Cartas Mexicanas

Llegar - Pisar la historia - Dos mundos - Oráculos - Acerca del arte - Sala llena - Volver

 

 LLEGAR

 

      Cuando quien suele analizar hechos de la vida social y cultural de su medio tiene la oportunidad de conocer otros lugares, persiste, naturalmente, con los mismos hábitos tortuosos. Lee en los textos y en las caras nuevas, hace preguntas, compara, y de a poco va intentando trazar algunas reflexiones; primero en silencio, para sí mismo, pero luego, en cuanto le empiezan a picar los dedos de las manos, ya piensa -con la ingenuidad de siempre- que tal vez puedan tener un interés más objetivo, que puedan existir otros curiosos de lo mismo, y así se atreve a compartirlas. A veces no es fácil, y menos si lo mirado es México. Un país inmenso, apasionante, colorido, contradictorio,  enclavado como una gran bisagra entre el superdesarrollo y el atraso. Hacia el norte, mirando en un espejo que tanto lo ilumina como lo enceguece: La peregrinación laboral, la guerra y el territorio perdidos, el ALCA, el béisbol, la lógica primaria del capitalismo. Aquella que marcó Nelson Rockefeller, luego de comprar un mural de Diego Rivera para el lobby de su gran Center : “Ya lo he pagado, ahora es mío, por lo tanto lo puedo destruir”.

 

    Hacia el sur, el reflejo de las semejanzas,  no siempre gratas o admitidas: El idioma, el atraso, la levedad de las democracias electivas, el fútbol, la lógica del capitalismo desigual. La que enseña, por ejemplo: “Hemos gastado mucho dinero para investigar y producir este producto, esta medicina; quien no pueda pagarla, que se muera en paz. Será su destino.”

 

    La justa instalación en ese duelo de espejos, excede los tiempos de un traslado físico. Hay que situar también el pensamiento. Llegar a México, y más concretamente a su capital, el D.F., no es despertarse sobre un cielo invertido, lleno de estrellas hacia abajo, que se muestra, casi una hora antes del descenso, desde las puertas de Cuernavaca. No es el tránsito opresivo, a paso de hombre, por sus tentáculos humeantes (ejes, avenidas, periféricos, viaductos de doble piso...) No es mirar el humo desde los altos de la Torre Mayor (un reciente edificio de 52 pisos) ni rendir la vela ante el trazo fluvial de “Insurgentes”, una calle que mide treinta kilómetros y medio. No es buscar, todavía, entre el eco de 115.000 espectadores del Estadio Azteca, alguna prueba de “la mano de Dios”, ni extraviarse, como un nuevo inocente,  en el Santuario de la Virgen de Guadalupe.

 

    Llegar no es nada de eso. No es el deslumbramiento que producen todas las magnitudes visibles. Llegar es sobre todo preguntarse. Intentar una síntesis más o menos consciente en torno a una suma de fenómenos que no se pueden abarcar. El punto en donde caben todas las interrogaciones: Cómo se integran la pulsación y los  tamaños, cómo los cuerpos mantienen su identidad, como los autos no se estrellan cada cien metros, cómo es posible que las cosas y los hombres lleguen diariamente a sus destinos previstos, cómo sentirse a uno mismo la parte funcional de un caos.

 

    Hay momentos, en que  por la misma fuerza integradora y a su manera previsible de las mareas o las tormentas de granizo, los hombres, aún el más reticente, parecen situarse en una línea de razonamiento. Pero no dura. En cuanto se vuelve a pensar, esa figuración se desmorona. Y se instalan, en cambio,  las magnitudes invisibles,  proporcionales a las que se ven. Al segundo conglomerado humano del mundo le corresponde habitar, exactamente, el segundo espacio más contaminado del mundo. Allí el agua potable se bate, en desventaja, contra los basurales. Las montañas que envuelven a la ciudad sólo se muestran los días feriados o después de las lluvias. Es tan incierta la resistencia del aire como la posibilidad de respuestas.  ¿Hasta donde un centro puede resistir el peso de tanta periferia, y a su vez los márgenes, turbios y callados, la indiferencia de tanto centro? ¿Cuánto crimen, cuánto miedo se podría medir detrás de los “guaruras” (guardaespaldas) y los coches blindados?

