Calle Angosta 2008

Periodistas

Se ha festejado en este mes el día del periodista, y coincidentemente, el día del escritor. Festejos distintos, como si una condición no estuviera contenida dentro de la otra. O si ambas maneras de pensar las palabras produjesen jerarquías diferentes.
Uno de los mayores escritores de América hispana, Alejo Carpentier, se refirió varias veces a la comunión de los oficios, diferenciados solamente por cuestiones de estilo.
“El periodista y el escritor –dijo- se integran en una sola personalidad... Podríamos definir al periodista como un escritor que trabaja en caliente, que sigue, rastrea el acontecimiento día a día sobre lo vivo. El novelista, para simplificar la dicotomía, es un hombre que trabaja retrospectivamente, contemplando, analizando el acontecimiento, cuando su trayectoria ha llegado a su término. El periodista, digo, trabaja en caliente, trabaja sobre la materia activa y cotidiana. El novelista la contempla en la distancia con la necesaria perspectiva como un acontecer cumplido y terminado”.


De José Martí a García Márquez, de Sarmiento a Rodolfo Walsh, por citar tan sólo algunos prominentes, son innumerables los escritores que han dejado dentro de su obra trabajos periodísticos fundamentales para el estudio de su tiempo. Fueron vibrantes cronistas de su época, sobreponiendo materiales de primera fuente para una interpretación histórica con la calidad superlativa de sus relatos. Por eso, insistía Carpentier: “El periodismo es una maravillosa escuela de flexibilidad, de rapidez, de enfoque concreto, y todo buen periodista debe manejar el adjetivo con un virtuosismo que a veces no tiene el novelista detenido sobre sus cuartillas. Y sin estos contactos no creo que pueda hacerse en este siglo novela válida ni duradera."


Actualmente, tal vez por la proximidad entre los periodistas y los hechos que narran, se puede mencionar, como elemento convergente, el incremento de los riesgos.  La organización francesa Reporteros sin Fronteras (RSF) dio a conocer su balance del año último y el saldo trágico y preocupante es de 86 periodistas muertos y 887 encarcelados. En 2007 dos o más periodistas fueron detenidos por día en algún país en conflicto, a los 86 muertos se suman otros 20 colaboradores de medios que perdieron la vida . Los amenazados o agredidos fueron 1511 y el número de periodistas secuestrados ascendió a 67. Oficialmente, la entidad francesa ha dicho: “En ningún país han matado nunca tantos periodistas como en Irak. Desde la invasión norteamericana en marzo de 2007, al menos 207 periodistas murieron en ese país”. Ni siquiera en las guerras de Vietnam o los Balcanes, ni las masacres de Argelia y el genocidio de Ruanda se produjeron tantas muertes.


En Argentina, durante el proceso militar abierto en 1976, cientos de periodistas fueron muertos, torturados o forzados al exilio, como Jacobo Timerman (“La Opinión”), Rafael Perrota (“El Cronista Comercial”), Julián Delgado (revista “Mercado”), Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Osvaldo Bayer o Antonio Di Benedetto.


Sin embargo, esa fuerte exposición al riesgo, que muchas veces le propone al oficio muy duras exigencias extra-literarias, no acuerda títulos generales de heroicidad, ni méritos de facto fundados en el uso de un carnet o de un sello. Hay ocasiones, justamente, donde los cronistas se olvidan de los grandes ejemplos y hacen todo lo posible para deslucir su vocación y su trabajo. Valga como ejemplo reciente, la cobertura de la mal llamada “huelga del campo”, que estuvo marcada –y lo sigue estando- por una gran mayoría de comportamientos penosos por su insolvencia técnica y/o su más absoluto parcialismo reflexivo, cuando no su inocultable y decidida mala fe.


Durante más de cien días, el país estuvo sometido a una situación caótica, con sus rutas arbitrariamente cerradas, sus mercados desabastecido, sus producciones obstruidas, la ocupación general amenazada, por la acción ilegal, insensible y violenta de una parcialidad sectorial, numéricamente reducida, pero de gran poder logístico, que antepuso sus intereses sobre toda ley y sobre toda norma civilizada. ¿Pero que hacía frente a ellos la mayoría de los periodistas? Simplemente les ponía el micrófono para que dijesen lo que quisieran, sin formularles ninguna observación, ninguna pregunta lúcida, sin oponerles ningún dato sobre la realidad económica, sobre lo que pasaría con los precios internos si no hubiese balance con las retenciones, sobre la verdadera participación del campo en el producto bruto interno, sobre el derecho de millones de compatriotas afectados sin ninguna culpa, sobre el propio derecho de sus pares, es decir,  otros productores que querían transitar y vender,  y ni que se lo sueñe, sobre el derecho a establecer políticas públicas por parte de un gobierno que, aún con todas las objeciones que pueda merecer, apenas lleva seis meses de gestión, y ha sido ungido en elecciones democráticas.


Volviendo al principio, las honras de ser un escritor, y de actuar como un cronista lúcido y veraz, no se hereda ni se recibe por contagio. Las gana cada uno.

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