Calle Angosta 2009

Hombres Azules

 Hombres Azules

En pocos días el e-mail del cronista recibió tres mensajes con el mismo contenido. Uno provenía de una militante socialista, otro de un nacionalista católico de derecha, y el restante de un colega contable, sin filiación política explícita. Así que la nota fue leída con curiosidad extrema, sin memoria de alguna semejanza. ¿Qué se podría hallar que hubiese motivado tanto interés, tanta adhesión, eso que induce a propagar un texto, desde posturas de tan diversa ideología?
Posiblemente, ternura y verdad, algo que cada ser humano sensible, cuando accede a liberarse de prejuicios y dogmas, deja brotar como semillas escondidas, que pueden acercar a dos opuestos irreconciliables, y hacer que se emocionen por la misma cosa. El causante de tal extraña convergencia, tan simple en el decir como infrecuente en las conductas reales, era un ignoto bereber, nacido sin papeles -y por eso, sin edad precisa- en un campamento sahariano, al norte de Malí. Uno entre tres millones de “los señores del desierto” a quienes nuestra lengua denomina “pueblo tuareg”. Aunque para el caso su nombre no importe demasiado, se llama Moussa Ag Assarid, iniciado en la vida como pastor andariego, buscador de pastos, guarecido tras turbantes de algodón muy fino, teñidos con extractos de añil, que ha dejado en su cara reflejos azules; tan nómade que ahora estudia en Francia, en la Universidad de Montepellier. “El azul, para los tuareg -dice- es el color del mundo, del cielo, que es el techo de nuestra casa”. Pero este hombre -frente a Víctor Amela, el reportero español- no habla de sí, sino de un pueblo, que pervive pastoreando rebaños de camellos, cabras, vacas, asnos, corderos, “en un reino de infinito y silencio”. 

Ligando sus respuestas como un diseño de relato, se podría leer esto:
- En el desierto, oyes el latido de tu propio corazón y te hallas a ti mismo. Recuerdo que, al despertarme, con el sol, estaban las cabras de mi padre, y su leche. Yo era muy feliz en ese mundo.
A los siete años ya sabía oler el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarme por el sol y las estrellas.
Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas. Cada una tiene, entonces, un valor enorme.
Cada roce es valioso. Sentimos una gran alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos.
Nadie sueña con llegar a ser, porque cada uno ya es. Diariamente, dos horas antes de la puesta del sol, cuando baja el calor y el frío no ha llegado, los hombres y animales regresan al campamento, mansamente, sin prisa, y sus perfiles se recortan en un cielo que a cada rato cambia de color. Son momentos mágicos. Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor. Y nuestros corazones parecen latir a su compás.
- Una vez, a una periodista que cubría el rally París-Dakar se le cayó un libro de la mochila. Yo lo tomé y se lo dí. Ella me lo regaló y me habló de aquel libro, era “El Principito”. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo. Por eso convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Cada día, para llegar, caminaba casi quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer. Era como si mi madre, que había muerto en una gran sequía, me ayudara.
- Así pude lograr una beca, y estudiar en Francia. Pero todavía añoro la leche de camella y el fuego de leña; caminar descalzo sobre la arena y mirar las estrellas. Cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra. En mi primera noche en un hotel, vi el primer grifo de mi vida. Vi correr el agua, y sentí ganas de llorar. Aún ahora, cuando veo las fuentes de las plazas, siento un dolor inmenso. Vosotros tenéis todo pero no os basta.  Os quejáis. Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa. En el desierto no hay atascos, allí nadie se quiere adelantar a nadie. Aquí tenéis reloj, allá tenemos tiempo.



 

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