Calle Angosta 2010-2011

Las aulas y el fútbol

 

Las aulas  y el fútbol   

    Un tema que regresa en las vísperas de cada Mundial de Fútbol: ¿Se admite o no que las escuelas supriman sus clases para ofrecer en cambio partidos por televisión? Funcionarios, maestros, pedagogos, periodistas, etc., cruzan opiniones a favor y en contra de dicha iniciativa, con argumentos que cada uno presume contundentes. Ellos se limitan, sin embargo, a los aspectos más acotados y circunstanciales del problema. En rigor, la mirada debiera ser más abarcadora en el tiempo y más vinculada con una visión cultural que las contenga y las explique.
    Fuera de un contexto general, todos los argumentos tienen su parte de verdad. Es válido decir que si no pueden verse partidos en las aulas, habría un alto ausentismo. Y también es válido oponerse: ¿Cómo admitir que por el fútbol se pierdan infinidad de horas de clase? La cuestión de fondo es: ¿Por qué se llega a esa polémica? ¿Qué razones han transformado el deporte-juego en un espectáculo de masas? ¿Por qué sucede que -no antes de un Mundial sino todos los días- el fútbol concite, dentro del gusto de los argentinos, una importancia desmedida?
    Esto no es un tema de ocasión, es un tema histórico. Obliga a remontarse, por lo menos, a cuarenta años atrás, cuando Dante Panzeri, un periodista deportivo con atributos de sociólogo, pensador, escritor, y hombre de ideales,  supo edificar, sobre la base de un género supuestamente menor, una verdadera escuela de pensamiento. A través de los distintos medios por los que transitó -El Gráfico, Así, La Opinión, La Prensa, Satiricón, y programas de radio y televisión- fue dando testimonios de un proceso de transformación del fútbol y su entorno, por el cual dejaría de ser expresión de espontaneidad y alegría, para convertirse en un negocio multimillonario, administrado por dirigentes corruptos. “El fútbol es una muestra gratis del país”, decía, planteando una relación exacta entre el Todo y una Parte de la misma realidad social.
     En su libro “Burguesía y gangsterismo en el deporte”, de 1974, escribió: “Esa logia llamada El Deporte (que en algunos casos llega a ser auténtico y todavía puro en medio de una generalizada corrupción de su esencia primitiva) no es otra cosa que una suma multitudinaria de organizaciones civiles de apariencia lícita, para ejercer, subrepticiamente, actividades tan ilícitas o tan repulsivas a la igualdad de los derechos humanos, como las que seguidamente se enumeran (...) todas, por supuesto, colocadas bajo el estandarte de la recreación, la salud física y la felicidad de los pueblos”. Enumeraba, entre aquellos “ilícitos”, la creación de privilegios sectoriales incompatibles con la democracia; el surgimiento de una casta de intermediarios inútiles, asociados -con menor o mayor jerarquía- a toda clase de negocios conexos, la venalidad de los periodistas supuestamente preceptores de la conducta ciudadana, integrados con aquella secta parasitaria; el soborno, el cohecho, los incentivos perversos introducidos en el juego limpio de las competencias, según lo exijan los intereses de la corporación o de organizaciones gangsterilers copartícipes de los intereses deportivos.
    En el mismo libro repetía, citando a Ortega y Gasset: “Está bien alguna dosis de fútbol, pero ya tanto es intolerable”. Y cita, en el mismo sentido, a Johan Huizinga (un estudioso holandés de los fenómenos culturales, muerto en 1945): “Nos amenaza la misma organización exagerada de la vida deportiva, con la excesiva importancia que las noticias relativas al deporte adquieren en la prensa diaria, en los diarios especializados, hasta convertirse en alimento espiritual de multitudes”. 
    La hilación de Panzeri, cierra con otro referente agudo, Luiggi Volpicceli, autor de “Industrialismo y deporte” (Paidos, 1962), quien agregó el eslabón del fanatismo. “No es sólo que el fanatismo puede emplearse con fines demagógicos para distraer y adormecer a las masas, sino que, de un modo más amplio, el deporte, como fanatismo, como participación emotiva, acentúa la arcaica tendencia de las masas a rehuir el control de la crítica y del juicio y a someterse a los mecanismos contemporáneos de condicionamiento y alienación.”
    El Mundial realizado en Argentina en 1978 marcó la senda corrosiva de dicho proceso, instalando el fútbol como hecho de importancia política. En el estadio de River, a pocas cuadras de donde funcionaba el infierno de la ESMA, sectores populares aplaudían a Videla y Massera. Y centenares de “barra-bravas” patrióticos, inspirados por el relator José María Muñoz, abucheaban a las Madres de Plaza de Mayo, al grito de “los argentinos somos derechos y humanos”.
    Ya en la actualidad, los números del negocio del fútbol son imponentes. Y sus bases de sustentación comprometen a tanta mano de obra parasitaria, a tanto medio fiel a su destino de reflejar lo peor de cada época, que casi no hay resquicios de oposición. El tema de mirar o no los partidos de fútbol en las aulas, es una circunstancia menor. Sólo sería relevante si se inscribiera en una discusión más amplia, capaz de distinguir entre una política de efectos y una política de valores. Y de aludir, también, a una poética, como la que podría tomarse de Milan Kundera, cuando escribe: “Tal vez los jugadores tengan la hermosura y la tragedia de las mariposas, que vuelan tan alto y tan bello, pero jamás pueden apreciarse y admirarse en la belleza de su vuelo”. ¿Habrá, acaso, una manera de volar y verse?
 

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