Calle Angosta 2010-2011

Bicentenario

BICENTENARIO

 

  Se suele mirar a “otro país”, pero no hacia adelante, sino hacia atrás, hacia una Argentina del pasado,  supuestamente grande y poderosa. Ahora, de frente a un cumpleaños de dos siglos, aquella imagen de lejano esplendor podría volverse más frecuente. Uno poco “fijate lo que éramos, y mirá lo que somos”.
    Sin embargo, esa clase de comparación es incompleta, y carece de rigor histórico. Es cierto que cien años atrás, cuando se festejaba el primer centenario de la independencia, se avistaba un horizonte favorable. Aún existiendo grandes contradicciones sociales,  se había conformado, en base a la exportación de bienes primarios, un modelo de crecimiento eficiente y estable. El país había absorbido millones de inmigrantes que afianzaban su fuerza laboral, las exportaciones crecían en forma sostenida, las vías ferroviarias superaban los treinta mi kilómetros, y todas las estadísticas con centro en aquella fecha conducían al optimismo; Argentina ya imponía su nombre en los primeros puestos del comercio mundial.
    Pero tal desarrollo no era propio y autónomo, sino que se hallaba ligado a una forma particular de inserción de Argentina en el mercado externo. Y por lo tanto, supeditado a relaciones económicas y geo-políticas que no resultaban controlables. El país aportaba volumen pero no decisiones. Con la gran crisis mundial iniciada en Estados Unidos, en 1929, el sistema comienza a mostrar su debilidad estructural, común al de todas las economías que sólo exportan los productos básicos de la tierra. No trascender esa fase, impone la marca del subdesarrollo, aunque se obtengan premios Nobel o se ganen campeonatos de fútbol.
    El gran desafío de la hora -o, si se quiere, del nuevo siglo acumulado- es instalar las bases de otra matriz de crecimiento. En la actualidad, ningún país puede crecer en forma equilibrada y sustentable, si no es sobre la  ciencia, la tecnología, las industrias de base y un mercado interno expandido, con alta capacidad de consumo. No volviendo hacia atrás, hacia el país irrepetible que podía crecer apareando vacas y esperando la prodigalidad de la tierra; sino entendiendo la nuevas exigencias que propone el mundo.
    Los problemas del país, en estos tiempo del bicentenario, no son la consecuencia de haber abandonado el modelo agro-exportador, absolutamente insuficiente, que no crea trabajo ni empuja un desarrollo armónico de todas las fuerzas productivas, sino por insistir en él, y no haber definido una forma hegemónica de reemplazo, como hicieron otros países que antes estaban detrás y que ahora están adelante. Es el caso de Brasil, que mientras Domingo Cavallo mandaba a los científicos argentinos a “lavar platos”, sostenía un Ministerio de Ciencia y Tecnología con presupuestos significativos y como parte de una estrategia. Y que hace tiempo resolvió prioridades que en Argentina aún se hallan con resolución pendientes. Allí, por ejemplo, los grandes cafetaleros no van a embarrar la cancha de la política económica. Todos tienen claro que si van a ser un gran país, será por su industria, su energía, su capacidad de producir máquinas que hagan máquinas, y no exportando café, mientras acá muchos piensan, todavía, que se puede ser un país grande, justo e integrado, produciendo nada más que soja.
    Se asiste a una simple circunstancia temporal, que sin embargo podría tener un gran valor simbólico. Mucho habrá de hablarse, ciertamente, a propósito del Bicentenario. Habrá quienes lo hagan con nostalgia por aquella grandeza in-sustentable, e insistan con el liderazgo de sectores que se revelaron incapaces de impulsar un camino de desarrollo general y auténtico, y que siempre confundieron la defensa de la patria con la defensa de sus intereses. Habrá escritores que empuñen la mera retórica de las emociones, y celebren glorias que no se han alcanzado y  merecimientos que todavía no se tienen. Habrá edificios embanderados, festejos, competencias, malambos y pericones por toda la geografía del país. Pero si no el hecho no sirve para producir una discusión intensa, generosa, sobre la cimentación de un destino, es decir, si el Bicentenario no se piensa como un gran eje aglutinante de nuevas  ideas y propuestas, habrá de pasar inútilmente. 
 

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