro

alzó su pura carne su piel pura

sostuvo dos bombas a punto de estallar

se dirigió a una multitud de virtuosos

y les dijo señores, no se pierdan la vida.

 

 

LAS OREJAS

 

Cualquiera de las dos puede tener

la llave del acceso al laberinto.

Y ellas mismas son montes

y laderas de música y texturas

que trabajan con demorada exactitud.

 

Oyen los pasos que no pueden pasar.

Y se abren a la lengua deseada

la única que puede humedecerlas.

 

 

EL VIENTRE

 

Acariciar su piel cuando respira

con demorada calma.

Bogar en ese lago

dispuesto entre los bordes

de una copa carnal

- ese refugio que se mide

con el roce de un pétalo

y cuatrocientos dedos 

bebiendo la penumbra-

es un camino que aprendieron los hombres

para guardar el infinito.

 

El amor lo mueve como si fuera un corazón

los besos lo contraen las lunas lo dilatan

y el oído de un rastreador antiguo

le siente latidos tan profundos

como si abajo de la piel

danzaran volcanes subterráneos.

 

Unos pocos minutos en la disolución del tiempo.

Son medidos con agujas perfectas

y también una boca que cae y se desangra

en la cuenca del espacio fugaz.

Sin embargo la boca se queda para siempre

rendida frente al sueño de un oráculo mudo

ya ni tibia ni fría sólo un hilo breve de humedad

en el ombligo de las estaciones.

 

Se parece a toda la felicidad posible.