Calle Angosta 2009

Rutinas Heroicas

    Hay quienes por una vocación muy fuerte o por el peso de ciertos ambientes proclives a destrezas o estudios especiales -sea en torno a ciertos deportes, oficios, actividades artísticas, o cualquier otra práctica social que requiera intensidad, disciplina y uso de códigos comunes-, crean y participan de pequeños mundos específicos, en diverso tipo de relación con el mundo diverso, el mundo de todos, en el cual sobran los conflictos, los problemas, la situaciones sin solución y la incertidumbre. Actúan como si hubiera un mundo exterior, cargado de exigencias, donde todo implica un esfuerzo más o menos penoso, y otro mundo menor, íntimo, donde se insertan por una pasión minoritaria pero deseada y grata: los pintores que viven el mundo de su arte, los músicos el de sus sonidos, los diseñadores el de sus objetos, los escritores el de sus letras, los coleccionistas el de sus piezas exquisitas, los atletas el de sus marcas y sus desafíos interminables.
    Esos submundos tienen su lógica tajante, sobre todo para quienes no saben entender el mundo mayúsculo en toda su diversidad, o ya intuyeron para siempre que tal mundo sólo puede ofrecerles indiferencia y derrotas, y vuelven, desencantados, del sueño de haber querido transformarlo. Piensan: Que la tierra estalle y el resto de los hombres se aferre a lo quieran. Nosotros crearemos nuestro propio reino minúsculo, pero independiente. Nuestra porción de tierra  liberada. Nuestro cine, nuestro teatro, nuestros malabares, nuestro fumadero, nuestra huerta, nuestros centros de ayuda, nuestra poesía, como si fuera, cada cosa, el refugio atómico espiritual de pequeñas legiones humanas.
    No se habla de asociaciones forzosas, como las gremiales, las de familia, las de clase; las de quienes se unen para defender sus fueros, sus cupos, sus subsidios, sus intereses económicos concretos -esas son obvias y escapan a este razonamiento- sino de uniones elegidas, libremente, en torno a ciertas vocaciones comunes, ajenas a cualquier ventaja material. Los que se unen para cuidar el medio ambiente, para cooperar con las escuelas, para sostener una biblioteca, para limpiar las calles de un barrio, hacer caminatas a la montaña o salvar animales de matanzas feroces.
    Sin embargo, aún en esos mundos laterales, acechan, de un modo azaroso pero  frecuente, desviaciones jerárquicas.  En especial, los grupos ligados al mundillo de la cultura, que suelen traslucir, debajo de sus formas retóricas, las características del marginal iluminado, que toma para sí el patrimonio de la imaginación, se refugia en su propia “torre de marfil”, y aguarda los favores de Mecenas ignotos mientras se burla de la pobre gente cuyo gusto estético no pasa de Gran Hermano ni su sentido musical pasa de la Mona Giménez porque no han tenido la posibilidad de contar con otras elecciones. Y que sin embargo asumen cada cosa que hacen con absoluta y a veces contagiosa vitalidad.
    Cualquier actividad creativa, si se cierra en sí misma, puede terminar en expresiones delirantes. Hay valor en ciertos mundos ideales, porque se insertan en una perspectiva de superación y libertad, pero no al extremo de consagrar olvidos y evasiones, que mueren a la hora de pagar una cuenta o tomar un micro destartalado o llamar a un teléfono en el que nadie responde.   
    Y en esa franja inmensa de la realidad, están los que no pueden usar otro mundo que el único que advierten disponible. Ellos, puestos en el trance de vivir, observados en su estoica, elemental, humanidad, son los únicos que ofrecen sus respuestas sin necesidad de ninguna pregunta.  Caminantes de tierra movediza, noctámbulos sin noche, jugadores clandestinos, pasadores de chismes, ambiguos, crédulos y temerosos,  participan de todo aquello que desconocen. Hacen la vida que otros piensan. Y cada uno lleva su cielo tormentoso como lleva su trajín y su sombra.
    Son los hombres que todas las mañanas de todos los años esperan pacientemente su lugar, sobre unas ruedas que los conducen a ninguna parte. La mujer que lleva su hijo inválido, de médico en médico, de santo en santo, sostenida por la posibilidad de un milagro. El niño que camina varios kilómetros para ir a una escuela. Aquellos que recogen, diariamente, la basura dejada por los otros, que ponen y sacan las sillas de los teatros, que lavan y planchan las ropas ajenas. Quien cambia los pañales de gente que agoniza. Quien pinta con los pies porque no tiene manos. Quien habla con las manos porque no tiene voz. Quienes dicen paz en un mundo que no puede sostenerse sin guerras.
    Son habitantes de rutinas heroicas, en un medio donde la heroicidad no se percibe o se confunde. No crean nada; apenas si ofrecen ejemplos inadvertidos. Pero reflejan otro submundo necesario, horizontal, silencioso, sin el cual no existiría ninguno de los otros. 

 
 

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