 

Tal palpitación de lo invisible, sin embargo, gravita todavía con alguna lógica. Son temas de los que se suele hablar. En cambio, más abajo, más subterráneamente, está lo otro, la coloración desteñida, lo más sepulto del pasado, lo indio, lo heroico, otra visión del mundo, una historia de tres mil años que no se deja de mostrar pero a la vez se desconoce.

 

 

PISAR LA HISTORIA

 

 

   Caminar en México es caminar sobre un pasado en movimiento. El nombre de las calles, las divisiones políticas y otros sitios geográficos (Chapultepec, Popocatépetl, Naucalpan, Nazahualcóyotl y cientos del mismo estilo, de pronunciación tanto o más dificultosa), los monumentos (como el de Cuauhtémoc, en memoria del cacique que fuera torturado y muerto por Hernán Cortés, o la estatua de Coatlicue, la diosa azteca de la tierra y la muerte), la infinidad de obras de artes repartidas en museos y otros recintos públicos, que recuerdan a líderes, símbolos y usanzas de las razas nativas, pero sobre todo los murales humanos, los rostros quietos y arcillosos, visibles día a día en puestos y mercados, que parecen curtidos por un viento de siglos y reproducen, en medio del vértigo de la modernidad, los rostros de quienes ya moraban en el lugar desde mucho antes que la conquista española, desde hace más de treinta siglos, en la simiente madre de los olmecas. Todo ello preserva, de una manera inocultable, las huellas de una de las civilizaciones más originales que ha conocido la humanidad: la civilización mesoamericana, la de los “hombres de maíz”.

Quien proviene de un país como Argentina, que comparativamente carece de pasado, no puede dejar de sorprenderse. Acá se siente, con otra profusión, con otra fuerza, el peso de la historia. En el escudo argentino reinan las manos unidas y el gorro frigio de la Libertad y la Fraternidad postuladas, en el siglo XVIII, por una revolución europea. En el escudo de Mendoza se adopta la misma figura, más un cuerno con frutos de su tierra (uvas, espigas y claveles del cerro). Las referencias del escudo mexicano, en cambio, se remontan al tiempo de la fundación de Tenochtitlán (la actual Ciudad de México). Está constituido por un águila, que según los aztecas representaba la fuerza cósmica del sol, con sus alas desplegadas en actitud de combate. Unas de sus garras se posa sobre un nopal que florece sobre el antiguo lago, y su pico se muestra en actitud de devorar a una serpiente curvada, emblema de la tierra, y por eso el conjunto resume una comunión honda y ancestral de los trayectos internos, de sus fuerzas vitales.

Cierto es que hay un gran contrasentido final, entre lo magno y lo heroico que pareciese reclamarse como herencia de los más antiguos pobladores y el estado presente de sus hijos, condenados a la marginación y el silencio. Pero los hechos no se puede borrar, no desaparecen de la vista. Y por más que se discutan las maneras de interpretarlos, revienen diariamente desde lo real, y liberan preguntas escondidas. ¿Tanta historia constituye al fin un lastre o una riqueza? ¿La persistencia de un pasado, la mayor riqueza de su patrimonio artístico, sirven para que un país cuente con mejores bases para su desarrollo? ¿Le acuerdan o no condiciones más favorables para crecer?

A la luz de muchas experiencias, y de la propia mexicana, no pareciera que las respuestas fuesen uniformes, ni tampoco sujetas a una misma una lógica. La cuestión depende de cada historia concreta.

