Calle Angosta 2009

Aquellos Guardapolvos

    Se suele sostener, en algunos discursos, que “otro país es posible”. Esa frase, que hoy parece flotar  entre la fe sin límites, la expresión de deseo o alguna disonancia del espíritu, resume una manera de mirar el futuro. Una esperanza o un delirio que se mide “desde ahora hacia después”. Pocas veces se tiene en cuenta aquello que pasó. El país que ya, en algunos aspectos, fue posible, para luego, despaciosamente, degradarse.

    Existe, simultáneamente, una tendencia a considerar ciertas realidades indeseables, del tipo pérdida de seguridad y auge del delito, como fenómenos sin historia, que no aparecen por causas explicables, que hubiera podido preverse, sino por una suma de falencias inmediatas, errores circunstanciales o, en algunas visiones,  por un fatalismo irreversible.

    Sin embargo hay hilos conductores, que vienen desde lejos y ayudan a entender, si se observan sus nudos,  la trama de una realidad presente. Hasta hace cincuenta años, por ejemplo, existía una sola escuela, la democrática, la gratuita, la integradora, la de Sarmiento, la de todos. En aquella escuela convivían, es decir, estudiaban y aprendían a vivir, en un mismo espacio, los menos y más inteligentes, los menos y más afortunados, los hijos de ricos y los de pobres. Cada niño era, aproximadamente, igual a los otros, y el gran símbolo de esa relación eran los guardapolvos blancos. Algunos bien tableados, hechos a medida, relucientes. Otros arrugados y lisos. Pero todos guardapolvos blancos. El mismo maestro, la misma técnica, las mismas lecciones.

    Más allá de cada guardapolvo existían, por supuesto, realidades distintas. Pero no había mundos enfrentados ni diferencias consagradas de una vez para siempre. La igualdad de oportunidades no era una quimera absoluta ni la condición social era un motivo de condena. El niño pobre podía compartir su banco con el niño rico rico, y los dos conocerse, ser amigos, visitarse en sus casas. Verse cada uno como señal del otro. El hogar del niño que lo tenía todo constituía un objeto al que podía accederse, una posibilidad abierta para quienes fueran capaces de aprender, y pusieran, después,  todo su empeño en un trabajo constructivo. El hogar humilde se mostraba, por su parte,  como un hecho concreto, no-virtual, no-desconocido, donde se podía descubrir y valorar el esfuerzo de la gente sencilla, conocer sus afectos, y sentir, muchas veces, el despertar de un compromiso.
   
    Hace cincuenta años, en 1958, bajo el impulso del presidente Arturo Frondizi, aquella escuela se quebró. Lo que ahora es válido, en tanto sea recordado con propiedad,  para entender una de las razones por las que “estamos como estamos”,  fue ofrecido entonces como una prenda de libertad. La escuela libre, donde los padres católicos podían enviar a sus hijos a una escuela católica, los judíos a la judía, los protestantes a la protestante, los italianos a la italiana, etc.; pero fundamentalmente, la que produciría, por fin, una educación diferenciada, y sujeta, como cualquier otro servicio, a las condiciones del mercado. La educación ya no como herramienta niveladora y formativa sino como un simple negocio; más cerrada, más específica y de mayor nivel teórico, según fuera su precio.
   
    La escuela, desde entonces, ha venido acentuando ese carácter mercantil y clasista. Dejó de ser única para fragmentarse de acuerdo con los intereses y la posibilidades de cada sector.
Así hoy existe una educación de alto costo,  para la futura comandancia empresarial y política.  Otra de costo medio, para quienes, poseyendo una capacidad de pago equivalente o bien asumiendo grandes sacrificios, procuran que sus hijos puedan enfrentar, con chances  razonables, los rigores de la competencia social. Y finalmente otra, la menos defendida,  la gratuita, la pública, inmersa en situaciones contradictorias, cuestionada en su propia vitalidad. Justamente, la escuela que debiera ser, en todo tiempo, en toda  geografía,  la salvaguarda de una educación de calidad, sin exclusiones de ninguna clase, en cuya fortaleza pudiera medirse la fortaleza futura del país, es la que todos los últimos gobiernos, por su naturaleza o su ignorancia, empujan al despeñadero. Pero también, la que sigue luchando, pese a todo, con  el esfuerzo de padres y maestros, por defender su historia.

    Es bueno recordar, por eso, tanto sea para quienes crean o descrean de que otro país es posible, que ya lo ha sido. Que puede serlo porque, en muchas materias, ya lo fue. Cuando el color, la voz, el movimiento, renacían, cada mes de marzo, como un alud de guardapolvos blancos.

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