Calle Angosta 2009

La canción de Copani

    Ignacio Copani ha difundido, recientemente, una canción alusiva al vicepresidente Cobos, donde lo trata con dureza. Se levantaron, enseguida, muchas voces, que dieron su apoyo o rebatieron, con vehemencia, lo sostenido en el trabajo. Eso abre una zona siempre recurrente para el análisis. ¿Hasta que punto es admisible que un artista se involucre en hecho o personajes públicos? O sea, otra vez la discusión sobre ciertos límites que, según ciertos códigos, no debieran transponerse.


    Lo curioso es que la idea de auto-contención o de recato, no alcanza, con la misma intensidad, a las opiniones ajenas al ámbito artístico. Parece estar aceptado que cualquiera opine sobre cualquier cosa. Un sacerdote, supuestamente célibe y casto,  puede dar lecciones, y es común que lo haga, sobre relaciones conyugales. Un senador nacional puede opinar sobre Cobos de una manera mucho más terrible que Copani, y apenas unos meses después, olvidarse de todo y componer, con el “ex-réprobo”, una “sólida” alianza electoral. Celso Jaque puede hablar sobre seguridad. Y Domingo Cavallo seguir hablando sobre economía. Todo es admisible. Pero un cantor, un escritor, un artista, no puede hablar sobre política, como si eso fuera un espacio privado y exclusivo.


    Justamente tendría que ser todo lo contrario. La política es algo tan importante que no se puede dejar en la mano única de los políticos, aceptando que sean el cuerpo rotativo permanente de la democracia. Y si el ingeniero Cobos, lo mismo que si fuera cualquier otro funcionario, incursiona en ella, y cumple actos cuyas consecuencias inciden sobre toda la sociedad, debiera ser natural que un ciudadano cualquiera, en tanto sujeto alcanzado por aquellos actos, se pudiera manifestar, pacíficamente, de la manera que le parezca.


    No es importante, para el caso, si el cantante tiene o no razón. O el nivel estético de su obra. Lo que importa es su derecho a producirla, es decir, la legitimidad de una canción, un cuadro, un poema, o cualquier otro producto artístico, como instrumento de crítica.


    El tema, de todos modos, no se agota en eso. Conduce a cuestiones más profundas,que vastos e influyentes sectores informativos, inducen a desconocer o dar por enterradas. Esto es, las ideologías, que sin embargo, obstinadamente, reaparecen.


     Con frecuencia, tal vez como efecto de las negaciones que obstruyen su ejercicio,  reaparecen mal. Revienen como puro sectarismo. Así, por ejemplo, si un funcionario fuese  enjuiciado por un supuesto caso de soborno, o si al miembro de un culto se lo acusara por pedofilia,  o si un candidato a legislador fuera impugnado por presunta implicancia en delitos de lesa humanidad, habrá algunos, inscriptos en un casillero ideológico estanco y excluyente, que aceptarán los hechos debatidos sin ninguna duda, mientras otros habrán de rechazarlos, en ambos casos con idéntica fuerza, aún antes de que la justicia determine absoluciones o condenas. Y todavía después, cualquiera sea el veredicto, los pre-juicios no habrían de cesar. Ninguno aceptará rendirse, y la culpa por el resultado se cargará,  invariablemente, en en la mochila de los jueces, aplaudidos o denigrados en la medida que sus resoluciones coincidan o se opongan al “pre-fallo ideológico”, que desconoce, por lo común, la plenitud de los argumentos, las situaciones fácticas concretas,  y la misma  ley aplicable.


    Esa desvirtuación de “las ideas” deviene fatal. Produce los efectos de una serpiente que se muerde su propia cola. Por una vez hace que Tinelli tenga razón. Los políticos desconocen sistemáticamente la claridad ideológica, la coherencia ideológica, se mueven por estudios de imagen, bailan, cantan, sonríen para las cámaras, se hacen tomar fotos con niños pobres, jerarquizan punteros y alcahuetes de todo rango, “farandulizan” su trabajo, pero después se quejan cuando eso se les vuelve en contra, y son mostrados, como en “Gran cuñado”, con el espejo del ridículo. 


    La resistencia a debatir y exponer un pensamiento, aún con el riesgo siempre latente de que luego sea modificado, convierte cualquier campaña electoral en un juego vacío, más propenso para la farsa y el humor negro que para la materia esencial, la batalla de ideas y de programas. Para los temas de fondo no suele haber respuestas. Ni preguntas “que duelan”. Ni canciones.

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