Si el pasado se torna una estructura inmóvil, reiterativa, sin apertura a medios de producción más ágiles y consistentes, sin acceso a los nuevos sistemas tecnológicos, al conocimiento de lo que sucede en el resto del mundo, todo lo ya existente, lo anterior, se vuelve un lastre pantanoso, que obstruye el camino hacia formas más evolucionadas de vida. Si el pasado se integra con equilibrio y armonía, tomando de cada cultura sus instrumentos esenciales, el presente refuerza su intensidad, y la historia, en tanto explicación y proyecto, expande su riqueza.

En México, es obvio que no pasó lo primero, pero tampoco lo segundo. De tal modo su historia define dos capas étnico-sociales contrapuestas y desintegradas. Esa realidad, ese conflicto silencioso que mira sin ver una trama de cinco siglos, parece irremediable.

 

 

 DOS MUNDOS

 

Se había dicho, luego de marcar la fuerza de los tiempos históricos, que el gran conflicto básico, planteado por el choque de dos civilizaciones, mesoamericana y europea, colonizada y dominante, persistía sin resolución. Lo que hoy se observa en el estado general de desarrollo y en la vida pública, no es la resultante de una gradual evolución interna, sino que presenta todavía los efectos de haberse producido por rutas separadas. Una desde la cual el peso de Occidente se impuso en todos los frentes de decisión y de mando, y otra que perdura sin un rumbo preciso, sin asimilarse a un proyecto distinto –que por otra parte no la contiene- y a la vez sin espacio ni medios para crecer y sustentarse en el propio.

Lo indio de México –y la “mestización” donde ese rasgo prevalece- se observa en los suburbios, los puestos, las ferias, lo vivacidad de los colores o la suavidad del habla. Pero es sólo un contacto de la piel. No tiene gravitación, está ausente de los círculos de poder, en los entes mediáticos, en la cultura de academia, en cualquier diálogo de la clase política sobre los diseños del futuro. Entonces al viajero le puede nacer, muy fácilmente, la siguiente interrogación. ¿Cuál es el futuro de “lo indio” de México? ¿Seguir un proceso de extinción, el mismo que se iniciara con la conquista, que redujo la población autóctona, entre comienzos de los siglos XVI y XVII, desde 25 millones de hombres a menos de un millón y medio? ¿Integrarse, es decir, protagonizar ahora lo que nunca hizo antes? ¿O perpetuarse en la conformación de dos países, uno folklórico para turistas y otro blanco, “global”, “moderno”, heredero de la “violencia fundadora”?

El mensaje oficial es terminante. Al salir del (fantástico) Museo de Antropología, es obligado leerlo: “Valor y confianza en su provenir hallan los pueblos en la grandeza de su pasado. Mexicano, contémplate en el espejo de esa grandeza. Comprueba aquí, extranjero, la unidad del destino humano. Pasan las civilizaciones, pero en los hombres quedará siempre la gloria de que otros hombres haya luchado para erigirlas.” Es decir, la civilización vencedora recuerda -y hasta se atribuye rasgos del carácter indígena, desde los más ostentosos, como la heroicidad, hasta los más inocuos, como la paciencia y el temple- pero decide la exclusión de todo lo que sea contrario a su proyecto. Todo lo inconveniente es “pasado”.

El sentido social de la tenencia y explotación de las tierras, la economía agrícola diversa y autosuficiente, la relación más armónica entre el hombre y la naturaleza, son parte de ese pasado. Lo nuevo y terminal es la producción para el mercado, el monocultivo en función de las necesidades del comercio a escala mundial, la dependencia de los insumos externos, la ruptura del equilibrio ecológico. Y lo que más claramente observa el visitante: el crecimiento desmesurado de las ciudades. Solamente una decena de metrópolis concentran el 33 por ciento de la población del país. Y considerando una centena de grandes urbes las formaciones urbanas llegan a los dos tercios del total de habitantes del país. Ello implica también el crecimiento simultáneo de los problemas ambientales y el descenso de la calidad de vida: contaminación, desempleo disfrazado, dificultades en el transporte, insuficiencia en los servicios esenciales, y el surgimiento, igual que la hojarasca después de una tormenta, de las sub-ciudades ocultas.

