Calle Angosta 2009

Los Otros

   Un día cada uno descubre que existen los demás, los otros. Y entonces, como resultado de tal observación, descubre también su propia individualidad. No sucede, por lo común, en un instante único ni de manera plenamente consciente, pero eso decide, en un punto, la iniciación de todo proceso de conocimiento. Algo que no sería posible sin asumir la dualidad, sin el vínculo de cada experiencia personal con el resto de las experiencias, sin ese diálogo que un día se ha iniciado con los otros, una piedra, una planta, un ser extraño, un vecino, un hermano, un visitante, otras formas y voces que no son las propias, una realidad diversa, contradictoria, que de allí en más será el campo de prueba, de afirmación o de rechazo, de cada actitud y cada pensamiento. 
    Los otros pueden ser un gato, un pan, una maestra. Pero también, un aparato de radio, un televisor o la pantalla de una computadora. Y detrás de esos objetos inertes, supuestamente inofensivos, una corporación invisible que diseña conductas, modas, escuelas de arte, estilos de vida, cánones morales. Octavio Paz, uno de los grandes comentaristas de la “otredad”, lo supo decir, con el tono humilde,  pero a la vez, profético, de unos versos: "De pronto vi una sombra levantarse de la página escrita, avanzar en dirección de la lámpara y extenderse sobre la cubierta rojiza del diccionario. La sombra creció y se convirtió en una figura que no sé si llamar humana o titánica. Tampoco podría decir su tamaño: era diminuta y era inmensa, caminaba entre mis libros y su sombra cubría el universo."
   La sombra, en efecto, ha crecido de tal modo, que los antiguos diálogos frontales, entre  iguales, animados por el simple deseo de hallar una verdad, han sido reemplazados por una metralla sistemática de imágenes y palabras al servicio de intereses exclusivos y ocultos. Son “los otros”,  convertidos en figura titánica, deshuesada, anónima, con un rostro que

contiene a todos los rostros y por eso a ninguno.                                                                                                                              

   Los intereses  de dominación requieren ideologías. Y las ideologías se conforman de acuerdo con esos intereses. Tal amalgama contiene objetivos que, si quieren prevalecer, deben ocultarse. O por lo menos, deben perder identidad, colocarse detrás de una gran máscara sin nombre, neutral,  que hable como si  todos “los otros” se metieran, imperceptiblemente, en la cabeza de cada uno.                                                

    Los  gobiernos son los gobiernos, la oposición es la oposición. Se los conoce, y se puede inferir, por sus acciones -o sus silencios- hacia donde apuntan y quienes son “los otros” que se instalan detrás. Pero los grandes medios, esas sombras que llegan a millones de tele-videntes, esos diarios que venden venden cientos de miles de ejemplares, se manifiestan como si no tuvieran intereses ni dueños, como si formaran una fuerza pura, independiente de cualquier coacción o partidismo, en la que cada uno encuentra su verdad en el otro. 

   No es malo, en verdad, que cada grupo ideológico, cada sector social, cada credo, expresen su opinión. Lo malo que lo hagan escondiendo su identidad, como si expresaran un mensaje puramente lógico, objetivo y neutral, cuando en rigor, detrás de cada corporación mediática, existen intereses parciales, y cada periodista se debate entre su condición de escritor y su condición de empleado.                                           

No puede haber aprendizaje si la fuerza del otro es tan avasallante que ni siquiera se deja conocer, si el hombre de la calle, el ciudadano común, no sabe quién es quién, quien es el otro que lo llama y le inculca su palabra, tantas veces como sea necesario, hasta que se vuelva verdadera. Sería el mundo imaginado por otro escritor, George Orwell, en “1984”, una novela de ficción -o no tanto- descriptiva de un futuro en el que todos los hombres sucumben al ideario de unos pocos iluminados, dueños exclusivos de la voz y la imagen, y entonces pierden para siempre el sentido del diálogo y el espíritu crítico. Uno y Otro dejan de ser los miembros de una construcción común, son incapaces de diferenciar una ley de la democracia de una ley de la dictadura, y se convierten en un solo Uno que es masa y es nadie, frente al Otro, todopoderoso, que decide sobre cada hecho, desnuda cada intimidad, y por fin, dueño absoluto de la palabra, se convierte, al mismo tiempo, en el único dueño de la creación, el único escribiente de lo que ha sucedido y de lo que habrá de suceder.



 

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