Calle Angosta 2009

Ficciones

    Cada día la realidad parece sorprender, como si cada sorpresa fuera un juego distinto. Por ejemplo, el premier italiano, Silvio Berlusconi, luego de un terremoto producido en su país, que produjera cientos de muertes, hizo comentarios increíbles, como el de proponer, a quienes están alojados en carpas de emergencia, una mudanza a los hoteles de la costa adriática, agregando que “no se olviden de la crema solar”. Asimismo,  para una emisora de TV alemana, declaró: “Se hallan en carpas, tienen comida caliente, atención sanitaria y abrigo. Es como si estuvieran en un camping...”

    Por  la misma fecha, en Argentina, el intendente de San Isidro, intentó la construcción de un muro para vedar el acceso a “La Horqueta”, un elegante complejo privado, a los vecinos de otro partido, lo cual provocó tanta oposición que debió suspenderse. También viene a la memoria la recurrente apelación a la “pena de muerte”, que siempre encuentra voces y momentos para instalarse, no como un castigo que, de hecho, ya existe, sino con la fuerza de un acuerdo legal, es decir, una forma de barbarie legítima. “Volver a caminar en cuatro patas -dijo María Elena Walsh-, y hacerlo para atrás...”

    Pero todas estas aparentes desviaciones, son reflejos de un verdadero cuadro de involución, de alcance mundial, donde los hechos ficcionales han tomado la fuerza de lo real, han desplazado a lo real. Ahora la realidad es la literatura, los acuerdos textuales, las leyes y resoluciones que para cada viejo y molesto problema han establecido una solución definitiva.

    ¿Cómo se habría de discutir sobre los derechos esenciales del hombre, si ya fueron reconocidos y confirmados por convenciones internacionales de toda clase? ¿O del horror que constituye el trabajo infantil si eso ya fue prohibido por asamblea general de las Naciones Unidas? ¿O de la deserción escolar, si la educación es obligatoria por ley? ¿O de la exclusión social y el desempleo, si el trabajo es un derecho de cada habitante, consagrado por la Constitución Nacional, tanto como el acceso a una vivienda digna?

    ¿Y qué cosa vetusta, incomprensible -podría decirse-, hablar de la jornada de trabajo de ocho horas, de los feriados de sábado y domingo, si los trabajadores, sin ninguna oposición, satisfechos por el estímulo económico compensatorio, trabajan voluntariamente todas las horas que se les pide?

    En ese mismo rango ilusorio se sostienen todos los derechos. Los de tránsito y circulación, los de género,  la defensa del medio ambiente, la protección de los consumidores, el sindicalismo libre,  la difusión del pensamiento, la escuela pública y gratuita, la no discriminación por credos o por razas, la igualdad en juicios, la separación de condenados y procesados, las cárceles sanas y limpias, para seguridad social y no para castigo de los reos... El derecho a una información veraz o cualquier otro que se considere.

    Así que de veras se involuciona, pero, por lo menos, con la conciencia tranquila.

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