Calle Angosta 2008

Matar a Platón

     Aunque primero puedan tenerse noticias en la red, el libro “en sí”, el objeto, ese que comienza a leerse con las manos, que tiene su propia respiración, se suele demorar. Sobre todo cuando no integra los estereotipos de mercado. Pero al fin llega. Éste, “Matar a Platón”,  ha sido editado ya tres veces, en Barcelona -dos en 2004 y la última en 2007-.  Su autora es Chantal Maillard, una poeta belga (Bruselas, 1951), profesora titular de estética y teoría de las artes en la Universidad de Málaga, que obviamente escribe en español.


    Lo destacado, en primer lugar, es su encuadre formal. Pocos libros de poesía responden a un plan que integra cada poema dentro de un concepto unitario. Lo más frecuente es que los textos se refieran a diversos temas, agrupado bajo un título original y abarcador, que les procure algún tipo de estructura simbólica. En “Matar...” no, todos los trabajos son variaciones alrededor de un solo suceso, que se va relatando al pie de los poemas, y concluye de un modo circular, es decir, se cierra (o tal vez se abre) en el mismo instante donde ha nacido el primer verso: “Un hombre es aplastado”.


    No se trata sólo de una forma. La grandeza del libro se apoya en conducir a la poesía como un género apto para un debate filosófico. Es posible escribir versos perfectos, originales, emotivos. Eso lo hace un buen poeta. Lo difícil es que admitan, al mismo tiempo, distintas lecturas sobre una cuestión existencial. Que la emoción no eluda el pensamiento.


    Todo el libro deriva de un acontecimiento, algo que, al contrario de una idea, nunca puede ser definido. Por eso la vitalidad de un poema, capaz de acordarle grandeza a una pequeñez, de transformar lo efímero en eterno. En el instante que refleja un poema, dice, Maillard, “está el universo entero, en superficie, el universo en extensión, como una enorme trama. Conocerse es viajar como una araña por los hilos de esa trama”. 


    A través de los textos, se afirma una reflexión todavía más honda, y acaso, más dramática: “Platón desterró a los artistas por temor a que mostraran que 'lo-que-ocurre' no tiene correlato ideal, que cada ser no participa de su idea sino, al contrario, de todo aquello que él no es. Censuró a Homero porque permitía la metamorfosis, el llanto de los héroes, la risa de los dioses”.
    Y eso es justamente lo dramático. Pensar que ese “no ser” prevalece sobre lo pensado.
Que cualquier aspiración de libertad se desvanece, día tras día, bajo el peso de la nimiedad, de rutinas absurdas, de lo que otros deciden para cada uno. O del mero accidente, como sucede en el libro.
   
    “Un hombre es aplastado.
    En este instante.
    Ahora.
    Un hombre es aplastado.
    Hay carne reventada, hay vísceras,
    líquidos que rezuman del camión y del cuerpo,
    máquinas que combinan sus esencias
    sobre el asfalto (...)
    Nadie asistió al inicio del drama y no interesa:
    lo que importa es ahora,
    este instante
    y la pared pintada de cal que se desconcha...”

    Aflora, sin embargo, otra posibilidad. Hay acontecimientos que son accidentales o forzosos, y por lo tanto inevitables. Pero otros no. Son la consecuencia de infinidad de circunstancias, conformadas alrededor de una idea, de un propósito. La resolución de un problema científico, la última nota de una sinfonía, el esfuerzo final de un juego, una batalla, una disputa olímpica, el descubrimiento de una vacuna, de un continente, de otra especie viva, constituyen, cada uno, acontecimientos momentáneos, que denotan, por debajo de su intensidad, de su impacto inmediato, la persistencia de una pasión, un trabajo, un trayecto virtuoso.


    En esa línea, el libro, sumando cada una de sus variaciones,  se despliega. Y hace respirar la cita de G. Deleuze, que lo precede: “Tan sólo el hombre libre puede comprender todas las violencias en una solo violencia, todos los acontecimientos en un solo Acontecimiento que no deje lugar, ya, al accidente.”
    De todos modos, a pesar del esfuerzo, no se vislumbra solución. La línea se vuelve de nuevo circular. ¿Qué hombre, es, en verdad, libre? ¿Cuántos momentos, por inmensos o trágicos que sean, se pueden contemplar, libre de todo entorno, de toda transición?

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