Calle Angosta 2008

Lecturas

    En un llamado telefónico a la presidente del país, Barack Obama le habría manifestado su vinculación con Argentina, en sus años de estudiante, a través de lecturas, que aún recordaba, de Borges y Cortázar. Podría ser una simple expresión de diplomacia política, pero también es algo verosímil,  tanto porque el futuro mandatario de los Estados Unidos tiene una sólida formación intelectual, como porque los escritores referidos son, verdaderamente, universales.  Acaso Obama  haya leído:

    “Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete
    que, alto en el alba de una plaza desierta,
    rige un corcel de bronce por el tiempo,
    ni los otros que miran desde el mármol,
    ni los que prodigaron su bélica ceniza
    por los campos de América...
    Nadie es la patria, todos lo somos.”
    (Borges, “Oda escrita en 1966”)
   
    O también, al azar, un sesgo de Cortázar:
   
    “Creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra 'madre' era la palabra 'madre' y ahí se acaba todo. Al contrario, en el objeto 'mesa' y en la palabra 'madre' empezaba para mí un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba (..) En suma, desde pequeño, mi relación con las palabras, con la  escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas.”

    Con o sin ello, lo cierto es que Obama se presenta con fuertes atributos de auto-construcción. No es un repetidor de discursos obsoletos y ajenos, sino alguien ejercitado en el razonamiento, que se ha nutrido en las más diversas fuentes teóricas, de la filosofía, de la historia, de la literatura, para tener una visión más amplia y mas abarcadora del mundo. Un hombre, en fin, que ha sido capaz de acrecentar su propia experiencia con aquella otra, histórica, universal, que se adquiere por medio de la lectura y el estudio.


    No cuenta, es obvio, con la potencialidad de trascender a la estructura del poder de su país, donde un cerrado complejo corporativo industrial-militar-financiero elige o rechaza los hombres público y acepta o veta las grandes decisiones. Pero es otra cara, otro estilo. Una irrupción humana , que ha logrado sacudir el conformismo de su sociedad y le ha dado una nueva esperanza.


    Oyendo la palabra de Obama, siguiendo sus acciones tácticas, se advierte -con independencia de los condicionantes a su gestión personal y de lo que sean, finalmente, los resultados-  que se trata de un hombre abierto, sereno, inteligente, cuya visión no pudo constituirse sin  acceder a la palabra de los otros, de quienes han vivido, pensado, escrito, antes que él. Es decir, algo que los políticos al “uso nostro” evitan o sencillamente desconocen.


    No existe, por supuesto, concordancia forzosa entre la formación teórica y la eficacia gubernativa. Aunque sí, tal vez, en sus opuestos. Era previsible que alguien con formación tan paupérrima como Menen, de difícilmente haya leído alguna vez un libro, produjese la vaciedad de ideas que produjo. O como Jorge Rafael Videla, que de los escritos de San Martín no pudo asimilar ni  las máximas a Merceditas. O como Bush, que no leía ni los periódicos y cuya fuente informativa básica eran las noticias del canal Fox.


    También se pueden recordar las alusiones literarias que hiciera, a poco de asumir su cargo,  el actual gobernador de Mendoza. Se jactó entonces de no haber escrito una sola poesía en su vida, estableciendo un correlato con los modos de “perder el tiempo”. Ostentaba, en cambio, su orgullo de ser un “contador”, hecho al hábito, por eso, de pensar con grandeza. Tal afirmación revelaba, sin embargo, todo lo contrario. Primero, porque confesaba sus limitaciones en un tema que desnudaba, indirectamente, carencias más profundas. Segundo, porque lo hacía como una celebración, algo que no probaba una debilidad sino que realzaba una virtud. Y finalmente, porque no es cierto que un título universitario conceda, por sí mismo, cualidades para “pensar en grande”. Y menos cuando la formación se restringe a la materia económico-contable. Si no hay formación integral, humanística, en contacto con lo creativo, con una capacidad de imaginación que exceda lo inmediato, los hombres se reducen a números, y la última, repetida, decadente respuesta, es que los números, esa “cosa” que en realidad son necesidades, derechos, apetitos, amores, esperanzas, “no cierran”. Junto con la palabra, la educación, el arte, el compromiso, la justicia, se deja de lado una memoria elemental. Lo que debe cumplirse, en sabia política -una política que gobierne a la contabilidad y no que sea gobernada por ella- es otra igualación: Que la cuenta de las promesas no ignore la cuenta de los hechos. 

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