 

El viajero contempla con facilidad –en medio de un tránsito devorador, que sólo fugazmente puede resultar atractivo o exótico- y con cierto goce natural -entre los gases en suspensión que digiere sin darse cuenta-, la cara linda de las metrópolis. La gente “huera” (rubia, o no-mestiza), las grandes residencias amuralladas de San Ángel o Chapultepec, los hoteles majestuosos, el comercio de lujo, las galas y el derroche de la vida nocturna. Pero la mayor parte de la población no está presente. Es decir, participa, se deja ver, pero no pertenece. Son miles y miles de actores de un reparto que no les alcanza.

Cierto que en el resto de América latina las contradicciones no son menores. Pero acaso la raíz no muestre la misma numerosa nitidez, la misma trágica y ostensible frontera. La evidencia, como en ningún otro terreno, entre lo alcanzado y lo que se pudo alcanzar, lo imaginario en pie y lo profundo que aún yace.

 


ORACULOS


    Los intentos humanos por desentrañar el futuro ya participan, en un concierto multiforme (e inverosímil) de propuestas, desde las más antiguas civilizaciones. Se destacan, entre ellas, los oráculos, especie de interrogatorios a determinados dioses –como el de Delfos, en Grecia, en adhesión a Apolo-, quienes de algún modo daban sus respuestas y advertían sobre los obstáculos de cada vida. Esas usanzas también estuvieron presentes en la civilización mesoamericana. En particular, los aztecas, cultivaron su propio “Delfos”. Es posible que, ante el arribo de los españoles, no se hayan sorprendido demasiado. Desde años anteriores, flotaba en las lagunas cierta sensación de fatalidad, en base a una gran cantidad de indicios exteriores probatorios de que “algunas cosas no iban bien”. Y Moctezuma debió conocer, por supuesto, la profecía que anunciaba el arribo de Quetazolcóatl, su rey divino, como un ser carnal, blanco, con barba, a quien sólo le faltaba llamarse Hernán Cortés y amar a la Melinche.

Más modernamente, y con arreglo a fórmulas menos caprichosas, los hombres siguen atentos a la palabra destacada. Quienes las pronuncias suelen ser escritores o artistas, que alcanzan el privilegio de trascender la frontera dada por sus técnicas expresivas, dentro de las cuales trabajan y se manifiestan infinidad de ellos, para acceder a otro sitio, el de quienes por un don comunicativo especial, mágico, acceden a un nivel de referencia superior. Ese desde el cual puede opinarse sobre cualquier tema, con la originalidad, la audacia y cierto justo tono profético que produce como resultado, casi invariablemente, la aceptación y el contagio. (O el perdón, cuando los yerros no pueden levantarse).

Si uno de los mayores “oráculos” intelectuales argentinos es Borges, el mexicano es Octavio Paz, tan abarcador e intenso como aquél, que tampoco ha dejado cuerdas olvidadas. Todos los temas le conciernen: la historia, los mitos, la identidad, las máscaras, las fiestas, los padres de la patria, las malas palabras, el arte, la literatura, las mujeres, lo real y lo fantástico, los muertos, los santos, las revoluciones y la soledad, por decir sólo algo de lo que aflora ante un primer llamado. Siempre con la asunción del riesgo de decir lo no dicho, la temeridad de un juicio meramente verbal, como si la literatura fuese una ciencia exacta y otra vez, igual que en los comienzos de la vida humana, estuviera poniendo el nombre de las cosas. Pero en todo caso, sobre la idea de una estructura basal, es decir, de un delirio consciente, como lo es ubicar cada pensamiento -o al menos tratar de hacerlo- dentro de un sistema de ideas, una imposición de la coherencia sobre lo conflictivo, y aferrado –lo mismo que un náufrago a su tabla- a lo bello de la magna poesía.

