Calle Angosta 2008

Sustentación de la Palabra

    “Ningún espejo ha de mostrarte como sos”, pensaba. “Ningún taller, ninguna escuela te dará las bases del juego de escribir algo más que una carta comercial o algunos versos desencantados”, proseguía. Y era el tema. Ya había pensado, otras veces, que “hacer literatura”  requiere, como condición necesaria, dialogar antes con las musas de la autocrítica,  y recibir al mismo tiempo con pasión, con avidez, el influjo de los grandes maestros. Sin embargo, en los hechos, esa relación se muestra, con frecuencia, insuficiente. Abundan los ejemplos de lectores asiduos, inteligentes, que a la hora de escribir parecen utilizar reglas distintas, y desmienten, en la práctica, sus admiraciones, hasta el punto de forzar una pregunta que difícilmente se realiza, pero que de todos modos no tendría respuesta. ¿Cómo es posible que no adviertan las diferencias?


    Pero últimamente, como si el tiempo diese mayor acidez crítica, el cronista ha  incorporado una nueva sospecha: Aunque aquella premisa se cumpliera, sería insuficiente.  La profusión de los intentos literarios es, ahora, de tal abundancia, que para sumar aceptaciones se requieren otro tipo de fundamentos. Ni siquiera la ficción más pura se puede realizar al margen de la trama de los hechos reales. En circunstancias donde las palabras transmutan su significado, donde el impacto de un solo y único discurso se presenta con la fuerza de un cataclismo natural, un escritor comprometido con su oficio, alguien que es,  por esencia, un artesano del lenguaje,  un buceador de submundos, no puede reducir su campo artístico al espacio de lo primero que se oye, lo primero que se consagra. Si no ha de estudiar, si no ha de ver debajo de las cosas, si su ámbito creativo no acepta trascender los límites de un orden incapaz de modificarse, más vale que se quede callado. Para cumplir eso, para ser simples repetidores de los mandamientos de un sistema todavía en fase de barbarie, que sin embargo se pretende incólume,  ya sobran lenguaraces, gacetilleros y otra serie de escribas de piel impenetrable.


    No se trata de que un escritor se someta al canon de un realismo forzoso pero sí que apreste sus acciones mentales para el abordaje más completo posible de su mundo, y que no quite sus pasos de los caminos escabrosos. Un escritor puede decir que la luna es cuadrada, que los sapos hablan en secreto, que no hay ojos inmunes a la estirpe de los cronopios, que las margaritas se pueden deshojar eternamente. Puede decir todo lo que quiera, menos que la historia se ha muerto y los hechos transcurren ciegos, inquebrantables, por razones que se desconocen.


    Cualquier escritor que ha dejado marcada su palabra, esos que aún después de muertos conservan su vitalidad, han sido observadores agudos de su tiempo. En la base del hecho de escribir anida una profunda responsabilidad intelectual.  Hoy en día no se puede ser escritor y no tener una opción fundamentada sobre las guerras del mundo, la situación de los recursos naturales, el futuro energético, la escasez del agua, el comercio de drogas, la formación de los precios, la planificación familiar, las políticas alimentarias, las condiciones de una nueva educación, la sumisión de la política a los mandatos -supuestamente inexorables- de la economía, etc. No para decir todos lo mismo sino justamente para lo contrario, para pujar hacia una democracia verdadera. Tampoco para decir algo si el producto artístico no lo requiere. Pero en todo caso que la esencia subyazga, que la voz, aún callada, se pueda presentir, que asome su cabeza de flor entre los pastizales, que se huela, que transmita su respiración cuando ello valga. Y constituya, por fin, el trabajo, las narraciones, los poemas, de un ser que piensa por sí mismo, y por eso es libre. Y animador de libertades.


    Hay, es cierto, muchos escritores notables que comienzan así, y luego se modifican. Eso es inevitable, es parte de la naturaleza humana, de los hombres a quienes el sistema les encuentra el precio o la debilidad. Vargas, por ejemplo. Mario Vargas Llosa, que comienza escribiendo “La ciudad y los perros” y termina como vocero de la patria unida de las multinacionales y las altas finanzas,  los conglomerados más grandes que países, sin moral y sin ley.


    En el medio hubo, naturalmente, lo de siempre. Premios, becas, distinciones, dinero, y esa vida rumbosa de muchos portadores de celebridad, comiendo en los mejores restaurantes, habitando en los mejores hoteles, saltando de fiesta en fiesta, y cada vez más lejos de su origen. Pese a todo, sus grandes obras están hechas y van a superarlo, hasta ese punto del futuro en que a nadie le importará su persona, pero seguirá disfrutando con las visitadoras de Pantaleón.

Copyright  Power by PageCreative