Calle Angosta 2010-2011

Fantasmas de la Razón

FANTASMAS DE LA RAZON
 
Hecho curioso: cuatrocientas personas congregadas para escuchar una charla sobre literatura, en la que había, sin embargo -hasta el alcance de la vista de un cronista que posiblemente no vea bien- muy pocos escritores presentes. Tal vez sea que Dolina da lugar a un fenómeno extraño.

Los escritores lo consideran un humorista, los humoristas un comunicador social, los comunicadores un músico, los músicos un escritor. En el conjunto se construye un marco de respeto, de cierta contenida aceptación. Pero sobre la base de lo “impropio”, de que no se trata de alguien que pueda destacarse en lo específico sino en cierto “híbrido” ajeno; como si las convenciones sobre segmentación del arte no admitieran, todavía, que una sola persona pueda hacer, al mismo tiempo, muchas cosas distintas, y hacerlas todas bien, todas con alta jerarquía.

Pero también existe otra razón que sorprende, y a la vez incomoda. Dolina piensa. Es decir, trata de construir una obra múltiple con un sustento racional. Una producción diversa con la marca de un pensamiento dialéctico. Nada se encuentra terminado, todo se halla en proceso de construcción y de cambio. No hay dogmas, no hay proposiciones unívocas, y nada es definitivo, excepto el destino trágico del hombre. Y aún ese destino, puede anudarse con el humor y el canto.

La tentación del arte es poetizar el equilibrio. Si ello se pensara en torno a la naturaleza, en que no hubiese centro de distintas presiones, no existieran mareas enfrentadas, todos los volcanes se apagasen, los vientos dejaran de pelear sus espacios, una situación de tal equilibrio, de absoluta quietud, sería también el fin del mundo. Si se piensa en los hombres, y entre ellos alguien, un artista, que hubiese llegado al equilibrio absoluto, ese grado de perfección para el que puso todo su fuerza, toda su capacidad creativa, podría seguir escribiendo pero estaría muerto.

Por eso, cuando Dolina plantea cosas así, le reviene lo fantástico, y todavía más, lo fantasmal. Gradualmente va descreyendo de todo, busca, se esfuerza en imponerse las verdades de la razón, pero le nacen, en cualquier momento, los fantasmas que trata de olvidar. Y lo atacan, sobre todo, si un mediodía, en el teatro Independencia, lo invitan a hablar sobre literatura argentina. Allí habla de Borges como a ese otro fantasma al que todos le atribuyen lecciones improbables. Y se pasea sobre todo.

Dice por ejemplo, “el mundo de la pureza es más pobre que otro mundo sin ella: el azul y el amarillo son apenas dos colores, pero si se mezclan, si pierden su pureza, nace un color nuevo, el verde”. ¿Y qué de la gradual complejidad evolutiva del mundo? Sencillamente que alguna vez los hombres descubrieron la posibilidad, el sacudimiento profundo del goce estético, esa creación de la naturaleza suprema pero todavía misteriosa.

¿Y qué de quien escribe? Que no es preciso estar en el lugar exacto, vivir sobre los hechos, sino tener el talento de imaginarse todo. No hace falta salir de Italia, por ejemplo, para escribir sobre los tigres de la Malasia, sino alguien es Emilio Salgari. ¿Y qué de los lectores? Mejor si son ansiosos, que incluso salteen páginas para llegar cuanto antes al hallazgo posible. ¿Y qué del poeta? Que es quien se detiene y encuentra cosas donde los demás no advierten nada. ¿Y qué de la metáfora? Que hace más honda una expresión, se aleja en cierto modo de ella, pero le concede a cambio otro valor, mucho más hondo y emotivo.

Para una persona inteligente, sin embargo, veinticinco o treinta años no puede transcurrir sin alguna modificación en sus ideas. Por eso, el conflicto entre los “hombres sensibles” y los “refutadores de leyendas”, aquel que Dolina planteara en las Crónicas del Angel Gris -donde el sentimiento podía vivirse como una creencia, y todo lo que ya no era conservaba la fuerza de un eco que tenía la misma fuerza que la verdad, donde ciertos mitos contaban con defensores inclaudicables, y el amor florecía en medio de infinitas desolaciones, donde volvían del olvido cosas que nunca fueron reales y las ilusiones renacían luego de cada desengaño-, aquel mundo incitante, que supo cautivar a una generación de alucinados, ahora se recuerda con otra memoria.

Pero, ¿cuál es la graduación y la calidad del cambio? Eso no quedó definido. El mismo Dolina dijo que no volvería a escribir aquel libro. Pero, ¿por qué? Porque aquel juego poéticamente maravilloso, de caminos que no conducen a ninguna parte, de derrotas heroicas, de resistencia a la razón de un agente de bolsa o una audiencia de cuarenta puntos, ¿se ha vuelto inconducente, y de pronto, ante la impudicia, el desenfreno del único poder real, el de la economía concentrada mundial, se han transformado en puro desencanto?

¿O la “Razón”es tan fuerte que ahora convierte la duda necesaria en una suerte de duda por la duda, una duda paralizante, irreductible, que no deja lugar para ninguna acción porque toda acción es inútil? ¿Una razón que impone a los herejes el refugio en la lectura, el estudio infinito, para no escribir lo que ya está escrito, o el abordaje de una totalidad que nunca se puede conocer por completo, y entonces, mientras tanto, detiene la palabra?

 

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