Calle Angosta 2010-2011

Enero sin Cuentos

ENERO SIN CUENTOS

    DAKAR. El último enero dejó muchos temas de charla. Arrancó con el Dakar, esa competencia exclusiva del subdesarrollo, que solamente se puede realizar en países de Latinoamérica o en Africa. Durante dos semanas, una larga procesión de autos, aviones, motocicletas, helicópteros, camiones, cuatriciclos, conductores, navegantes, mecánicos, camarógrafos, periodistas, allegados y curiosos de todo tipo, anduvo por zonas de vegetación natural, caminos de montaña, ríos, médanos, campos de pastoreo y espacios habitados por fauna silvestre. Más de diez mil kilómetros en los que brotaron polvaredas inmensas y se esparcieron las huellas y el aceite de quinientos vehículos mientras  varios millones de litros de combustible se transformaban en nubes de CO2.
    Por debajo de todo, los caballos de fuerza del dinero, imponían su doctrina sobre    muchedumbres desprevenidas. En el cierre de la etapa que culminó en Mendoza, en los alrededores de Nueva California, se estima que acudieron sesenta mil personas. Ellas, junto con esos competidores “tuercas” desde su médula, que para cumplir el sueño de correr un Dakar realizan esfuerzos increíbles, brindaron el tributo de su pasión. Otros pilotos, adinerados, ociosos, realizaron sus paseos de turismo aventura, y jugaron su momento de popularidad y de gloria. La industria de los mega-espectáculos y las multinacionales automotrices, hicieron, por su parte, las grandes cuentas del negocio, esas que se imponen sobre toda ley.

    SANDRO. El 4 de enero moría, en Mendoza, Roberto Sánchez; artísticamente, Sandro. Su lucha por vivir,  la gravitación de un nombre querido por muchísima gente, y esa tensión con que se mueven las batallas de la ciencia médica, pugnaban, obviamente, por otro final. Pero no pudo ser, y entonces sobrevino esa mezcla sucia de comercio, medidores de audiencia y fanatismos, que tanto actúan  contra la naturalidad y la simpleza de una muerta digna.
    También quedó una pregunta -o varias- en torno al proceso de construcción de los ídolos. Un rango que raramente alcanza un científico, un benefactor de la humanidad,  un genio del arte o un luchador social. Y sí alcanzan otros, muchas veces sin el respaldo de méritos demasiado notables. Es el caso de Sandro, que no fue un creador calificado, ni un gran cantante, ni un buen actor, ni constructor, en su larga carrera, de una obra de verdadera jerarquía artística. Aunque sí fue, según innumerables testimonios, muy respetuoso con su público, leal y generoso con sus amigos, serio y responsable en su quehacer profesional, simpático en sus gestos, original en la modulación temblorosa de su voz, medido en su época de vida bohemia y reservado, finalmente, en su vida privada. Con esos argumentos, y las lágrimas de unos cuantos miles de mujeres de varias décadas, el artista fue ungido como un nuevo Gardel. O algo parecido.
    Adonde ni Atahualpa Yupanqui,  ni Antonio Berni, ni Astor Piazzolla, ni Julio Cortázar, ni Marta Argerich, ni René Favaloro, por citar sólo unos pocos nombres, no han sido “ídolos” populares, sí lo puede ser Sandro. Frente a eso se piensa, primero, en el misterio. Pero tal vez, alguna  razón deba buscarse en un “diseño inteligente” de paradigmas funcionales. Así aparecen estos mediadores que siempre se portan bien, que nunca dicen una palabra de más, que bajo una democracia o una dictadura se manifiestan de la misma manera y a quienes le caben tanto cuernos como escapularios. Son polivantes, conformistas, inocuos. Anillos al dedo de la fama.

    HAITI. Poco más tarde se produjo en Haití, el país más pobre América, un terremoto de consecuencias devastadoras. Sin embargo, aún ante un fenómeno de la naturaleza, los efectos podrían haber sido menos desastrosos si la comunidad internacional, tan solidaria frente a los hechos consumados, hubiera desarrollado políticas eficaces de ayuda para que un pueblo, acosado por la exclusión, el analfabetismo, la pobreza centenaria, emergiera de su estado de postración histórica.
    Las grandes cadenas de televisión han difundido imágenes terribles, de hombres y mujeres saliendo heridos y sangrantes, de entre los escombros. Pero no se trataba de miembros de una zoología inferior,  “huyendo despavoridos”, como decían los cables, sino de hombres que pudieron tener otro destino. Tal vez, la muestra de un futuro global, en donde la lógica de la renta financiera siga imponiendo sus axiomas de hierro. Solamente para la estabilización del sistema bancario de los Estados Unidos, se dispusieron setecientos mil millones de dólares. Más de treinta veces la cifra que los países más ricos del mundo prometieron destinar para fomento agrícola en países de carencias extremas -lo que, por otra parte, apenas realizaron en un diez por ciento-.

    SAINETE. En las últimas semanas del mes, Martín Redrado fue primer actor de un gran sainete nacional. Se opuso con obstinación al uso de un excedente de reservas por seis mil quinientos millones de pesos -lo que forzaría al pago de deuda externa restando esa suma del consumo interior-. Pero antes, en 2008 -bajo la bandera de la autonomía del Banco Central-, había permitido la fuga del país de veintitrés mil millones de la misma moneda, y en los primeros meses de 2009, de otros catorce mil millones. ¿Patriota el hombre? ¿O medalla de oro de la farsa política?
 

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