Calle Angosta 2008

Nublado Perpetuo

    Se podría usar otros ejemplos, pero como el conflicto con “el campo” se halla, justamente, en el centro de todas las miradas, resulta muy indicado para observar el desarrollo cultural de la democracia, es decir, aquellas cualidades que se le atribuyen  -y que ciertamente posee como proyecto-, y los exiguos alcances que demuestra en la práctica, circunscripta a un simple juego de simulaciones.

    No se intenta revisar los argumentos de cada uno; lo que se quiere producir es un enfoque sobre los métodos en uso, haciendo abstracción, por completo,  de las razones de cada parte; el tema esgrime, únicamente,  la desproporción que se plantea entre la magnitud de un conflicto, que involucra a la totalidad de la población de un país, y los métodos, cerrados y cuasi-secretos, con que se lo debate.

    Hay muchas cosas, de gran importancia, que tratan de ocultarse tras la simple retórica de unos puntos más o unos puntos menos en el porcentaje de un impuesto.  Entre otras cosas: los alcances de la potestad de un gobierno para fijar políticas públicas; el punto de equilibrio entre los intereses particulares y sociales; los límites en las formas de interpretar la democracia, en cuyo componente de “libertad” hay quienes se apoyan para ejercer el derecho absoluto de cualquier decisión económica, como sembrar lo que sea más rentable aunque socialmente no sea lo más valioso, mientras que por otra parte se desconoce de la democracia un resultado electoral -que es lo único que todavía le acuerda un valor mínimo-. Y por supuesto, toda una trama de aspectos vinculados, como el uso de las ganancias fiscales, la manera de incentivar las producciones prioritarias, la participación de las provincias, la fijación de una política sobre alimentos, de un plan para el sistema de transporte, para el desarrollo energético, etc.

    Ahora bien, de todo eso, que le interesa a la totalidad de los argentinos, no se habla. Y algo peor, ni se lo puede discutir con argumentos, porque son cuestiones ocultas, reservadas, que la gente en su inmensa mayoría no conoce. ¿Cómo se las trata, entonces? ¿Cómo se las resuelve, o mejor dicho, como no se las resuelve, y en cambio se las confunde, se las aplaza, cómo se las muestra, cada cual a su modo, al gran público ignorado y ausente? Pues sencillamente se juntan seis, siete, doce dirigentes y funcionarios, que negocian a puertas cerradas lo que nadie escucha y luego informan lo que nadie entiende.

    ¡Que oportunidad perdida para la democracia! ¿Que ocurriría si los debates fueran públicos, si la sociedad pudiera escuchar los argumentos de cada parte, y si todas las partes estuviesen representadas? ¿Y que pasaría si después, luego de una correcta información, los rehenes de esta contienda, es decir el pueblo en su conjunto, pudiese decidir? La democracia imaginaria, la de los libros y de algunos fugaces momentos humanos, lo ha reconocido como posible, mediante mecanismos de consulta directa, de plebiscitos vinculantes, que la tecnología actual tornaría absolutamente realizables. Pero en cambio, la democracia real, tan ensalzada como desvaída, es incapaz de resistirlo. 

    ¿Cabría siquiera imaginar, una mesa de discusiones, difundida por las radios y los canales de televisión, donde cada sector involucrado dijera la verdad sobre sus reclamos y sobre los intereses concretos que defienden? Por ejemplo, Gustavo Grobocopatel, diciendo hasta donde debe extenderse la patria sojera. Los pequeños productores definiendo el arco real de los apropiadores de la renta. Los funcionarios públicos forzados a comprometerse en políticas de promoción de bienes esenciales, como las carnes o la leche. Alfredo De Angeli conciliando la Constitución Nacional con el corte de rutas. Los distribuidores y consumidores viendo la manera de evitar el desabastecimiento de lo que ya existe y se niega. Y tal vez un atrevido peón rural preguntando por sus aportes en la ANSeS.

    Algo así resulta, obviamente, impensable. La democracia como simulación no pasa de cambiar presidentes cada cuatro años. Entre tanto sólo afloran las disputas verbales por el reparto subterráneo de cuotas de poder. Los dueños de una empresa que se llama País, sonrientes y cambiando besos para las cámaras, pero discutiendo, entre paredes infranqueables, la asignación de dividendos.
 

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