Calle Angosta 2010-2011

Saramago

SARAMAGO

    No ha muerto un escritor famoso, un poeta. Ha muerto, con el maestro portugués, una voz  que excedía el mero arte literario para ser la referencia poderosa de una época. Una voz ligada al verso y la polémica, a la lectura que se ofrece y se toma, pero también al oficio de introducir en cada diálogo la responsabilidad de pensar: -Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que pueda no tener un objetivo concreto (como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos). Nos falta reflexión, pensar, necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte.
    Creador de ficciones, pero vidente insatisfecho de la vida real: -Hemos inventado una especie de piel gruesa que nos defiende de esa agresión de la realidad, que nos llevaría a asumirla, a enterarnos de lo que está pasando y a hacer lo que finalmente se espera de un ciudadano, que es su participación-. ¿Pero dentro de que ley, de qué democracia, si los poderes reales imponen su propia lógica y ocultan, incluso, su existencia, o sino, por lo menos, su verdadera fuerza?
    El resultado es dramático. Por eso dice: -Estamos asistiendo a  la muerte del ciudadano y, en su lugar, lo que tenemos y, cada vez más, es el cliente. Ahora ya nadie te pregunta qué es lo que piensas, ahora te preguntan qué marca de coche, de traje, de corbata tienes, cuánto ganas…   
    Ateo pero creyente. Tan ateo como para decir: -En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar-. Pero tan creyente, sin embargo, que le asignó a los poemas el poder de la oración rezada. Llegó a pedir la lectura de versos de Mario Benedetti, en cadena, sobreponiendo luces, distancias y sonidos, como un modo de luchar por su vida. Esto es, una suerte de plegaria poética.                   

    Exitoso en lo suyo. Pero dolido por la derrota del hombre, a quien ve perdido por su resignación frente al poder, la velocidad tecnológica devoradora del tiempo, y la búsqueda del triunfo personal como objetivo supremo de la vida.                                Des-creyente del alma -dijo: “traedme el alma de un  verdugo, así la encierro entre cadenas y se la llevo a la Justicia”- y sin embargo, enamorado de la posibilidad de trascendencia, algo que late, empuja y determina en cada hombre una respiración diferenciada y única: -Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre, eso es lo que realmente somos.                    

Sublevado contra el manipuleo de las conciencias, la aceptación de las cosas como son, la injusticia como un hecho natural, que no solo se cree inmodificable sino que ni siquiera se cuestiona. Y sin embargo sosteniendo, más allá de su desesperanza, el discurso de un milagro ético: -Las miserias del mundo están ahí, y sólo hay dos modos de reaccionar ante ellas: o entender que uno no tiene la culpa y por tanto encogerse de hombros y decir que no está en sus manos remediarlo (lo cual es cierto) o bien asumir que, aún cuando no está en nuestras manos resolverlo, debemos comportarnos como si así lo fuera”.                    

Hombre mayor, enfrentado a una enfermedad final, pero igualmente niño, como en la tierra que abrían sus padres campesinos o en su primeros años de Lisboa: -Empezar a leer fue para mí como entrar en un bosque por primera vez y encontrarme de pronto con todos los árboles, todas las flores, todos los pájaros. Cuando haces eso, lo que te deslumbra es el conjunto. No dices: me gusta este árbol más que los demás. No, cada libro en que entraba lo tomaba como algo único.                                                    

¿Se puede presentir, en unas pocas líneas, la grandeza de una obra? Puede ser. Quizás con este poema:                                                   

- En la isla a veces habitada de lo que somos, hay noches, mañanas y madrugadas en que no necesitamos morir. En ese momento sabemos todo lo que fue y será. El mundo se nos aparece explicado definitivamente y entra en nosotros una gran serenidad, y se dicen las palabras que la significan. Levantamos un puñado de tierra y la apretamos en las manos. Con dulzura. Allí está toda la verdad soportable: el contorno, la voluntad y los límites. Podemos en ese momento decir que somos libres, con la paz y con la sonrisa de quien se reconoce y viajó alrededor del mundo infatigable, porque mordió el alma hasta sus huesos. Liberemos sin apuro la tierra donde ocurren milagros como el agua, la piedra y la raíz. Cada uno de nosotros es en este momento la vida. Que eso nos baste.
 

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