Calle Angosta 2010-2011

Diversidad y Tolerancia

 

DIVERSIDAD Y TOLERANCIA

    Una ley no puede legislar sobre el amor, no lo puede definir ni hacer regulaciones sobre su origen, sus cambios o sus consecuencias. El amor es amor, como la poesía es la poesía y la eternidad es la eternidad. Por eso, cuando la ley legisla sobre aspectos de la vida que se vinculan con actos de amor, en realidad legisla presunciones. En una institución como el matrimonio, por ejemplo, presume que contiene un vínculo de amor. También presume que todos los hijos son hijos del amor. Lo cual, sin embargo, no siempre sucede. Hay padres que no saben serlo, y también hay hijos indeseados que no son el fruto perseguido por una pareja de amantes, sino, por el contrario, la causa de un matrimonio forzado; hijos que no provienen del amor sino de pasiones momentáneas o del azar. Por esa y otras variadas razones, hay matrimonios sin consistencia, como también hay hijos que nacen y se desarrollan en un clima adverso. Ni el matrimonio en sí, ni la condición heterosexual de quienes lo componen, ni las leyes que lo regulan, son garantía de que se cumpla lo esencial del vínculo entre una pareja, es decir, la existencia de amor.

    La composición de una familia es un producto histórico. No siempre ha sido como se la conoce en la modernidad occidental, ni necesariamente habrá de continuar del mismo modo. Hoy se asiste a un punto en que la ley argentina está por validar el matrimonio entre cónyuges del mismo sexo. Algo que pocos años atrás hubiera parecido un tema de ficción, estaría por hacerse real. Y no por una imposición desatinada sino por obra de una mayoría legislativa, actuando en representación de un pueblo.

    La formación de tales parejas, al igual que la adopción de niños que ellas pudieran decidir, contiene una razón de fondo que excede lo legal. Se trata, primero, del amor. Y luego -si así ocurriera- de que un niño esté bajo el cuidado de quienes lo amen. Lo que garantiza la sana evolución de un niño no es la visión de sus padres sobre el sexo, sino el amor que le profesen. Una pareja homosexual puede educar a sus hijos tan naturalmente bien como una pareja de hombre con mujer. O tan mal. Eso no depende de sus orientaciones sino de su inteligencia, su laboriosidad, su capacidad de comprensión y su visión de las cosas. En todo caso, alguien que ame verdaderamente al niño no lo habrá de someter a sus propias visiones, sino que le abrirá los ojos a una realidad objetiva. Le dirá: Existe esto y aquello. Y cada uno define, en su momento, su propia elección.

    Todavía es muy fuerte, sin embargo, la creencia de que dentro de un matrimonio gay los padres habrían de imponer, aun sin buscarlo, por simple presencia modélica, una visión distorsionada del sexo. O un rigor preventivo que no se manifiesta con relación a otras conductas que sí denotan riesgos educativos reales, como la bigamia -oculta o consentida-, el alcoholismo, la promiscuidad, los hábitos de violencia y molicie, la proclividad hacia el delito y otra variedad de fallas culturales graves. Es obvio que subsiste una base de prejuicios erráticos, cierto choque con formas arraigadas durante siglos. Y entonces no termina de aceptarse la relación entre personas de un mismo sexo como una intimidad basada en la comprensión y los afectos, y la libre elección de la partes. Se la sigue viendo con un residuo de "cosa prohibida", un trasfondo ilícito. Es decir, todavía no -a pesar de lo que se aparente consentir- como una convivencia libre, voluntaria y legítima sino inmoral, desafiante y promiscua.

    Esas lecturas no armonizan con lo que se observa. No hay uniones más consistentes que aquellas construidas contra la adversidad, contra oposiciones muchas veces crueles, infinitamente dolorosas. No hay mayor propensión hacia la tolerancia y el respeto que la de quienes convivieron y se desarrollaron como víctimas de su carencia. Y acaso no exista legislación más necesaria que aquella con valor para entender las nuevas realidades, que de pronto se vuelven demasiado próximas y reclaman soluciones urgentes.

    No se trata, en verdad, de implantar una ley que promueva o imponga situaciones desconocidas y sorprendentes, sino que le otorgue sustentación legal a situaciones que ya existen, que se verifican en el presente inmediato. De otro modo: que le concedan a varios miles de ciudadanos los mismos derechos de familia, de propiedad, de convivencia respetable que ya están consagrados para los demás.

    Tal vez ayude, finalmente, extraer de las mentes esa capacidad inagotable de pensar el futuro observando las mutaciones históricas. En tiempos antiguos existían verdades que han dejado de serlo. Ya no son absolutas las lecturas sobre la ciencia, el origen del hombre, las nociones de culpa y de castigo, los derechos sociales, etc. ¿Por qué tendría que darse, indefinidamente, una sola forma vincular de familia? Luego de tanto fundamentalismo ancestral, tanta intolerancia, tanta destrucción, tal vez sea la hora de imaginar otros caminos, y aceptar que sobre infinidad de cuestiones -incluyendo las propias del amor humano, en toda su raíz y su fecundo vuelo misterioso- no existen verdades a resguardo del tiempo
 

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