Puede lanzar, entonces, sus afirmaciones tajantes, inciertas, discutibles: “Nuestra historia está llena de frases y episodios que revelan la indiferencia de nuestros héroes ante el dolor o el peligro (..) Más que el brillo de las victorias nos conmueve la entereza ante la adversidad.” “El mexicano puede doblarse, humillarse, pero no ‘rajarse’, esto es, permitir que el mundo exterior penetre dentro suyo.” De ahí que las mujeres sobrelleven una inferioridad natural: “porque, al entregarse, se abren. y esa ‘rajadura’ nunca cicatriza.” “No se puede identificar nuestro carácter con el de los grupos o pueblos sometidos, pero existe cierto parentesco. Los sometidos entablan un combate con una realidad concreta, nosotros en cambio luchamos con entidades imaginarias, vestigios del pasado o fantasmas engendrados por nosotros mismos”.”El mexicano no quiere ser ni indio ni español. Tampoco quiere descender de ellos. Los niega. Y no se afirma en tanto que mestizo sino como abstracción: solamente es un hombre, un hijo de la nada”.

Temeroso de la mirada ajena, el mexicano “se contrae, se reduce, se vuelve sombra y eco. No camina, se desliza; no propone, insinúa; no replica, rezonga; no se queja, sonríe. (..) Disimula su propio existir hasta confundirse con los objetos que lo rodean. La disimulación mimética es una de las tantas manifestaciones de nuestro hermetismo. Si el gesticulador, (el demagogo) acude al disfraz, los demás queremos pasar inadvertidos. En ambos casos ocultamos nuestro ser. Y a veces lo negamos. Recuerdo que una tarde, cuando oyera un leve ruido en el cuarto vecino, pregunté en voz alta: ‘Quién anda por ahí?’ y la voz de una criada recién llegada de su pueblo, contestó: ‘No es nadie, señor, soy yo.”

¿Cuánto hay de verdad en esta clase de opiniones? Todo o nada, lo cual no pareciera ser, en este caso, demasiado diverso. Justamente porque con Paz se accede a una literatura “oracular”, donde hasta los equívocos dejan su huella de duda y de misterio. Cada contemporáneo tendrá, por lo tanto, sus propias respuestas, y sus nuevas preguntas, ante esa vastedad situada entre el rigor de un cientificismo moderno y la arbitrariedad más absoluta, tal como sólo puede llegar de la poesía. Vidente ilustrado, creador de una obra grabada en la conciencia intelectual de México, ofrece, como prenda reflexiva de un pueblo entero, el esplendor de la palabra, la reinvención de sus atributos sagrados.

 

  

ACERCA DEL ARTE

 

 

   La puerta de entrada al arte de México, es la obra de sus grandes muralistas. Lo primero que busca el visitante, por lo visto y leído en todas las noticias artísticas, son los murales de Rivera, de Orozco, de Siqueiros. Y ellos están siempre disponibles, en el Palacio de Gobierno, en el de Bellas Artes, en la Ciudad Universitaria, en museos, en escuelas y hasta en lugares escondidos, donde se los halla sin haberlos buscado. Pero cuando uno los enfrenta, y recibe con su peso concreto las circunstancias ambientales, la interpretación ya no resulta tan simple ni tan segura. Es cierto que irradian, todavía, una fuerza emocional muy alta, y que parecen moverse sobre trazos de una grandeza contagiosa. Pero arrastran un eclecticismo que les quita perspectiva y los congela en el tiempo. Si una vez encarnaron los ideales de la revolución de 1910, buscando armonizar el vanguardismo artístico con los nuevos proyectos políticos y sociales, eso terminó ahogado en los vaivenes azarosos, la traición, y en definitiva, el agotamiento de los postulados revolucionarios. La mezcla de tradiciones muralistas, collares emplumados, indios irresueltos entre la lucha y la entrega, frutos de América, escudos españoles, pintura italiana, líderes bolcheviques, empalidece, y se aparea al vaciamiento de la idea, al fracaso de quienes pretendieron, desde Emiliano Zapata hasta Lázaro Cárdenas, otro tipo de sociedad. El muralismo no aparece, pues, como el estallido que se podría haber gestado mediante un aprovechamiento más original e intensos de los fuegos internos -y hasta de los conflictos irresueltos, en tanto se los tratase en toda su crudeza y no con la máscara de una síntesis ficticia- sino que aflora como una llama terminal, un bello giro a la nostalgia en vez del vuelo de una bandera flameante.

