Calle Angosta 2009

Un Sabio de la Tribu

     Tal vez haya sido el azar o tal vez que la televisión española ofrece, todavía, algunas perlas que acá ya no se encuentran. El tiempo no dio para saberlo con exactitud. Pero una noche, al menos, la pantalla se llenó de frases envolventes, de palabras que se iban sumando, con sencillez, con certidumbre, para producir, como en un acto de magia, tenso y emotivo, la justificación de su origen. Las decía, desde sus increíblemente lúcidos y vigorosos noventa y dos años, ante un periodista -que también, tan lejos del modelo entrevistador argentino, lo escuchaba sin interrumpirlo ni sobreponerse- el economista y escritor José Luis Sampedro, nacido en 1917, en Barcelona,  autor de libros tan aparentemente dispares como “Realidad económica y análisis estructural” o “La sonrisa etrusca”, una novela que le acarreó su mayor éxito de público.
    Ahora, en el presente, la economía le dictaba una profunda decepción, y el oficio del novelista los recursos para enfrentarla. Decía, para ello, cosas así: “Me siento un hombre de otro tiempo, un inmigrante que no puede volver a su tierra. Creo en el hombre aunque no en el mundo. Quienes lo gobierna han implantado, para sostenerse, el concepto educativo del 'orden natural', como una norma indiscutible.. Una vez aceptada, tendríamos que rechazar toda conducta propia o ajena desviada de ese orden y condenarla por escandalosa y perjudicial. Durante mucho tiempo, por ejemplo, se afirmó que el orden natural de la sociedad era la monarquía por derecho divino. En consecuencia, ser partidario de otro sistema, como el republicano, era caer bajo el peso de la ley y hacerse reo de un delito máximo, casi blasfematorio. Pero dicho orden no está dado por la naturaleza sino inventado como creencia por quienes escriben las leyes. El hombre, si bien condicionado por su naturaleza, no es un ser natural sino histórico y, como tal, en  cambio permanente.”
    En torno de la crisis actual, opinaba: “Se presenta como financiera. Pero hay otras, algunas tan graves como la alimentaria o la climática. La conferencia mundial de la FAO no consiguió reunir ni siquiera veinte mil millones para aplacar el hambre de los países pobres mientras que para enmendar los disparates y estafas de la gente muy rica han salido cientos de miles de millones de los paraísos fiscales, las cajas secretas, las hábiles contabilidades y otros ardides de la ingeniería financiera (...) Aquí se mercantilizan hasta los afectos, estamos entrando en un período de barbarie como el que se daba en los últimos años del Imperio romano. Hemos construido una sociedad que se sostiene por el miedo y vivimos en el centro de un gran chantaje.”                Volvió luego su mirada a la historia: “Hace cinco siglos Europa era una explosión de afanes en aventuras creadoras. Las gentes se embarcaban en frágiles barquitos y cruzaban océanos para llegar a tierras desconocidas. Los mercados crecían en las ciudades, las universidades se multiplicaban y la imprenta difundía las nuevas ideas, el espíritu de aventura del que nacían. Eso pasó. Ahora volvemos hacia atrás, estamos destruyendo los valores culturales básicos. Asistimos a continuas violaciones de la justicia, ataques a la libertad, simulaciones de democracia, de-construcciones de la familia. Hoy cuatro quintas partes de la humanidad pasa hambre, es decir, no existe siquiera el derecho humano más elemental. Y todo se acepta y se justifica en el nombre de un nuevo dios que se llama Mercado."                                                     “En la antigüedad -siguió diciendo- el famoso médico y filósofo, Paracelso insistía en que a la naturaleza se la vence obedeciéndola, pero esa precaución pronto quedó olvidada, en contraste con otras culturas, que consideran sagrados un árbol o una fuente. Ni siquiera se respeta siempre al prójimo, se violan los derechos humanos a pesar de proclamarlos. Con la globalización el dinero, valor supremo del sistema, circula sin barreras, mientras el movimiento de las personas se restringe con métodos tan anacrónicos como erigir vallas y muros.”                            

   “Se da por aceptado -agregó- que la globalización actual es consecuencia ineludible del progreso tecnológico. Se afirma que la técnica ha 'mundializado' el intercambio comercial y financiero sobre la Tierra y, al ser un hecho planetario, su funcionamiento debe afrontarse de manera global. Así, la técnica se impone porque determina unívocamente las decisiones humanas. Muchos callan ante esa tesis que, sin embargo, es falsa de toda falsedad. La técnica no tiene esa decisiva capacidad pues su uso, y los efectos resultantes, dependerán de quien tenga el poder de utilizarla y de lo que quiera hacer con ella. Dicho de otro modo:  la técnica es un instrumento al servicio de unos fines y son estos fines los que deciden sobre su empleo. Pensar que el único fin deseable es el del beneficio económico es algo solamente aceptable para la visión, limitada por cierto, de una sociedad que ignora la opinión y las necesidades de los hombres; y por eso los educa para consumidores y no para que sean ciudadanos conscientes.”
    “Las finanzas internacionales -acepta- son hoy un hecho planetario y globalizable. Pero también lo son la justicia contra el terrorismo, la amenaza de plagas como el sida, la degradación del medio ambiente o la ignorancia y la codicia que obstruyen el progreso. Esos y otros problemas se plantean también a escala mundial, y a pesar de ello los máximos poderes globalizadores de la economía se resisten a aceptar un Tribunal Penal Internacional, los acuerdos protectores del clima y de la salud o un programa de ayuda efectiva para el desarrollo del mundo pobre. Para los globalizadores, por lo visto, el progreso técnico sólo ha de aplicarse en los sectores que a ellos les convenga. Así no hay entendimiento posible. Tecnificar la Globalización para multiplicar los beneficios es el objetivo del poder económico dominante. Globalizar la Tecnología, en cambio, es la meta humanista, para que el progreso llegue a todas las áreas de la vida. Lamentablemente, si este conflicto no se comprende por la razón, habrá de ser por el colapso.”                   

   Dejó en veinte minutos una experiencia de tres cuartos de siglo. Y hasta habló de sí mismo, de su vocación literaria: “Lo que me ha llevado a escribir es no poder evitarlo. Nureyev, el bailarín decía a los jóvenes que si podían evitasen la danza. Es decir, que sólo se dedicaran a ella cuando no tuvieran más remedio. Pues eso me pasa a mí con la escritura, me resulta irremediable.”
 

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