Calle Angosta 2010-2011

Todavía, Sarmiento

Ecos del Bicentenario

TODAVIA, SARMIENTO
   
    Con motivo del Bicentenario, la revista “Newsweek” realizó una encuesta, entre   más de treinta  historiadores, para elegir las figuras nacionales de mayor influencia. Domingo Faustino Sarmiento, por el siglo XIX, y Juan Domingo Perón, por el siglo XX, fueron los dos argentinos elegidos.
    La cercanía temporal de Perón exime de mayores indagaciones. Su gravitación en la historia argentina lleva ya dos tercios de siglo, desde, por lo menos, el 17 de octubre de 1945, hasta la actualidad, donde su nombre y su obra es defendida con insistencia. Un periodista crítico de toda medida popular -que en su óptica siempre deviene “populista”-, colgado en cuerpo y alma -o mejor en voz y verbo-, de las diversas dictaduras militares, ha llegado a decir, muy recientemente: “Con el último Perón (el del 74-75) yo no estaba tan en desacuerdo”. Hay, en efecto, una tendencia a hablar como si lo mismo fuese distinto. Sin embargo Perón  fue siempre igual. Un hombre que buscó conciliar, con pragmatismo, distintos intereses de clase; lo cual, durante unos pocos años, en la inmediata post-guerra de la segunda mitad del siglo pasado, pudo concretar, mediante acuerdos sociales  de beneficio común, mientras que treinta años después, en su tercera presidencia, debió enfrentar contradicciones tan agudas que tal cosa ya no fue posible. El resultado fue Isabel. Pero el Caudillo no cambió, cambiaron las circunstancias históricas. Su legado, pese a ello, es enorme. Su capacidad conductiva, su elocuencia dialéctica, su formidable poder de adaptación a situaciones cambiantes, los espacios de  justicia social como algo no sólo reclamado sino posible, le acordaron una vigencia indiscutida, aún para sectores que actualmente se enfrentan con dureza. Se dice peronista Menem, que llevó adelante acciones de corte neo-liberal. No se opone al peronismo Solanas, proponiendo re-nacionalizar y socializar la economía. Son peronistas Cristina Fernández, presidente de la Nación, y Néstor Kirchner, jefe del Partido Justicialista. Y también lo son muchos oponentes activos: varios gobernadores de provincias, un ex-presidente constitucional (aunque no elegido por el pueblo) y hasta un extranjero, legislador por Buenos Aires, adscripto al peronismo como a un segundo tatuaje. Ironizando un poco, se podría decir que ya no hay argentinos que no sean peronistas, cada cual en la medida que le convenga.
    Distinto es el caso de Sarmiento, habitante de un siglo que tuvo -sin definir juicios de valor- figuras prominentes. Moreno, Castelli, Belgrano, San Martín, Rivadavia, Rosas, Urquiza, Alberdi, Mitre, Roca, etc. La elección de Sarmiento, sin embargo, es tan justa como la de Perón. ¿Por qué?
¿Justo Sarmiento, a quien se le pueden formular cargos terribles, como sus diatribas injustas contra  el gaucho y el indio, o la celebración de acciones propias de la barbarie que decía combatir, como el asesinato del Chacho Peñaloza o la guerra de exterminio contra Paraguay?
    Sí, a pesar de todo ello. Porque Sarmiento tuvo la impronta de los fundadores. Supo ver más allá. Imaginar un horizonte lejano, y vislumbrar otro país mejor,  instalando su línea constructiva. Con la ganadería como superadora del pasto. Con la agricultura como superadora de la ganadería. Con la industria como superadora de la agricultura. Con pobladores instruidos y laboriosos. Con la aceptación de todo lo que viniese “de afuera” para bien: las máquinas de vapor, los ferrocarriles, el telégrafo, las ciencias aplicadas, la legislación moderna, el arte y los ejemplos progresistas del mundo. Y todo eso integrado sobre una herramienta poderosa, que impulsó con todas sus energías, la educación popular. Contra la oligarquía de su tiempo, Sarmiento defendió a ultranza que la educación dejara de ser el privilegio de una élite y fuera en cambio un derecho (y una obligación) del pueblo en su conjunto.  “Lo que necesitamos primero –dijo– es civilizarnos, no unos doscientos individuos que cursan las aulas, sino doscientos mil ...” "Para tener paz en la República Argentina, para que los montoneros no se levanten, para que no haya vagos, es necesario educar al pueblo en la verdadera democracia, enseñarles a todos lo mismo, para que todos sean iguales... para eso necesitamos hacer de toda la república una escuela."
    Cuando el sanjuanino dispuso la realización del primer censo nacional, se supo que había en el país 1.830.000 habitantes. ¡El 80 % analfabetos! Llamó entonces a todos sus ministros y les dijo: “Ya tengo claro nuestro programa de gobierno: Escuelas, escuelas, escuelas”. Pero no sólo aulas, sino aulas libres, igualitarias, abiertas al pensamiento y no al absolutismo de una clase o un credo.
    Aún hoy, cada vez que se discute sobre grandes problemas, como la salud, la seguridad, la irrupción de drogas, el incumplimiento de los mandatos políticos, la indiferencia juvenil, las discriminaciones de género, las nuevas dictaduras mediáticas, se llega siempre a la misma conclusión. Nada de eso sería posible, o al menos, nada de eso ocurriría con tanta facilidad, frecuencia y desborde, si el pueblo estuviera educado. No hay propuesta o conducción política sana y eficiente que no adhiera, con sinceridad, al lema de “ser cultos para ser libres”. Tal vez por eso, todavía, Sarmiento.
 

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