Calle Angosta 2008

Meterse en todo

La cultura no es una parte de la vida social, independiente y escindible. Es, de algún modo, el ojo que ve y la mente que piensa la gran trama de sus vínculos y sus propuestas. No es un trazo diverso de la realidad, sino una manera, nítida, elocuente, de representarla.  Los programas de televisión, las campañas electorales, el tratamiento de la basura, los carteles publicitarios, la ropa que se usa, los libros que se editan y los que no, los mensajes de texto, la suciedad de las acequias, el smog, las maneras de conducir, los hábitos higiénicos,  todas los hechos, en fin,  que se producen en torno al comportamiento humano, son cultura; es decir, acumulación de habilidades, conocimientos y deseos, que derivan de situaciones existentes, pero se ajustan y se modifican ante el surgimiento de nuevos hechos y necesidades. Todo, desde una caña de pescar a un submarino atómico, desde un rollo de papel a una computadora, desde una obra de teatro a una forma de gobierno, forma parte de la cultura que los hombres se han dado y que accede a su registro histórico.
 

Cultura no es solamente el cuadro de un artista. Es todo lo que antecede, acompaña y prosigue a su realización, el conjunto de circunstancias que hacen al proceso de producción: el precio de la pintura y de los alquileres, el estado interior del artista, las motivaciones externas, la temperatura social, los condicionantes de mercado, el estado de la demanda potencial, sus poder adquisitivo, sus gustos, etc.


Eso le concede al cuadro, a cualquier obra plástica, literaria, musical, una multiplicidad de sentido. Expresa lo inmediato, lo que el artista quiso decir -hasta donde ello es posible- de un modo consciente,  y a la vez, expresa una variedad de situaciones que lo acompañaron, y que no se hallaban en ninguna idea, en ningún boceto previo. Un derrame de petróleo en el mar, el robo de fondos de pequeños ahorristas,  la invasión de un país, o esa infinidad de otras cosas que marcan para la obra un lugar, un tiempo, un rumbo, una valoración, un olvido.


Esto derriba la visión sobre los límites temáticos que suele imponerse a quienes pintan, escriben, esculpen, filman o actúan. Si todas las circunstancias exteriores inciden sobre una obra, es legítimo, entonces, que nada quede excluido del horizonte del autor: ni los productos ni las opiniones. “Yo no soy juez de la historia”, dijo, lamentablemente, Rubén Darío, fijando para los artistas y los escritores, un espacio de auto-contención, que todavía, en muchos derroteros, persiste, cuando todo debiera inducir a lo contrario. Claro que sí, juez o por lo menos cronista abarcador, elocuente y sensible. Quien convive con una guerra subterránea (o no tanto) por el control de los recursos globales, la contaminación ambiental, el recalentamiento del planeta, la extinción de los bosques, la formación monopolista de los precios o el control informativo de los grandes medios, no puede decir sobre estas cosas es mejor callarse; mucho menos cuando se posee, por exigencias del propio oficio, un vasto cuadro de relaciones históricas, sociales, y por supuesto, una disposición natural hacia el trabajo del pensamiento.


¿Qué también sea válido la contención, el límite? Seguro. Existen artistas que aceptan diversas formas de marginación, de repliegue, y que lo sienten necesario para su trabajo. Nada que objetar. Es parte de su libre elección, y quizá sea una premisa que sostenga en ellos los atributos de la calidad. Pero no establecer, por el contrario,  la contención como virtud, para imponer, como criterio de valor, el distanciamiento de un producto artístico con la historia que lo ha precedido o con los hechos reales que lo circundan.


La literatura y el arte han integrado, desde su origen, y través del tiempo, un ámbito de diversidad. Y aunque sea parcialmente, de credibilidad. Los gobernantes  tienen un doble compromiso, absolutamente desequilibrado: le adeudan a quienes los votaron y también, de una manera visible pero más poderosa, a quienes han pagado sus campañas. Los magistrados lo mismo, le deben al poder. Los profesionales de la información no pueden decir nada que afecte el interés de quienes los auspician. Ni los curas nada que desagrade al Papa… Así es como se observa, dando tumbos, entre silencios y filtraciones, y cada tanto, evidencias incontenibles, la trama de  la historia presente.


    Entonces, si la pintura se convierte en decoración de interiores, la literatura en una narración de lo que no incomoda, la poesía en espejo de los seres abstractos; si la política se reduce a la economía y ésta se reduce a un simple técnica sobre supuestos inmutables, donde la suerte de los hombres deriva de un mandato natural y concluido, que se informa como un parte meteorológico, ¿en qué lugares, en que zonas del diálogo humano, se podría seguir buscando, una y otra vez,  y otra, y otra, lo que se quiere conocer, lo que necesita cambiar?

Copyright  Power by PageCreative