Calle Angosta 2009

Lecturas

Acontecimientos como las “ferias del libro”, debajo de su escenografía rutilante, apretujada, llena de gente que no lee y de libros nacidos para la forma mercantil del fracaso (o sea no venderse nunca), invita por lo menos a reflexionar sobre ciertas perspectivas del libro y la lectura, es decir, 
en verdad, sobre la posible evolución de las prácticas culturales donde se insertan.
 
Por lo pronto, es necesario marcar la diferencia entre una práctica (la lectura) con un medio técnico (el libro). Hubo lectura antes de que hubiera libros, y ciertamente habrá de persistir,  aunque los libros, en tanto objetos, desaparezcan. Lo fundamental, entonces, no pasa por las variaciones que puedan ocurrir en torno al soporte donde se escribe y se lee, sino en la conformación y calidad de los procesos de fondo.
 
El libro, tal como hoy se lo conoce, es la consecuencia de quinientos años de historia, en los que aquel objeto de papel y tinta, tuvo su incidencia cultural, y a su vez, fue modificado por las nuevas formas de producción, de relación social, de conocimiento y de poder, que se  fueron dando en su contorno. En lo formal, se ha sustanciado, por supuesto, un cambio formidable, tanto en la calidad de los materiales y los diseños, como en la cantidad y en el alcance difusivo de  las obras. Pero, sobre todo, se ha ido estableciendo alrededor del libro un conjunto de pautas que no existían en su origen, como la cuasi-sacralidad de “lo escrito”,  la noción de texto cerrado y exclusivo de un determinado autor individual, la expansión difusiva, el nacimiento del lector como “público” y los “procesos de conciencia”.
 
El actual estadio tecnológico del mundo, propone ahora un nuevo cambio, basado en los recursos informáticos. Es un cambio tan radical como el que introdujo, en su momento, la imprenta de Gutenberg, integrado, de manera tangible, en la realidad inmediata. A este cambio se lo utiliza, se aprende a conocer sus alternativas, y se lo puede imaginar en sus aspectos formales más cercanos. Lo que todavía falta experimentar de manera profunda, son las variaciones que habrá de introducir, a largo plazo, en los hábitos, las relaciones sociales, y los modos generales de comportamiento.
Pero las nuevas herramientas para leer, ya existen. El libro electrónico, como el Kindle 2 de Amazon o el Reader Digital Book de Sony -con un peso de 300 o 400 gramos, delgados como un lápiz- o la plataforma de acceso on line que está desarrollando Google. Y es previsible que, en un futuro cercano, todas las actividades propias de la información, el estudio y el esparcimiento, se unifiquen en torno a una inmensa pantalla. Ver películas, escuchar música, recibir informaciones,  participar en conferencias, y leer toda clase de literatura (técnica, científica, poética o de ficción) serán, inevitablemente, multi-mediales. Una novela podrá ser leída sentado en un sofá, con infinitas posibilidades conexas, como usar el tipo y tamaño de letra o el idioma que se quiera, escuchar voces, acceder a llamadas complementarias que permitan conocer datos del autor, introducirse en su biblioteca, o recorrer las calles de su pueblo. Cada lector, por su parte, podrá dejar la marca de sus opiniones, hacer preguntas y propuestas, expresar sus coincidencias y sus rechazos. 
 
La lectura tendrá, pues, mucho más espesor. Y dará lugar a cambios de otro nivel, tanto ayudando a producirlo, como siendo, luego, incidida por ellos. Pero todavía no hay tanto “recorrido histórico” que permita concebirlos en su extensión. No en sus comienzos, que ya se advierten, como 
la ruptura de los textos cerrados o la fuerza de las energías creativas anónimas, sino en sus efectos últimos. 
 
Eso habrá de depender, nuevamente, de los hombres, y de unos cuantos años de nuevas experiencias. La cuestión clave será si entre autores y lectores, se instalará una práctica capaz de disponer la increíble oferta textual disponible, y las posibilidades de su uso abierto y democrático -en el doble camino de recibir y transmitir-, al servicio de una raza de mayor humanismo, o si por el contrario se persistirá, quien sabe por qué instrumentos, en la mayor parte de la última literatura “libresca”, la que sólo busca adecuarse a los resquicios del poder, para buscar réditos y nombradía creando y recreando tan sólo aquello que se coloca sin esfuerzo, y haciendo industria de todo lo banal, de liviandades fugaces, inútiles, que mueren al poco tiempo de nacer.
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