Calle Angosta 2010-2011

Ecuelas tomadas

ESCUELAS TOMADAS

    Hay un especie de contrapunto vicioso entre opiniones sobre la participación de los jóvenes, en especial los estudiantes secundarios, en hechos de cierta relevancia social. Así, por ejemplo, ante convocatorias a inasistencias colectivas, o “rateadas”, que se han formulado recientemente, abundan las críticas duras, que comienzan reprochando la facilidad con que esos llamados a la indolencia, al vagabundeo estéril, se reproducen; y terminan castigando a Internet y reclamando prohibiciones y reprimendas fuera de toda proporción. Se acusa, en general, a los partícipes de ese juego más o menos bobo pero inocente, de simbolizar un país sin futuro.
    Pero, por otro lado, si los jóvenes se preocupan por situaciones graves que los afectan, y se movilizan, de un modo activo, buscando soluciones concretas, como sucede en gran cantidad de escuelas secundarias de la ciudad de Buenos Aires -que ante la gravedad de su situación edilicia han llegado a ser “tomadas” por sus alumnos-, entonces la crítica hace un giro de ciento ochenta grados y castiga esas acciones de un modo desmedido, transformando un reclamo fundado en un hecho casi delictivo.
    De pronto, los jóvenes que ofenden hipnotizados frente a los juegos electrónicos o tirados en  plazas donde alternan porros y cerveza, ofenden mucho más si alzan la palabra, y ejercitan el uso de sus facultades conscientes, como el derecho de peticionar y de ser escuchados. En tal caso, para muchos lamentables comunicadores, se convierten en “descarriados del estudio”, “mal ejemplo que debe reprimirse”o “hijos descuidados por padres sin autoridad”.
    Del lado del poder público la reacción no es menos grave. Los funcionarios de la Capital  argentina, puestos ante el conflicto, están mostrando la peor manera de hacer política, es decir, negando evidencias, como el pésimo estado de habitabilidad de las escuelas, difiriendo los trabajos indispensables, y propiciando listas negras, al mejor estilo de la última dictadura, como una manera de amedrentar, y eventualmente, reprimir, a esa masa de jóvenes que se ha “rateado” de la indiferencia, y que de algún modo expresa otra forma -creadora, participativa- de mirar el futuro.
    Esto genera varias reflexiones. En primer lugar, lo irrenunciable de la memoria que algunas voces pretender disipar. Voces que solamente aceptan la democracia por lo que  tiene de permisividad retórica, y mientras no moleste sus intereses parciales, pero que nunca la incorporan en su sentido más profundo. No hace falta ir muy lejos. La gestación de listas negras recuerdan un suceso luctuoso de un pasado todavía reciente. En la ciudad de La Plata, el 16 de setiembre de 1976, a seis meses de iniciada la última ruptura democrática, se produjo una historia terrible, conocida como “la noche de los lápices”, cuando diez estudiantes, movilizados por una demanda sobre el boleto escolar de transporte, fueron secuestrados en una operación de “escarmiento”, alojados en varios centros clandestinos de detención, torturados y finalmente, seis de ellos, asesinados en el cautiverio.
    Una segunda reflexión deriva de la respuesta pública. ¿Dónde debieran verse los responsables del gobierno porteño sino en los lugares del conflicto, en las aulas, los baños, las instalaciones que deben repararse? ¿Dónde si no en la acción re-constructiva en vez de actuar negando lo innegable, y persistiendo en la adjudicación de culpas a quienes, en rigor, son víctimas de una gruesa falencia  ejecutiva? 
    Finalmente, la reflexión revisa esas banderas confusionistas que permiten, muchas veces,  victorias electorales. Así ha sucedido en este caso. Golpeando sobre el escepticismo de mucha gente, operan propuestas inconexas,  declamatorias, abstractas, del tipo “somos un ciudadano más”, “no venimos de la vieja política”, “los problemas requieren soluciones técnicas”, y “nosotros tenemos los equipos idóneos que aseguran la mayor eficiencia”. ¿Dónde queda después eso? En nada. Porque la ejecución siempre responde a un plan político y a prioridades que derivan de una manera de concebir la sociedad, la justicia, la inclusión o la marginación de los conjuntos humanos, y en especial, ligado con todo ello, la concepción de  una matriz educativa.
    En el caso de Buenos Aires, justamente el lugar donde Sarmiento levantara, catorce décadas atrás, el programa fecundo de la educación popular, inclusiva y gratuita, ahora se observa con tristeza el mayor abandono de la escuela pública, mientras que -en otra distorsión no libre de malicia-, se cubre esa realidad con discusiones superficiales.
    Y ya que al mismo tiempo se habla tanto sobre seguridad, emerge una pregunta: ¿Podría haber  mejor espacio de seguridad que uno donde todos los jóvenes en edad escolar del país, asistieran a una escuela obligatoria, calificada, integradora y sin costo?
 

Copyright  Power by PageCreative