Calle Angosta 2008

Otra vuelta de Gelman

      El duelo, considerado desde cada trance de padecimiento individual, es la forma particular de vida desarrollada luego de la pérdida de algo muy especialmente querido: una persona, un trabajo, un proyecto. Es decir la nueva forma de actuación y de relación que alguien adquiere, consigo mismo y con su entorno familiar y social, tras la extinción, el quebrantamiento, de un vínculo afectivo trascendente.


  La misma situación puede reproducirse a escala de grandes grupos. El duelo de un pueblo, de un país, luego de guerras, de genocidios, de masacres atómicas, que se prolonga por generaciones. Pero aún dentro del contexto de los duelos sociales, emerge el duelo de cada grupo, de cada cofradía, y por supuesto, la experiencia individual de cada víctima concreta. El duelo de los vencedores y el de los vencidos. El duelo de los poetas. El duelo de uno solo de ellos, que contiene, sin embargo, pérdidas infinitas. El hijo, la hija, la nieta, el barrio, la casa, los amigos, la mirada que deja de recorrer anaqueles de libros, la mano que deja de acariciar un perro.


    -No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza –dice Gelman- La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida. Nacemos y nos cortan el cortan el cordón umbilical. Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, los calores.

Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire-. Y enseguida se dirige a sí mismo: -Soy una planta monstruosa. Mis raíces están a miles de kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan dos mares y un océano. El sol me mira cuando ellas respiran en la noche, duelen de noche bajo el sol (..) Cierro los ojos bajo el solcito romano. Pasás por Roma, sol, y dentro de unas horas pasarás por lo que fue mi casa, no llevándome sino iluminando sitios donde falto, que reclamo, que reclaman por mí.


     Los exilios, por cierto,  no son una abstracción. Cada uno es un duelo que tiene un cuerpo propio. Entre quienes vivieron una lucha, entre las víctimas sobrevivientes, tanto que su participación haya sido directa o secundaria, el duelo se ha vivido de maneras diversas; como autocrítica, culpa, expiación del error, caídas que parecen eternas, o como un rito de nuevas búsquedas y nuevas, necesarias, experiencias históricas.


     En el caso de Gelman, la palabra que contiene todo lo infinito perdido, se llama derrota. Su gran duelo personal es la ruptura, la muerte de un sueño superior, la construcción de otra sociedad, más humana y más justa, que se consideraba posible.
Ese duelo es íntimo, visceral, pero las circunstancias externas le agregan un factor agravante, la imposición de que tal duelo debía duplicarse, vivirse en otro espacio, desconocido y lejano, sentir la pérdida de todo y además, del lugar que era al mismo tiempo, tierra, infancia, descubrimiento y lenguaje. El mismo de las más antiguas e infamantes condenas. El duelo del exilio.


     Dicho duelo, a través de la historia, se ha observado diferentemente. En muchos casos, como aceptación de lo irreversible de la pérdida, que se convierte, de tal modo, en aceptación de la fortaleza del poder y la debilidad de quienes lo enfrentaron. Admiten, en última instancia, el error de haber pensado que la realidad podía modificarse, lo cual dio lugar a la respuesta punitiva, fundante del duelo, que ahora debe sobrellevarse con estoicismo. La consecuencia es el desapego entre memoria y realidad, y un distanciamiento gradual pero irreversible con los hechos pasados. Otros, en cambio, experimentan el duelo como un proceso transformador, que hace interactuar distintas representaciones del objeto perdido, y produce alguna clase de reparación del antiguo equilibrio. Pero no volviendo, ilesos, a mundos anteriores, sino fijando puntos de inflexión, con otras dudas y otros cuestionamientos.

 

     En la vida y obra de Gelman en torno al exilio, hubo, en lo esencial, sustentación política. Pero además, para describirlo con originalidad y belleza, un talento exquisito. Durante muchos años su poesía ha golpeado con insistencia sobre un mismo dolor, pero siempre, cada golpe, ha dolido distinto.


“nuestro cementerio es la memoria
allí enterramos a los compañeros queridos
tenían mar en la frente y les crecían flores con distracción y tibieza
no tenían el alma enferma de prudencias humanas”
  

 “yo no sé si quedarme sin recuerdos de vos es quedarme sin vos
la memoria se levanta a las 6 de la mañana y se pone a trabajar
viene del sueño y labra el sueño
donde soñé que me soñabas
húmeda”


    Y cada vez, en la tensión de cada poema,  una pregunta sin respuesta que se clava a sí mismo:  “La palabra que cruzó el horror, ¿qué hace?”

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