Calle Angosta 2009

Celebración de la lectura

       Son incontables las razones que existen para el elogio de la lectura. Ninguna sería perdurable si no se basara en un sentimiento de placer. De todos modos, se puede vivir sin libros. Pero no es lo mismo. La vida de quien lee, sobre todo si el proceso lo va conduciendo a descartar los malos textos y rendirse a los buenos, adquiere otra riqueza. Hay gente hermosa que no ha experimentado la seducción de la lectura, gente que lee entre muy poco y nada, o que solamente lo hace sobre textos de  información elemental o simplemente triviales y fugaces. Gente servicial, gente buena y también, posiblemente, gente feliz. Y sin embargo, endeudada con su tiempo. 
Inversamente,  la lectura no es todo. Leer a Shakespeare, por ejemplo, no concede atributos mágicos ni premisas vitales ni modelos de comportamiento ni mejores ingresos. Pero quien no lo hace se lo pierde. Sitúa su vida en  un nivel de calidad inferior al que actualmente resulta posible, y al toda persona tiene derecho. Igual que quien no se emociona con una sinfonía de Bethoveen o un cuadro de Picasso. Vive lo mismo pero menos. 
 
Se puede encerrar una vida dentro de sus propios límites. O se la puede liberar y compartir con infinidad de vidas, las de Otelo, Desdémona, Macbeth, Cleopatra, Marco Antonio, Hamlet o el rey Lear, recorriendo los celos, el amor, la venganza, la ambición, los engaños, las debilidades del poder, y la valoración más justa de las cosas; sin perder la propia identidad pero reconociendo el sabor y el peso de las diferencias. 
 
La lectura cumple, por otra parte, una función insustituible en la vida pública. Sin ella no hay conocimiento, y sin éste no hay capacidad para elegir, no hay discernimiento entre las acciones que favorecen o perjudican a un entorno, un lugar, un país. Y no hay democracia. Por algo las dictaduras o el caudillismo omnímodo prohíben autores, queman libros, cierran bibliotecas, y niegan el acceso del pueblo a la cultura. En un país desarrollado, el consumo de libros de un estudiante secundario es superior a diez. En Argentina no llega ni a 1,5. ¿Quienes serán los  innovadores tecnológicos, los descubridores de vacunas, los activistas de la conciencia social?
 
Se debe tener claro, sin embargo, que leer no conduce, automáticamente, a pensar. Aunque sí es una de las vías que pueden propiciarlo. Acceder, ocasionalmente a un libro, no implica demasiado. Lo valioso es el hábito, detrás de lo cual se consuma la integración libre y consciente a la trama de una cultura. Cuando un hombre puede establecer relaciones entre diversas realidades, cualquiera sea su tiempo y su lugar, captar analogías, descubrir fundamentos, y con todo ello, completar su construcción como persona, y nunca ser un instrumento de quienes han pensado lo que tiene que decir y que hacer.  
 
Hay, finalmente, una razón práctica. Quien no se sepa leer y escribir correctamente, quien no sea capaz de analizar el contenido de un texto, va a ser a un analfabeto funcional, un condenado al desempleo crónico, que no tendrá manera de comunicarse, aunque viva rodeado de celulares, computadoras e Internet.
 
Internet es hoy el como el jardín de los senderos que se bifurcan. Uno conduce a la lectura, el estudio, la investigación, con incontables de sitios que permiten, como en el libro de arena borgeano, de infinitas páginas, sin comienzo ni fin, una navegación fecunda. Y otro sendero, el de los juegos que fomentan destrezas absurdas o el chat que destroza la ortografía, la sintaxis y reduce el léxico a cuatrocientas palabras, de tal modo que, si eso constituye la totalidad de una práctica literaria, como en muchos casos tiende a suceder, habrá de llevar a los cautivos hacia un espacio sin salida, cortado por el ruido estéril, tan extraños a la producción como los campesinos sin tierra o los pescadores sin red. 
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