Calle Angosta 2009

Lugones y Borges

Casi todos los gremios o actividades tienen su día, no parece mal que los escritores tengan el suyo. Eso da lugar, como recientemente se ha producido, a celebraciones y comentarios alusivos, de acuerdo con una agenda  más o menos uniforme. Se trata de de una situación que pese a ser difícilmente modificable, reinstala, por lo menos, cada año,  la posibilidad de hacer algunas reflexiones por parte de quienes de uno u otro modo están cerca del tema. 
 
Por lo pronto cabe expresar algún reparo sobre los dos nombres que sirven, básicamente,  para marcar el día del escritor, es decir, Lugones y Borges. Con respecto al primero se podría hacer un largo debate sobre su verdadero rol dentro de la cultura y las letras argentinas. Pero si lo analizamos de acuerdo con el Lugones final, el que precede (o conduce) al suicida abatido, el que dice su “última palabra”, es obvio que no constituye una elección feliz, porque ése es el poeta que abjura del pensamiento, reniega de la materia básica fundamental de quien escribe, es decir, la palabra, que simboliza el diálogo y la razón, y adhiere fervorosamente a una dictadura que venía a reemplazarla por la espada. No una que se alzara por la justicia y el progreso, como pudo hacerlo la de San Martín o la de Güemes, sino la espada traidora, la que se tomaba del propio pueblo para quitarle sus derechos. ¿Puede ser ese un legado que contribuya a la honra de Lugones? ¿Puede ser entonces ese nombre el que respalde mejor a un escritor?
 
Con respecto a Borges se produce otra clase de prevención.  No existen dudas, naturalmente, en cuanto a su grandeza como escritor. Pero sí las hay en cuanto a los alcances de una idealización que trasciende lo estrictamente literario. Y que, de la mano de sectores alineados bajo la idea excluyente, fundamentalista,  de un arte puramente ficcional, a-histórico, abstracto y desligado de la realidad, se corporice bajo su nombre un modelo de escritor ideal que excluya  o postergue a quienes desarrollan otra clase de vínculos con lo real, lo social y lo histórico concreto. Borges no es del todo inocente en esta confusión, pues con frecuencia puso su voz, su poderosa voz, en actitud de desdén o silencio ante expresiones de literatura más carnal, más próximas, temáticamente, a los conflictos y las necesidades inmediatas del hombre. Para él, cualquier hecho terrenal y cercano, aunque involucrase a un pueblo entero en la elección de un destino,  no tenía más realidad que la Biblioteca de Alejandría. Lo cual no compromete, por supuesto, su calidad literaria ni el derecho sabiamente ejercido de pensar y expresar su mundo de la manera que él quisiera. Ni es tampoco algo que uno tenga en cuenta en el momento de vivir horas de felicidad leyendo cualquiera de sus relatos. Pero sí compromete el concepto de hombre total, que uno admira y rescata en la mayoría de los grandes escritores de cualquier época, y bajo cuya proyección humanista, hubiera sido, tal vez, más apropiado, buscar para esta fecha el referente canónico.
 
Bienvenida la literatura ficcional “pura”, el deleite de la palabra sin lugar y sin tiempo, y aún sin hombres, mientras sea buena literatura, pero sobre todo,  mientras no se la quiera imponer como la única posible, la única que acuerda “títulos de grandeza”,  que es el error al que puede conducir el endiosamiento de Borges, quien, por otra parte, no era un ser a-político, o indiferente a la política, ya que, muchas veces expuso sobre ella, y hasta llegó a protagonizar gestos tristemente elocuentes.   
Hay entre ellos uno notable, sobre el cual tal vez Borges no haya sido plenamente consciente, pero que lo marca con dureza. Es su visita a la Junta de Comandantes que acababa de iniciar un proceso tristísimo de la historia argentina, y sobre la que él abría una carta de esperanza, mientras otros escritores, como Rodolfo Walsh o Haroldo Conti, pagaban su oposición con la vida, o bien, como Antonio Di Benedetto, eran condenados a la prisión o el exilio. 
 
No es lo mismo que se equivocara un relator de fútbol, a que lo hiciera, tan malamente, un escritor, que además, en otros terrenos, era increíblemente lúcido. Por eso, la pretensión razonable es que haya un mínimo de equilibrio. Ni Borges era el escritor execrable del izquierdismo “realista” de hace tres o cuatro décadas. Ni es el paradigma absoluto del actual coro (casi) unánime. Él mismo lo previó en su momento:
 
-Yo no soy importante, ni merezco el cielo o el infierno. Lo mejor es pasar desapercibido.
 
¡Imagínense si después de esta vida todavía tenemos que afrontar un juicio! 
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