Calle Angosta 2010-2011

Teoría de la (In)coherencia


Teoría de la (In)coherencia

    No existe una sola forma de inteligencia, una sola vertebración de pensamiento, un hombre igual a otro, ni siquiera un hombre que no se contradiga a sí mismo. Pero, ¿cuáles son los límites
que permiten sostener la credibilidad, la confianza, y determinadas expectativas en cuanto a las acciones de una persona?
    Se puede decir, y sería comprensible, que ningún hombre piensa hoy lo mismo que pensaba hace diez, veinte o cincuenta años. Pero, ¿cuánto es lo que puede cambiar y hasta qué punto se lo puede hacer? Si alguien,  no importa por qué suma de circunstancias, modifica su modo de pensar, ¿qué hace? ¿Lo admite, aún a riesgo de ser tildado de “incoherente”, o se reprime y auto-excluye de cualquier acción defendiendo la “coherencia” perdida?
    Se pueden observar tantos ejemplos diferentes que tal vez no sea posible una explicación objetiva, que valga para todos los casos. Cada caso contradictorio tiene su propia raíz. Es decir, depende de cada sujeto. No es igual la incoherencia de cualquier persona que en un momento es creyente y en otro ha perdido la fe, o a la inversa, quien la descubre después de añares de ateísmo, o la incoherencia de Leopoldo Lugones, socialista en 1900 y nacionalista de derecha en 1930, o la incoherencia de Sábato, visitante complacido de la Junta Militar en 1976 y luego, en menos de una década, presidente de la CONADEP. En tales casos hay una razón subjetiva, bajo la cual se advierte un fondo de sinceridad, que deja a salvo la integridad de cada uno. Se podría hablar de una coherencia en la búsqueda de una verdad, que ha ido produciendo, según los procesos mentales de cada uno, respuestas cambiantes.
    En principio, eso es lícito. No revela ninguna inteligencia persistir en una idea, un método, una práctica cualquiera, cuando se han producido nuevos conocimientos y circunstancias que justifican una variación. Cada tanto aparecen hombres que realizan demostraciones incontrastables, que dan por tierra conceptos seculares. Aparece Copérnico, o Darwin o Freud, y es natural entonces que mucha “coherencia” se derrumbe. O hay líderes políticos, religiosos, artísticos,  que incurren en defecciones o debilidades  impensables, en quienes se ha creído pero en un punto es imposible defender. No es un demérito asumirlo.
    La que se debe rechazar, por el contrario, es la incoherencia insincera, esa que deviene, ostensiblemente, de las conveniencias personales, el interés económico o el oportunismo político.
Casos como los de Patricia Bullrich -por citar un solo político de una lista que sería infinita-, que defendió, como ministra de de la Rúa la reducción de las jubilaciones y ahora reclama el 82 por ciento móvil como un derecho impostergable. O del periodista Jorge Lanata, afecto a juegos de humor para los que no se haya dotado, que ahora desdice las opiniones que tenía cuando se jactaba de “ser pobre”. O la incoherencia de la izquierda infantil, incapaz de reconocer la dinámica política,
por lo cual razona que “los enemigos de mi enemigo, son mis amigos”, y construye, en consecuencia, hace alianzas increíbles, como durante el conflicto por la renta agraria, haciendo piquetes del lado de Biolcatti.
    Hay otros casos de analistas “cinco estrellas”, de larga militancia en carriles de honestidad, como posiblemente sea el caso de  Beatriz Sarlo o Martín Caparrós, en donde la valoración requiere otra vuelta de tuerca, para salvar el riesgo de creer que “toda crítica es golpista”.
    Frente a ellos hay que observar otras cuestiones. Así como existe una inteligencia “clásica” -la de quien resuelve una operación de logaritmos o conoce cual es la capital de Kazajistan- y una inteligencia emocional que puede resolver con acierto una situación práctica inmediata, existe también un pensamiento dialéctico, que busca las diferencias subterráneas entre hechos formalmente semejantes, y un pensamiento mecanicista, que repite siempre lo mismo. En esta corriente, existen “pensadores” que han armado su discurso desde el punto de vista del opositor crónico, y para quien todo gobierno es igual, y todo lo que de él provenga es malo. Militan en el “oposicionismo”, algunos rendidos a los estímulos que sólo puede conceder el poder -dinero, premios, viajes, distinciones- y otros, los más lúcidos, forzando e imponiéndose un discurso que  les conceda, aunque sea del modo más rebuscado, una manera de seguir siendo originales, puros y distintos, hallando siempre la objeción, ese “pero”que hilvana argumentos con indicios mágicos y cambia el signo de todos los valores; así minimizan lo bueno, magnifican lo malo, y se refugian en una zona neutra, donde construyen teoría pura, carente de los peligros de lo real. Estos intelectuales meten en la misma bolsa lo principal con lo secundario, hacen derroche de  ubicuidad analítica para mantenerse equidistantes de todo. Y no se olvidan de una verdad elemental. Todos  los gobiernos pasan, los centros de poder quedan.
 

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