Calle Angosta 2009

Cuidado que se lee

    El periodista se instala frente a un monitor y desaparece, en apariencia, del mundo. En realidad el mundo se mete en su cabeza. Da vueltas en ella y le reclama explicaciones. De ahí salen, entonces, las palabras, aparentemente inocuas, cerradas, intrascendentes. Pero no. Sucede que luego alguien las lee. Quien las dijo se encuentra, más tarde, en una vereda, con otro ser sensible,  pensante,  interesado, que las confirma o las rechaza. Otro que se refiere a ellas por teléfono, en una carta de lector, en un mensaje de correo. Y de pronto, todo intimismo se ha perdido. El escritor cobra conciencia de las implicancias de su trabajo,  y de la responsabilidad, sin atenuantes, que le concierne.


    Lo escrito se ha leído. Se ha tomado noticia, por algún mecanismo, de tal hecho, y lo encerrado, lo conjetural, esa serie de palabras que habían trazado un discurso momentáneo, personal, uniforme y volátil, se han convertido en un hecho concreto, duradero, controvertido y público. En cualquier caso, cierre de un ciclo incierto pero posible, azaroso pero secretamente deseado, donde se sustancia la verdadera razón de ser de un impulso creativo, la conjunción del uno con los otros, y la prueba final y tangible de su endeblez o su dureza.


    Sin embargo, cuando se ha obrado con honestidad, confrontando la información, siguiendo el curso de una búsqueda intelectual propia, laboriosa, consciente, y en armonía con una conducta, ajena a las conveniencias de un momento, el resultado final, el punto donde convergen escritor y lector,  siempre será de fortaleza. Tanto en caso de que los comentarios recibidos sean de aceptación como si reciben observaciones secundarias o datos que salven omisiones y sirvan para un mejor tratamiento del tema. Pero también si hubiera objeciones importantes, fundamentadas, sobre la materia principal. Ello abriría el campo de nuevos estudios, compulsas, revisiones, y finalmente, como consecuencia de dicho proceso, un trato más cercano con la verdad, con el respeto al otro, con el conocimiento, que siempre se busca y se desea.


    Pero hay casos distintos, donde se escribe sin costo ni riesgo.
    *El infalible, que escribe para sí y no le importa en absoluto la opinión ajena. Se siente dueño de verdades eternas, y habrá de recibir cualquier observación o rechazo con absoluta indiferencia.
    *El mercenario, el que escribe lo que su mandante le dice que tiene que escribir; ese que se halla al margen de cualquier opinión, y tanto dirá hoy blanco como mañana negro, según sea el precio de decirlo.
    *El fundamentalista, que desconoce cualquier evidencia que perturbe su dogma.
    *El abonado a la rutina que no acepta ninguna variación. Se censura a sí mismo y aunque sucedan cosas extraordinarias, nunca se aleja del lugar común.
    *El demagogo, escribidor de ofertas; sólo comenta aquello que concuerda, supuestamente,  con los intereses o expectativas del público.


    Estas diferencias son inevitables; coexisten en una inmensa confusión. Por eso la necesidad de los maestros que las hacen visibles; ellos son, en definitiva, quienes determinan los grandes rumbos de la información y del conocimiento. Antes y ahora. Desde Víctor Hugo y José Martí, hasta Fernando Savater o Humberto Ecco. O Tomás Eloy Martínez, que lo ha expresado con elocuente claridad: “El lenguaje del periodismo futuro es, ante todo, solución ética. El periodista no es un agente pasivo que observa la verdad. En el gran periodismo se deben descubrir los modelos de realidad que se avecinan.”


    Mientras tanto, en el interior de cada conflicto, destella, aunque sea tenuamente, una luz. Valga un ejemplo, bellísimo, sobre este tema, citado por  Oscar Gijena (ATP -Asociación de Prensa de Tucumán): -Zlatko Dizdarevic supo que su periódico era más necesario que el pan el día en que los guerreros lo incendiaron. “Liberación” era el único periódico que se publicaba en Sarajevo, y a pesar de la destrucción total de sus equipos e instalaciones, al día siguiente del incendio, circuló como de costumbre y aunque los ejemplares se vendieron al doble de su precio, la edición se agotó en manos de lectores que apenas si tenían el dinero suficiente para comprar pan. ¿Y cómo se explica que un periódico pueda llegar a ser más necesario que el pan?, le pregunté a Zlatko. El me respondió con la misma seguridad con que se formulan los axiomas o las verdades rubricadas por la experiencia: “Porque en las crisis la gente puede vivir sin pan, pero no sin esperanza”.

Copyright  Power by PageCreative