Calle Angosta 2010-2011

Vendimia de la gente

 

VENDIMIA DE LA GENTE

 

   A la vendimia, en su sentido de recolección y cosecha de la uva, no la hacen los viñateros, ni los bodegueros, ni las reinas ni los funcionarios, sino quienes trabajan en las fincas, no solamente jornaleros locales sino también otros que vienen desde diversos sitios del país, y que difícilmente se sientan partes de la fiesta que dice contenerlos.

Sin embargo, lo que la Vendimia tiene de fiesta, el colorido, la pasión, la permanencia, lo tiene por la gente de a pie, la que los viernes de Vía Blanca, los sábados de Carrousel, se descuelga de los micros, se desplaza con rapidez impropia de los cuerpos pesados, de piernas que han corrido infinidad de citas semejantes, de mujeres embarazadas y de padres que cargan a sus niños, y luego se afirman, todos, en una larga espera para ver cada año lo mismo que vieron en el año anterior.

El contenido de la fiesta no tiene mucha explicación. Posee un diseño que se ha ido construyendo, verano tras verano, durante décadas, hasta llegar a un punto en donde no existen variaciones o son apenas perceptibles. Básicamente un desfile de mujeres bonitas que, contra todo discurso y simbolismo democrático, compiten por ganar el cetro de una monarquía.
 

Tal como la Vendimia, en el mundo hay multitud de festejos que tampoco responden a una causa que los explique. Es célebre en Pamplona la suelta de toros el día de San Fermín, frente a los cuales cientos de hombres corren para evitar una “corneada”. O en Valencia, la Tomatina de Buñol, en cuyo desarrollo cuarenta mil personas se arrojan entre ellas medio millón de tomates. O en Vietnam, donde un día se celebra, simplemente, el momento más bello y brillante de la luna.

¿Importa, en definitiva, una razón causal? Simplemente sucede que una vez empezaron, y que luego, por circunstancias más ligadas a cierta experiencia lúdica o un puro azar histórico, en cierto modo mágico, imprevisible, se instalaron por encima de cualquier sustentación objetiva, y se hicieron parte de la vida de un pueblo.

Así es la Vendimia, planteando una diferencia esencial, entre lo que se ofrece desde una calle o desde un escenario, que sí puede admitir, por lo que tenga o no de fenómeno artístico, una valoración crítica, y lo otro, lo seminal, subterráneo, lo que viene desde la fuerza popular, que late, se moviliza y crece hasta construir, finalmente, el gran ojo que alumbra todos los momentos.

Posiblemente el modo de vivirla esconda una cohesión difusa, cierta clave de “mendocinidad”. Y arriesgando un poco, una marca social. Los sectores adinerados, en especial aquellos que producen el vino, observan los diversos actos como otra expresión de sus negocios; lo emocional, lo sanguíneo, lo durable, lo aportan los que menos tienen. Ello sugiere un extraño camino. Los verdaderos hacedores de la vendimia, los caminantes invisibles, los ausentes, se integran, pese a todo, como partes que forman un gran cuerpo social, una marea colectiva.

Desde lo débil y lo escaso toman pertenencia de todo, o si se quiere, inventan una totalidad aún desconocida pero que, de algún modo, presienten y a la que nunca habrán de renunciar.

Mientras tanto, no existiendo una explicación rigurosa, estalla el poema, la metáfora. Hay una vivencia ejemplar, que narra Bettina Ballarini, referida a una tejedora de Laguna del Rosario, en el desierto lavallino: “Una mujer muy anciana, inclinado sobre un telar su rostro cuarteado de arrugas y sus dedos sarmentosos, tejía colores 'chillones': fucsia, amarillo maíz y verde. En la trama, iban apareciendo flores. Pregunté que por qué tejía flores si allí no las había. Me respondió que las sacaba de su alma. (..) Ni las coloridas flores ni las jugosas naranjas se dan en el secano de Lavalle. Pero los telares siguen tejiendo la esperanza.”

Esa mujer, sigue diciendo Ballarini, “no comerá en la mesa de los dioses/ ni lucirá collar de algún rito./ Bajo su diaria ramada de chañar/ decidirá/ luces, sombras, tatuajes/ para la lana áspera/ que da el desierto./ Sus dedos van a repetir la danza sigilosa/ de siglos de colores/ saltando al sol./ Urdimbre. Vertiente./ El telar crece por los ojos,/ Hace lo necesario/ su esperanza”.

Esa es la zona de respuestas. Quizá, desde historias así, la Fiesta de Mendoza pueda proponer un sentido.
 

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