Calle Angosta 2008

La Vida

Pocos artistas mendocinos –y también de otras latitudes- han expresado una convicción tan profunda en torno a la esencialidad de la vida, como José Bermúdez; y él mismo se constituye en una prueba concreta de la lúcida, emocionante y contagiosa obsesión con que siempre, hablando, escribiendo, dibujando, ha sabido tratarla. A los 85 años sigue trabajando, es decir, hallando motivos para el asombro y la esperanza, como si fuera un jovencito que recién descubriera las motivaciones del arte. Es su manera de expresar que no hay edades sino proyectos, no hay alardes sino convicciones, no hay otra forma de manifestarse y crecer que con la diaria, luminosa fatiga de la creación. “No dejo de hacer”, piensa el maestro, y de tal modo, vive.

Pero la dimensión sagrada de la vida, que con tanta fuerza y claridad –sin aceptar diferencias ni privilegios- suele revelarse en el arte, sigue postergada frente a  realidades desconcertantes, donde la vida se mide en otros términos, se pesa en onzas de poder, se destruye en guerras que sólo benefician a minorías rapaces, se la degrada como un castigo natural, impuesto por muy pocos dioses humanos.

El actual presidente de Venezuela, luego de aquella cumbre en la que fuera “mandado a callar” por el rey de España, hizo revelaciones sobre José María Aznar, quien lo había visitado en nombre de potencias occidentales, para negociar sobre zonas y temas de geopolítica. Chávez le habría preguntado por algunas cuestiones puntuales, como el caso de Haití. A lo que Aznar habría respondido: “Esos no existen, se cayeron del mapa”. ¡Siete millones de personas, caídas del mapa!. Cabalmente cierto o no, la respuesta resulta verosímil por las consecuencias, es decir, por el destino que parece marcar a ese país.
   
En un video de circulación en Internet, puede verse a un ex cineasta estadounidense, que llega a intimar y tener conversaciones privadas con Nicholas Rockefeller, quien, como una forma de mostrarle su dominio en la construcción de la historia, le revela, con holgada anticipación,  algunos episodios que “van a producirse”, entre ellos las invasiones en Afganistán y en Irak. El sorprendido oyente le plantea sus reparos, le pregunta para qué lo harían si ya lo tienen todo, le demuestra su preocupación por la gente… Pero sólo recibe, como única respuesta, un consejo ejemplar: “Porqué te preocupas por la gente. Cuídate a ti mismo y cuida a tu familia”.

No se trata de meras palabras; detrás hay hechos incontrastables, que les dan sostén. En los mismos Estados Unidos se produjo una catástrofe, en parte natural, en parte causada por elecciones políticas, como consecuencia del huracán Katrina. Contra la parquedad de las grandes cadenas noticiosas, existe un video de Spike Lee, con distribución comercial,  que desnuda situaciones inauditas en torno al comportamiento oficial, antes, durante y con posterioridad al fenómeno, y al trato suministrado a las decenas de miles de víctimas, que, aunque compatriotas, eran mayoritariamente, pobres y negros. El cineasta resume, en 240 minutos de película, diálogo increíble entre la hipocresía y el horror.

La multiplicidad de formas de negación de la vida, también se reproducen, por su puesto, en la geografía inmediata. Hace pocos días fueron descubiertos, en fincas de Maipú, trabajadores inestables, viviendo en condiciones infra-humanas, incluyendo niños hambrientos, deshidratados, sucios, sometidos a una condena sin ley, propias de un estilo picadillo de carne, que degradando a los otros se degrada a sí mismo.

Eso niños, como aquel Mauricio fusilado primero por el frío, y después por un proyectil de plomo, hace un año, en el tardío otoño de Perdriel, mientras se apropiaba de algunas piedras de carbón,  pueden vivir, transparentes y desenfadados,  en una pintura de Bermúdez; no quizá en la crudeza de su miseria, pero sí en su nunca desmentida inocencia, en su condición de posibilidad humana.

No habrá por ellos, sin embargo,  quema de pastizales, ni habrá cacerolazos en barrios elegantes. El individualismo triunfante, el más cruento, el guardado en las nubes  del mercado feliz, les ha determinado otro destino.

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