Calle Angosta 2008

Mujica. Resurrección y Memoria

     En este suplemento, no se vive la noticia de ayer. Sus textos más actuales son de cinco días atrás, seis, una semana. Lo que ahora se lea, pues, ha sido pensado en  un  fin de semana extendido, donde se mezclaron fuertes liturgias religiosas y políticas, con otros sucesos accesorios, cuyo peso estuvo obstruyendo la visión exacta de lo principal. En verdad, el clima de fiesta y paseo que relega la esencia religiosa de la semana santa, no es un hecho nuevo. Tampoco la insuficiente captación popular sobre el sentido del “día nacional de la memoria por la verdad y la justicia”. Pero esta vez, situaciones como el riesgo vial, los piquetes del campo, la escasez de combustible o el desborde hotelero, sobre-impusieron, con mayor fuerza que otras veces, la lectura de las circunstancias.


    En eso pensaba, pues, este cronista, llamado por sí mismo para buscar un nombre, una figura, que le permitiera realizar un modesto aporte sobre los significados de fondo de la pasión de Jesús, y al mismo tiempo, sobre el punto de inflexión hacia la destrucción y la barbarie resumido en aquel 24 de marzo de 1976. Le vino, entonces, a la memoria, una figura inmensa, que tuvo el privilegio de conocer, antes de guardarlo en la lista de los grandes ejemplos, el sacerdote Carlos Mujica.


    El tema del recuerdo excede, deliberadamente, lo coyuntural. No se trata de las maneras de vivir o de afrontar la muerte de cada uno, sino de lo que sigue después, lo que adviene más allá del fin, cuando ya no se es pobre ni rico, pecador o virtuoso, conservador o revolucionario. El tema es, justamente, la Resurrección o la nada. Y también, de alguna manera, la Memoria o el olvido. Mujica sostenía que sin aceptar el hecho de que Jesús había regresado, en verdad, de la muerte, sin la certidumbre de una resurrección que no era de una persona sino una posibilidad abierta para todas las otras, nada sería comprensible.


-Eso es incierto- dice la memoria. -Algo fantástico, ajeno a cualquier registro  comprobable. Un hecho de ficción, imaginario-. Y acaso también: -Una fábula al servicio de intereses temporales, negada por la ciencia-. ¿Todo para qué? Para que Carlos, simplemente, le pusiera luz en sus palabras: -Eso no importa- dijo. -En definitiva no importa. Piensa lo que quieras, piensa que Jesús no existió, piensa que nunca pudo regresar de la muerte. Aún así no importa. Lo importante es que vos seas el que puede hacerlo. Que vos seas el que puede resucitar cada día de tus errores, de tu egoísmo, de tu vanidad. Que vos puedas ganarte un más allá con tu propio perdón.
    Ese cura alteraba la perspectiva de la razón, pero uno se alejaba de él con la cesta llena de peces y de panes. Mientras otros, por el contrario, fueron hacia él con sus armas llenas de rencor y de fuego. El 2 de julio de 1971, una bomba estalló en la vivienda de Carlos Mujica, sin que hubiera heridos. El sacerdote respondió: -Nada ni nadie me impedirá servir a Jesucristo y a su Iglesia, luchando junto a los pobres por su liberación-. Las amenazas continuaron de diverso modo, algunas con origen en las propias jerarquías eclesiásticas. Hasta que el 11 de mayo de 1974, al salir de una misa que ofreciera en la iglesia de San Francisco Solano, fue tiroteado con alevosía. Cinco disparos de ametralladora Ingram M-10, le afectaron el abdomen y un pulmón. El tiro de gracia lo recibió en la espalda.


    Como supo decirse, “por algo habrá sido”. Y es cierto, había sido por oponerse, con toda la fuerza de su voluntad, a la implantación de un plan económico contrario a los derechos populares, que -entre otras cosas- aceleró la distribución regresiva del ingreso y dio comienzo a un endeudamiento externo desenfrenado, únicamente sostenido por la fuerza de las armas y el desconocimiento de toda ley, cuyas consecuencia sobre la población en su conjunto todavía se padecen.


    Insensiblemente, un hecho se unía con el otro. El calvario de un hombre, y el calvario de un pueblo, bajo la mirada imperial –avarienta y feroz- de cada época. Y ese vínculo, conjetural pero probable, entre dos ansiadas redenciones humanas, se antepuso, entonces, a toda contingencia. Justamente, un sábado de gloria.
 

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