Calle Angosta 2010-2011

El opio redondo

 

EL OPIO REDONDO

    Adaptando un viejo apotegma de la propaganda política, se podría decir que el fútbol es una especie de opio alternativo de los pueblos. No por supuesto el que se “juega”, el que se vive como un deporte y una recreación personal, sino el que se vende y organiza como una suma de batallas, donde están en juego la calidad de una divisa o la gloria suprema de un país.  Serviría para probarlo -por si hiciera falta- el fabuloso despliegue de hombres, medios y recursos, observado en el reciente campeonato mundial de Sudáfrica. Miles de periodistas, cientos de millones en moneda, y la manifestación técnica más sofisticada, ¿para qué? Para suprema distracción del mundo.
    No es que se deba renegar de una contienda deportiva , y del entretenimiento que puede producir con sus incógnitas, sus variaciones, su sorpresa posible; ni emular al usufructuario de un título que tan gratuitamente se suele conceder en Argentina -el de “filósofo”-, que dijo no veo la hora de perder y que se acabe todo este disparate. De ninguna manera. El fútbol es un juego hermoso, que ha nutrido la infancia de la mayor parte de los varones argentinos. Ha combado tantas piernas como antes lo hicieron los caballos criollos con jinetes inevitables. Ha  producido rotundas amalgamas de alegría y tristeza, que pudieron servir, en muchos casos, para la formación de un carácter. Ha servido de fuente para escritores destacados -como Dolina, Soriano, Bracelis, Fontanarrosa-, que han construido, en base a historias o delirios de su contorno, narraciones perfectas, con el mismo rango emocional y estético de la buena literatura. Se ha instalado, en fin, en un sitio donde no puede ser negado sin afectación de soberbia. Pero la cosa es otra. No puede ser, durante tanto tiempo, todo.
    Más de allá de límites razonables, de cierto equilibrio natural, se produce el desborde, la enfermedad, cuyos extremos son, por un lado, los mega-negocios que pervierten la naturaleza de un juego y lo transforman en relaciones de mercado y divisas, donde se compran y venden hombres, noticias, honores, banderas... Y por el otro, se adormecen pueblos por medio de mensajes -de toda clase- que postergan las cuestiones vitales inmediatas y elevan lo circunstancial, lo secundario, al nivel de las razones de Estado. O que vinculan resultados deportivos con éxitos o fracasos políticos.
    En eso participan muchos periodistas encapsulados, propagandistas de lo banal, comunicadores insustanciales, y demagogos de todo pelaje. Los que se quejaban del ruido de las vuvuzelas pero eran incapaces de ahondar en su relato interior y comprender la realidad social que las impone como un sonido contra la tristeza. Los que se instalaron en un país exótico, desconcertante, inmerso en contradicciones enormes, y sólo se ocuparon de perseguir a cualquier jugador o en su defecto a cualquier disfrazado de patriota, un barra-brava, un peluquero de señoras, para enredarse con preguntas ridículas. Difundían lo pintoresco, nunca lo profundo, lo que la fiesta dejaba traslucir y no lo que ocultaba. Ocuparon los espacios sobrantes -o sea casi todos- divulgando la temperatura corporal de Messi, las cábalas de Bilardo, la cantidad de carne transportada, el diseño de los inodoros, el peso de la pelota Jabulani o las voz de todas las mujeres que hacían promesa de su desnudez.
    Lo más triste era verlos en el gesto del sabio, el planteo de un discurso cuasi-científico para situaciones que derivan, en buena medida, del azar. Un disparo que en vez de introducirse en el arco pega en su travesaño, modifica el eje de todo razonamiento. Diez centímetros de recorrido diferente, suele cambiar una suma de fallas en una estrategia perfecta. Un forcejeo natural en una jugada de laboratorio. Sin embargo, a la hora de las conjeturas y los pronósticos, mostraron menos aciertos que un simple molusco cefalópodo: el infalible Paul.
    En la cuenta de los resultados, Argentina ocupó el quinto lugar. O sea, sobre la piel ansiosa de la gente nada más que un bálsamo tibio. No el gran éxito abierto a los desbordes del triunfalismo, ni el fracaso absoluto, que hubiese instalado en el país una moledora de carne. Eso dio cabida para mucha crítica accesoria. Por ejemplo las posibles bondades del rigor técnico, cuya aplicación podría evitar, en el futuro, errores tan groseros como el gol “que no fue”, ese de Inglaterra contra Alemania, negado por el árbitro. Según muchas opiniones, más cercanas a la ciencia jurídica que a la naturaleza de un deporte, hubiera bastado la revisión del hecho en una pantalla de TV para dictar  un fallo exacto. Lo cual, en caso de aplicarse en forma sistemática, podría segmentar los noventa minutos de fútbol en infinitos partidos tecnológicos: ante cada posición adelantada dudosa, ante cada rebote que pudo ser en una pierna o en otra, ante cada estornudo que pudo ser un escupitajo castigado con expulsión... De tal modo, persiguiendo un objetivo inabarcable, esto es, evitar errores que deben entenderse como parte del juego, los partidos podrían no terminar nunca. 
    Al fin, entre tanto discurso universal único, ante la conversión de los atletas en pequeños robots articulados a quienes se les mide el peso que pierden, los kilómetros que corren o la cantidad de veces que se arreglan el pelo, quizás no haya de perdurar en el fútbol un signo más humano que la posibilidad del error.

 

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