Calle Angosta 2010-2011

El Grito y después

            Hay que mirar “el Grito”, una obra pintada en 1893,  pero convertida en uno de los íconos del arte moderno, para entender la profundidad y todas las implicancias que pueden provenir de una simple tela de 91 x 73,5 centímetros, cuando quien la dibuja, quien compone su forma y su expresión, es un artista verdadero.

            El autor, Eduard Munch (Noruega, 1863-1944), no solamente refleja el miedo y la soledad de un hombre frente a un mundo exterior inexplicable, o bien, según otros, su propia enfermedad mental, sino que plantea -deliberadamente o no, eso es parte del misterio del arte-,  los pasos ulteriores de la revolución industrial, y junto con ellos, las formas de organización social que habrían de imponerse. Es un cuadro que se instala como signo de los tiempos futuros, el nacimiento de otra fase en la historia de la civilización humana. El conjunto de factores de la producción, el trabajo, las máquinas, la tierra, se integraba en un mismo proceso productivo y mercantil, en el cual todo se compraba y vendía, toda creación tenía su precio, imponiendo la lógica dominante del beneficio y de la competencia, a escalas nunca vistas, sobre toda la vida cultural de los pueblos. Un sistema económico de mercado conducía a una sociedad de mercado. Y hasta las artes eran alcanzadas por otra lógica de construcción. “Lo que está arruinando el arte moderno -decía Munch- es el comercio, exigiendo que los cuadros se vean bien una vez colgados en una pared. No se pinta por el deseo de pintar...o con la intención de pintar una historia (..) Yo que fui a París lleno de curiosidad por el ver el Salón (de 1985) y que estaba dispuesto a dejarme llevar por el entusiasmo, lo que sentí fue sólo repugnancia”.

            Aquel grito de Munch, con toda su carga de dolor y desesperanza, sigue resonando. Por eso es una pieza que, más de un siglo después, mantiene su valor, su capacidad de golpe en las conciencias y su imponente actualidad. No sólo sobrevive a las exclusiones de que fue objeto, a los calificativos de “arte demencial”,  sino que se proyecta en las muchedumbres desesperadas que lo reproducen, frente a las persecuciones, las matanzas oscuras, el terror atómico, el hambre  y las diarias agonías sociales, todo bajos falsos nombres, como luchas étnicas o fanatismos religiosos, donde se debería decir, monocultivo, usura, apropiación de suelos y recursos por parte de minorías selectas e impiadosas.  

            Dijo el pintor, antes de pintar aquel cuadro: “Iba caminando con dos amigos cuando el sol se ponía. El cielo se volvió de pronto rojo. Yo me paré -cansado me apoyé en una baranda- mirando la ciudad y el fiordo oscuro y azul. No veía sino sangre y lenguas de fuego. Mis amigos continuaban su marcha y yo seguía detenido en el mismo lugar, temblando de miedo. Y sentía que un alarido infinito penetraba toda la naturaleza”.

            Un grito, en fin, que se prolonga como mirada ética, y como agitación humana más fuerte que las rodillas que se hincan, la lágrima que renuncia o el silencio que acepta y convalida.

 

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            Cada tanto, hay oleadas que llegan a transponer algunos límites inciertos. Son exterminadas, pero vuelven, aunque apenas afloren como vestigios de la persistencia. ¿Porqué? ¿Porqué hay quienes se exponen a la desconsideración pública, a darse la cabeza contra la pared, a la incomprensión general, al rechazo, al castigo?

            En una perspectiva más general, ¿porqué un cineasta hace cine para exhibir en los subsuelos, perdiendo plata? ¿Porqué se representan obras de teatros que suscitan adhesiones mínimas? ¿Porqué se intentan trabajos de cualquier orden artístico sin pensar en grandes espacios, ni en mediciones de audiencia, ni en el retorno de la inversión, ni en la opinión de la crítica pre-paga? ¿Porqué existe militancia política en partidos minoritarios, sin ninguna clase de proyección, dejando horas y horas de creación y de esfuerzo sin ninguna posibilidad de incidencia en los hechos concretos? ¿Porqué existen personas que se comprometen, a cambio de nada, en las más diversas tareas de servicio comunitario, desde atender un comedor infantil hasta formar un cuerpo de bomberos?

            La respuesta pasa por algo que los mercados no pueden mensurar ni entender. Pasa por la lucha que cada persona libra con relación a sus propios actos. La implicancia de tales acciones es múltiple. Naturalmente, presentan una poderosa fuerza espiritual personal. Pero además, en tanto se expanden y adquieren consistencia, irradian una fuerza contagiosa, y actúan, muchas veces,  como alternativas de un contra-poder.

            Cuando además se alcanza cierta claridad ideológica, la cuestión adquiere mayor vuelo, pero también enfrenta contradicciones más fuertes. Quienes conocen la forma de producción  de las grandes decisiones políticas, y hasta qué punto una realidad dada, por absurda e injusta que sea, tiende a ser invariable, deben sobreponerse a una pesadumbre superior.  En algún momento, tal vez en tiempos de Chaplin o de Paul Eluard, de Picasso o de González Tuñón, por ejemplo, se pudo pensar que la gran máquina imperial tenía sus partes vulnerables.

            Más tarde, luego del re-acomodamiento del sistema producido desde fines de los '70, artistas, escritores, activistas sociales, ambientalistas, otros agentes culturales, gremiales, barriales, etc., todavía hallaban su consuelo en la posibilidad de ser parte de una molestia, la piedra en los zapatos de un gigante poderoso y omnímodo. Pero actualmente ya no queda ni eso. Para leerlo con más facilidad: hay muy poca gente que decide todo;  pero todo, todo. Y para quienes no hay arte, política, discurso o literatura que les produzca la menor obstrucción.

            ¿De dónde se toma entonces la fuerza para no callarse, para seguir, sabiendo que las murallas del mundo son inaccesibles, que aquel viejo grito sin destino está condenado a repetirse?

            Tal vez del arrebato de las hordas antiguas, de la locura de cada yo presente. Cuando alguien dice “esto no sirve para nada, pero igual lo hago... me sirve a mí”. Acaso en las huellas de Walt  Whitman, para quien cada hombre era un cosmos, una batalla cotidiana, algo tan grande como un dios. Y entonces, por más que el gran ojo de un guardián vigilante se interponga, por más que haya voces adiestradas en decir lo que debe decirse, siempre hay una ventana de mundo, batiente y abierta, para cada locura.

 

 

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