 

Por el contrario, si se indaga en las raíces del arte mexicano, lo que bullía en la creatividad del alma indígena, la perspectiva es diferente. En lo más visible, no existe el concepto de linealidad, ese modelo de narración histórica que se postula como paradigma de una ilusión trascendental y acaba como una fotografía de familia, encerrada en un espacio de medio siglo. El arte antiguo de México es, exactamente, sugestión pura, movimiento insinuado desde un círculo mínimo, desde la quietud. Y sobre la base de una variedad formal que propone infinidad de lecturas, expande los círculos del espacio y el tiempo hasta las proyecciones de cada ser imaginativo posible.

 

“Antes” ni siquiera existía el concepto de identidad y la historia sólo se veía como una suma de incertidumbres. Eso es obvio. Pero las causas de una sustentación no tienen más interés que la sustentación misma. Y en el mundo actual, donde cada “quiebre” es salvado por una “continuidad”, donde el conflicto entre la libertad que se debe resignar para alcanzar ciertas necesidades vitales ha cambiado de calidad pero no de tensión, donde el destino del hombre se juega en la aceptación y la armonía de lo diverso, el arte, que siempre ha acompañado los interrogantes humanos, responde con el no-dogma, la no-frontera, el ensanchamiento de la visión estética que es la pupila del pensamiento mismo. Y para ello sirven con mayor eficacia todos los objetos encantados: una estatuilla olmeca, una máscara maya, las explosiones “doradas”, diluviales, de la Iglesias de Santo Domingo (en Oaxaca) o de San Francisco Javier (en Tepotzotlán), una cabeza de serpiente en el templo Mayor, un fresco del palacio de los Jaguares, un “árbol de la vida” de la cerámica popular, una calavera de Posadas, un “ensueño” de Frida Khalo, o la Gran Pirámide de Cholula, que es como decir, copiando del náhuatl, “una montaña hecha por las manos del hombre”.

 

Pero posiblemente la expresión más elevada –por armoniosa y lúcida- de las artes visuales modernas, sea la monumental escultura de José Luis Cuevas, “La giganta”, enclavada en el patio de un museo al que se accede desde una callejuela repleta de puestos y feriantes. Un acceso que le viene muy bien, porque de pronto, apenas traspasando un umbral, el oleaje de los colores encendidos y las voces que recién hoy se escuchan pero parecen dichas desde hace siglos, se vuelven silencio de metal, estatura del tiempo, albricias de simiente fecunda. Ella es pura tierra americana con la gracia de una madre suprema. No impone ni se ve rendida, no concede ni quita, no niega ni asegura. Es puro pasado pero mira hacia delante y absorbe para todos sus hijos el nacimiento de la luz. En su espera sensual, su vigilia tenaz y abarcadora, traduce para cada “nosotros” los alcances de la inmensidad.

 

  

 SALA LLENA

 

 

La sala llena (unas 300 personas) en el Teatro Ofelia –que fuera propiedad del legendario Cantinflas-, de la Ciudad de México. Nora Fernández sale de entre la gente, e inicia un acto que ha cumplido más de tres mil veces, pero que siempre será nuevo.”Yo soy de muy lejos, de bien al sur de América, de un lugar que se llama Mendoza –dice Nora- Está al lado de la cordillera de los Andes, del Aconcagua. Ahora allá es verano, hace mucho calor, un calor que ustedes desconocen, pero es un tiempo lindo, Mendoza está llena de viñedos, y los vendimiadores ya comienzan a cosechar las uvas. Después será vino, ese otro mensaje de mi tierra, que muchos de ustedes habrán bebido...”

