Calle Angosta 2008

La nueva barbarie

    Breve texto de Andrés Rivera, guardado entre papeles de trabajo: “A este país lo fundaron intelectuales. El país que se conoció en los años ‘80 del siglo XIX, lo fundaron intelectuales, desde Domingo Faustino Sarmiento hasta Carlos Pellegrini. El propio general Roca, que fue un genocida, podía leer sin ruborizarse La Ilíada o La Odisea en su tienda. No quiero hacer comparaciones porque son todas odiosas, pero ¿qué leen los militares actuales? El código militar, quizá. Se ha reducido el mundo lector. Siempre fue una elite, pero hoy se ha reducido. Tenemos maestras y maestros fatigados, luego de cuatro o cinco horas de clase en una escuela pública o privada, tienen que dar clases en su casa para sobrevivir a un nivel de clase media. En consecuencia, leen poco o no leen lo que está en circulación. No creo que ni siquiera se asomen a las páginas bibliográficas de los grandes diarios…”


    La comparación es aplicable, pero con mucho cuidado.  Aquellos hombres no trascendían en tanto intelectuales sino en tanto políticos. Habían sido lectores, estudiosos de la historia, de la economía, ellos mismos escritores y propagandistas de nuevos conceptos. Pero el eje de su trabajo era la acción política, y ésta una consecuencia de su formación intelectual, y no al revés. Eran activistas en un país en formación, con espacios que podían cubrirse con ideas, donde los respaldos ancestrales de nombre y de fortuna coexistían con otros, provenientes del estudio y la capacidad.


    Todavía desde comienzos y hasta promediar la segunda mitad del siglo pasado,
se daban figuras surgidas del mundo intelectual, que lograban un reconocimiento personal y una pequeña gravitación en las discusiones públicas. Desde José Ingenieros o Aníbal Ponce hasta Juan José Hernández Arregui o Arturo Jauretche. Desde Ezequiel Martínez Estrada hasta Raúl Scalabrini Ortiz. Llegando a nombres como Silvio Frondizi, Rodolfo Ortega Peña o Rodolfo Walsh, que participaron del último, desesperado y trágico intento de conjunción entre las claves ideológicas y la lucha concreta por los accesos al poder.


     La situación actual es distinta. Los intelectuales siguen existiendo, y son conscientes de la necesidad de una plataforma de inserción en la vida política.  Pero ya no tienen lugar. Así como la buena tierra se encuentra repartida, también se hallan cubiertos los puntos de gestión de las mayores decisiones, las que tienen verdadera implicancia social. Y entonces deben resignarse al cumplimiento de tareas laterales y poco luminosas, o en caso contrario, suspenderse, vegetando en cátedras y asesorías de baja influencia. Productores ideológicos como Atilio Borón, Juan Pablo Feinman o Arturo Roig, por citar sólo algunos ejemplos, realizan una docencia casi secreta, lejanos al gran público. Y a distancia también, naturalmente, del círculo cerrado de los partidos políticos, esos cotos seudo-nobiliarios,  animados por gente de “otra piel”, entrenada como centuriones para luchas mezquinas y facciosas.


      En estos días, cumpliéndose treinta años de la muerte de Groucho Marx, los medios divulgaron infinidad de frases que se le atribuyen. Hay una que es genial, y viene de perillas para darle tono al pensamiento de esta nueva raza de representantes intercambiables pero básicamente inamovibles del pueblo. “ESTOS SON MIS PRINCIPIOS, SI NO LE GUSTAN TENGO OTROS”. Así piensa el cuerpo estable de la gestión gubernativa. La degradación de los métodos de acceso y uso del poder son de tal magnitud, que los pensadores implican un costo necesario, un anacronismo. Ahora los caminos son las negociaciones entre cúpulas, el vínculo con los medios de financiación de las campañas, la simple y llana capacidad de compra de sufragios. Es decir, en todos los casos, la necesidad de gente dúctil y de pocos escrúpulos, antes que hombres sostenidos por su fuerza moral o acosados por la duda científica.

 

     Las formas de construcción de figuras para la continuidad o el cambio dentro los mismos modelos de tutela pública, son otras. El gran medio es la televisión. Allí los tiempos no se le regalan a nadie, aunque responden a una lógica elemental: Lo que cuesta, vale; para lo cual debe jugarse de una manera rápida y segura. Ello requiere  desenfado, alguna experiencia mediática, y en lo posible caras bonitas, de formación diversa pero contenida, modistos, peluqueros, jugadores de fútbol, etc., reunidos para  ofrecer sana entretención, evitando opiniones molestas, todo en un clima de alegre liviandad y conflictos sin ninguna importancia. Para ello, por supuesto, no hace falta gente “de pensamiento” sino lenguaraces breves y livianos. Ellos ocupan casi todo. Y lo que piensan, casi nada.

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