Calle Angosta 2009

Papeles Inesperados

Más de veinte años después de la muerte de Julio Cortázar, fueron hallados en el cajón "resistente por lo barrigudo" de una vieja cómoda, un puñado de hojas con textos reservados del escritor, en la que fuera su casa de París. Los descubrió su viuda y albacea, Aurora Bernárdez, quien luego de un minucioso trabajo de selección y ordenamiento, realizado junto al editor Carles Alvarez Garriga, convino su publicación, bajo el título de "Papeles inesperados".

Inesperados, en tanto sorprendentes, por su origen. Se trata, en efecto, de textos escondidos, muchos totalmente inéditos, que aparecen cuando se suponía que la magia transmitida era toda, y no quedaba nada para conocer. Inesperados, también, en su materia, su transcurso de nuevas, imprevisibles, variaciones; como el descubrimiento de que el agua se ha cansado, finalmente, de ser líquida, y cada vez que puede "se convierte en hielo o en vapor, aunque tampoco eso la satisface" pues "el vapor se pierde en absurdas divagaciones y el hielo es torpe y tosco…por eso el agua elige delicadamente la nieve, que la alienta en su más secreta esperanza, la de fijar para sí misma las formas de todo lo que no es agua, las casas, los prados, las montañas, los árboles". O bien sostiene la terminante claridad del habla de Matilde, cuando revela que "la oficina viene a las nueve y por eso a las ocho y media el departamento se me sale y la escalera me resbala rápido porque con los problemas del transporte no es fácil que la oficina llegue a tiempo…casi siempre el aire está vacío en la esquina, la calle pasa pronto porque yo la ayudo echándola atrás con los zapatos; por eso el tiempo no tiene que esperarme, siempre llego primero…"
Entonces hasta donde, en verdad, inesperado? Si brotan delirios semejantes, donde lo imprevisible son los giros, los fulgores que salen de una caja entreabierta en una calle de Bruselas y guardada en otra de París con toda el habla de los hombres adentro, el español de la Argentina adentro, sin ninguna sorpresa, porque siempre es tanta que ya deja de serlo, y se vuelve norma inconmovible, pan nuestro diario que se burla de la liviandad y de lo efímero. Y también aparece, por supuesto, el hombre que de pronto se pone serio, y da pelea -nunca oblicua ni contenida- por todo aquello que lo merece. Si vamos a hablar, hablemos, dice. Si de veras te importa la pregunta escucha bien lo que voy a responderte. Y entonces le contesta a la revista Life varias páginas de maravilla, que debieran servir como un manual de aprendizaje para los periodistas libres, esos inmunes a la pose desdeñosa del sábelo-todo superficial y repetido. Y les refiere a los revolucionarios de café la diferencia entre una conciencia tranquila y una conciencia laboriosa. Y les recuerda a sus colegas el abc de un compromiso humano. Y les explica a los maestros los fundamentos de su oficio. "Por qué fracasan tantos maestros en Argentina", se pregunta Cortázar. "Por qué fracasan muchas veces sin darse cuenta, haciendo lo fijado como correcto", insiste. "Nadie conoce el alma de los semejantes sin antes descubrirse a sí mismo -arriesga-. Ni esto es posible sin haber bebido la ciencia ajena en inacabables horas de lectura y estudio. La cultura resulta así una actitud que nace imperceptiblemente; nadie puede despertarse una mañana y decir: 'Soy culto'. Puede, sí, decir: 'Sé muchas cosas', y nada más. La mejor prueba de cultura suele darla aquel que habla muy poco de sí mismo: porque la cultura no es una cosa, sino que es una visión; se es culto cuando el mundo se nos ofrece con la máxima amplitud; cuando los problemas menudos dejan de tener consistencia; cuando se descubre que lo cotidiano es falso, y que sólo en lo más puro, lo más bello, lo más bueno, reside la esencia que el hombre busca".
El libro tiene también otros regalos emotivos. Tiene más rayuela, más poemas, más historias de Lucas, y tiene un "fama" desencajado, incapaz de aceptar que en cierto restaurante las papas fritas solamente se sirvan en raciones de siete, treinta y dos o noventa y ocho. En suma, una visión caleidoscópica del Cortázar entero.
Tal vez por eso, terminando, asoma la sospecha de que esta nota ya estaba escrita y entonces uno quiere corregirla pero no puede porque las letras están atornilladas y de todos modos se diría lo mismo por la costumbre inevitable que imponen los cronopios, de perder las palabras en el mismo viento.

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