 

Así, entre una recordación que la prepara desde su origen para una obra del vuelo de una liturgia sacramental, y los murmullos de quienes, dentro del público, han probado, alguna vez, un malbec mendocino, Nora comienza otra ofrenda de “Sur-realismo”, que desde su estreno, el 10 de setiembre de 1993, en Mendoza, no ha dejado de andar por el mundo: Uruguay, Chile, Colombia, Brasil, Suecia, Dinamarca, Finlandia, España, Estados Unidos, y ahora, en su punto de mayor persistencia, México; totalizando una cifra de asistencia impresionante: más de seiscientos mil espectadores.

 

Siete mujeres en una sola actriz. La primera, una política perdida entre consultas, expedientes, conversaciones telefónicas y requerimientos domésticos. Es decir, el juego de las grandes decisiones golpeado por el llanto de un bebito enfermo. Nora despliega su luminoso movimiento. Pero este cronista pierde la concentración, se confunde. De pronto piensa en el México de los aztecas, en el tiempo de los sacrificios rituales. Muy cerca del teatro, sólo que hace varios siglos, donde actores anónimos se dejaban ver, un paso antes de la gloria, mientras entregaban su corazón para la recompensa de los dioses.

 

Allí estaba –hace pocos días, en el reinicio de un ciclo- “nuestra” Nora, repitiendo a su manera aquella escena lejanísima, cediendo también su corazón, dejando sobre las tablas un cuerpo que traduce, como si viniera del fondo de la historia, el lenguaje de los sacerdotes, los movimiento del jaguar, la sabiduría de la serpiente emplumada, frente a un público que tiene tres mil años de historia y que tal vez sea, por eso, el que mejor la ha comprendido..

 

La ceremonia sigue. La mujer adolescente, que demuestra su propio modo de comprometerse. La mujer esotérica, que se alucina con las cábalas, los sahumerios y las flores de Bach, y se clava sobre sus pies como si ellos fueran el soporte del mundo. La madre soltera, la discapacitada, la niña de cuatro años... El alma que habla con el alma de su pareja, y transpone cualquier instancia convencional, descendiendo, por fin, sobre la paz y el goce de los viejos guerreros.

 

Pero en todo caso, la misma mujer. La que reconoce en la cara de un fortuito cronista mendocino la cara de todos sus amigos, la que ofrece un mate como un sacramento fraternal. La que otra vez recibe los aplausos tronantes, esos que la rescatan del sitio de las víctimas y le devuelven, como si hubiera servido para lograr la perpetuidad del maíz y de la lluvia, su corazón intacto.

 

 

VOLVER

 

      Los regresos implican ciertas rutinas no evitables, entre ellas, algo que dé la prueba de algunos pasos, la devolución de gentilezas, los “presentes” -o como se llamen-, que en términos de la relación actual de cambio se deben restringir a contenidos mínimos –o en todo caso, “simbólicos”-, lo cual termina llevando su tamaño al de una cámara fotográfica. Y le impone a la mente que busque otros caminos. Otra clase de asociaciones. Y así como se ha dicho, por ejemplo, que “llegar” era, más estrictamente, “preguntarse”, se podría pensar también una simetría inversa. “Volver”, como una forma de “responderse”. Lo que uno carga, entonces, con más exactitud, dentro de una valija o dentro del cerebro, son aquellas cosas que sirven para fijar algunas diferencias.

 

     En las políticas públicas que orientan la formación económico-social del país, México, a pesar de no constituir un modelo ejemplar, ha tenido una clase gobernante más lúcida y menos venal que la Argentina. Lo más visible es que la injusticia distributiva, entre los sectores de ingresos medios y bajos, es menor. Y la desocupación se encuentra contenida, sin necesidad de confundir las estadísticas con “planes subsidiarios”. Cierto es que la media salarial es tan baja como la argentina. Pero un empresario mexicano por lo común ocupa más gente que la que estrictamente necesita. Es decir, se halla más asumido el concepto de “contención social”, el cual no queda, como en Argentina, librado casi exclusivamente al quehacer del Estado. De tal modo, una clase empresaria menos mezquina, sostiene la demanda interna y reduce el grado de conflictividad potencial, mientras que la pobreza –dentro de lo relativo de la expresión- se vive de una manera más digna.

Los políticos, lo mismo que en Argentina, ya hace dos años que se pelean por comicios que van a suceder en el próximo. Pero han formado al menos sus exponentes previsores. Por eso mantienen, por ejemplo, la propiedad de su petróleo, y todo lo que ello implica: la conservación de un recurso estratégico (y mundialmente escaso), la posibilidad de sostener políticas de autodeterminación energética, y la inversión en el país de la ganancia petrolera.

 

     En lo artístico y lo cultural México tiene una gran diferencia incidida por su pasado. Ello le aporta incluso recursos económicos, pues los centros de exhibición de las civilizaciones antiguas, Teotihuacan, Chichén-Itzá, Monte Albán, etc., la arqueología en general, los museos antropológicos y de arte, y hasta el folklore indigenista de exportación, constituyen pilares muy bien utilizados en su oferta turística. Las artesanías regionales son en particular beneficiadas por ese fenómeno. De sus hacedores, que son legión, deriva una copiosa producción no seriada, en las que se mantiene viva la esencia de lo “maravilloso cotidiano”. Su futuro, sin embargo, ante el voraz asedio de las técnicas reproductivas del mercado, no suscita optimismo. Pero destellan, mientras tanto, los reflejos de su calidad.

Otra rama del arte a la cual se le asigna, mucho mejor que en Argentina, un valor específico, es la arquitectura. Pioneros como Luis Barragán han alcanzado un reconocimiento público importante. No van a detener el rumbo hacia el colapso del D. F., derivado de su crecimiento explosivo y caótico. Pero libran, de todos modos, una lucha creativa y obstinada. No son proyectistas de viviendas sino de conceptos vitales. El maestro Barragán, hace ya varias décadas, les enseñaba: “En las publicaciones de arquitectura no se pueden excluir ciertas palabras, como belleza, inspiración, silencio, embrujo, magia, encantamiento, serenidad, intimidad y asombro. (..) Una obra de arquitectura que no expresa serenidad no cumple con su misión espiritual (..) Mi casa es mi refugio, una pieza emocional de arquitectura, no una pieza fría de convivencia.”

 

     Muchas otras cosas, cada una con su pequeño pero sugerente valor, se han sumado también al equipaje. Haber cruzado el puentecito que recorría Diego Rivera para llegar a Frida Khalo. Mirar desde el peñón donde los “clavadistas” de Acapulco se miden a diario con la muerte. La vigencia de Sor Juana Inés. La proyección de Carlos Fuentes. Una requisa de la policía militar en un operativo anti-narcóticos. Un cross a la mandíbula de “la Giganta” de Cuevas. Una victoria de los “diablos rojos”... del Toluca. Una función de teatro de Nora Fernández -cuyo nivel de calidad no es distinto del que se puede observar en muchos actores y puestas de Mendoza (que es además de donde se ha nutrido y proviene) pero de gran efecto emocional por la sorpresa y la distancia-. Una mariposa monarca. Una puesta de sol en Valle de Bravo. El ejemplar nº XV de “Alforja”, una excelente revista de poesía. Una estatuilla zapoteca. La respetuosa y dulce cortesía de todo mexicano. Su obsesión por los diminutivos. Una foto en la casa de León Trotsky. Y varias otras, tomadas por un amigo, de un partido de fútbol jugado a 2.400 metros de altura, que han obviado la prueba de dos goles casuales, pero que igual fueron propicios para un orgullo de campeonato. “Lo argentino”, en México o donde sea, nunca puede perderse.

 

Copyright  Power by PageCreative